El acuerdo en proceso para cesar el conflicto en el Golfo y reabrir Ormuz no incluye a EE.UU., pero es EE.UU. quien lo celebra. En la reciente cumbre de Camp David, que tuvo a esta guerra y las elecciones de noviembre como ejes, el presidente Donald Trump habría decidido correrse.

El resultado es humillante y será difícil envolverlo en posverdad, con relatos triunfalistas. Irán y Omán, que comparten Ormuz, negociaron distribuirse el control del estrecho, con mayor influencia de Teherán. Según la BBC, Washington presionó a Omán para aceptar el pacto. The New York Times, a su vez, avisa que Washington “prepara al mundo para una reapertura en la que Irán ejerza un control diario sobre el tráfico” .

En la base de este desmadre radica el hecho de que Trump carece de alternativas para escapar del pantano en el cual entró sin medir las circunstancias y con la única noción de buscar mejorar su imagen con una victoria de apenas días.

Ahora, la única manera de prevalecer sobre el régimen sería con una invasión terrestre con cientos de miles de soldados, lo que incluiría un promedio de bajas equivalente, un costo político inaceptable. Tampoco una garantía de éxito. Vietnam, Irak o Afganistán mostraron que la fuerza no necesariamente es suficiente.

Esto sucede porque Teherán, sin capacidad de enfrentar en el terreno militar a EE.UU. y a Israel, atragantó la economía global, un riesgo del cual fue advertido Trump por sus equipos de inteligencia. Los ignoró. Últimamente el régimen multiplicó esa presión sobre el otro estrecho clave, el de Bab el Mandeb sobre el Mar Rojo, bajo fuego de las milicias de los Hutíes proiraníes.

Se entiende que Trump, con siete de cada diez norteamericanos en contra de esta guerra y una popularidad en los sótanos, necesita retroceder ante el apremio imprevisible del examen electoral de noviembre. Para la historia, su imprudencia deja un escenario mucho más peligroso que el que existía. No dudó en anular el pacto de Barack Obama con Irán, al que intentó luego reconstruir con manotazos, y acaba al punto de que nadie siquiera mencione ya la amenaza nuclear iraní, su pretexto último para justificar el conflicto.