El canciller estadounidense, Marco Rubio, en una audiencia el martes 2 de junio en el Senado de su país, aseguró que Brasil no forma parte de las naciones consideradas amigas de los intereses de EE.UU. y la comparó con Cuba y Venezuela. La declaración se produjo inmediatamente después de que Washington ordenara un arancel adicional del 25% sobre los productos importados de Brasil por “trabajo forzado” y de que la Casa Blanca anunciara la clasificación de las bandas narcos Primer Comando da Capital y del Comando Vermelho como organizaciones terroristas, lo que permitiría a EE. UU. actuar a discreción con el pretexto de la seguridad nacional. Después vino todo lo demás, incluido el episodio del sábado último en San Pablo con el griterío del presidente argentino en la convención del opositor Partido Liberal.

En Brasil descuentan que ese ataque destemplado de Javier Milei contra el presidente Lula da Silva y la Corte Suprema brasileña fue un eslabón de la misma cuerda agresiva que agita Donald Trump. A ese conjunto se suman el intento de envío de una delegación para examinar el sistema electoral brasileño -iniciativa que detuvo de plano Brasilia- y la extensión por un año adicional de las sanciones a Brasil con el argumento de que interfiere con la economía de EE.UU. Es por eso que en Itamaraty y Planalto descartan réplicas mayores contra la Casa Rosada, aparte del breve llamado a consultas del embajador Julio Bitelli, quien regresará a Buenos Aires en los próximos días. Incluso indican a esta columna que el ministro de Hacienda, Dario Durigan, se excedió al llamar “estúpido” al presidente argentino. La conclusión es filosa: “Milei es un capanga de Trump; si hay pelea, será con su jefe”, dicen desde Brasilia.

El eje de los reproches de Washington contra Brasil se debe a que el gigante sudamericano, una socialdemocracia capitalista, no se alinea de modo vertical con los intereses actuales de EE. UU. “Ellos lograron disciplinar con represión y temor en EE.UU., pero no están consiguiendo lo mismo totalmente en la región por la posición severa de Brasil, que es un límite a esa obsesión de recuperar el viejo concepto del patio trasero”, señala un diplomático de Itamaraty a este cronista.

La columna vertebral de este armado es la presencia creciente de China en la región y su potente vínculo financiero y comercial con Brasil, que es la segunda economía del hemisferio y el país de real influencia en la región. Conquistar esa colina es crucial en el proyecto de Rubio, y para ello reclutó al clan Bolsonaro. En aquella sesión del Senado, el canciller denunció “20 años de abandono”, período en el cual China, dijo, expandió su influencia en la zona, “perjudicando no solo los intereses estadounidenses, sino también a los propios países latinoamericanos”.

Existe un extraordinario lobby de la Casa Blanca detrás de la candidatura de Flávio, el senador e hijo mayor del ex presidente Jair Bolsonaro, con la misión de intentar impedir en octubre la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva. En la proclamación de este polémico dirigente conservador el sábado en San Pablo es donde Milei lanzó sus insultos contra dos de los poderes del país, generando el mayor conflicto binacional en la historia de las dos mayores naciones sudamericanas.

No es clara la ganancia que puede haber imaginado Flávio Bolsonaro con este escándalo, tampoco si fue alertado por la delegación argentina sobre lo que preparaba su invitado. Un costo probable no buscado es la retracción de los votantes independientes, ese tercio del electorado que se divide en una parte mayor que no está ni con unos ni con otros y otra menor que resiste a ambos contendientes. Se sabe que la mitad de ese amplio espacio no votará; el resto es la llave para las urnas.

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva en el Palacio de Planalto, Brasilia. Foto Reuters

Alcanza para elaborar una primera noción de los efectos un sondeo realizado por Ativaweb DataLab, que desde el día del acto en San Pablo analizó 158.000 menciones en Instagram y Facebook. El resultado fue “un entorno muy desfavorable para el líder argentino”. Entre los comentarios negativos (el 84% del total), citados por Folha de S.Paulo, se incluyeron palabras como “interferencia electoral”, “irresponsabilidad”, “arrogancia”, “provocación”, “extremismo”, “falta de respeto a Brasil”, “amenaza para el Mercosur”, “la plataforma de Bolsonaro”, “temeridad”, “vulgaridad” y “vergüenza”.

Este miércoles, Bloomberg añadió otro dato: una encuesta de Atlasintel, elaborada para esa agencia antes y después del escándalo en San Pablo, determinó que Lula mantiene una ventaja de 6 puntos porcentuales (49% frente a 43%) sobre Bolsonaro en caso de una segunda vuelta. El muestreo detectó una cuestión significativa: la aprobación del presidente creció dos puntos respecto a hace un mes, al 48%, y su desaprobación bajó un punto, al 51%. Sería, entre otros factores, por los choques con Trump debido a los nuevos aranceles -muy impopulares en Brasil- y el ataque al sistema de pagos PIX, defendido por la izquierda y la derecha en el país.

Es posible suponer que, debido a estas constataciones, haya habido un pedido del campamento bolsonarista a los aliados argentinos para desescalar, lo que explicaría que el canciller argentino, Pablo Quirno, le haya bajado el tono a la pelea este miércoles. Lo cierto es que el acto de San Pablo, más allá de la ruidosa presencia de Milei y la sombra de Trump, desnudó el aislamiento del candidato conservador: no hubo allí otros referentes del espacio derechista de Brasil ni tampoco Michelle, la influyente esposa de Jair, que dejó solo un mensaje grabado de ocasión que revelaría que continúan las tensiones familiares a pesar del pedido de perdón del candidato a su madrastra por haberla maltratado.

El candidato Bolsonaro está incluso con dificultades para nombrar un compañero de fórmula. Algunos convidados lo han rechazado. El jueves la senadora Tereza Cristina, ex ministra de agricultura de su padre y con influencia en el agronegocio, aceptó el puesto, pero aun no tiene el aval de su partido, Progressistas (PP). El presidente de esa fuerza, el senador derechista Ciro Nogueira, se resiste. La prensa paulista revela que había negociado con el gobierno la neutralidad. Sucede que el senador se postula para la reelección en Piauí, estado gobernado por el PT. Cosas de la política o de la casta, como se prefiera.

Por muchas de estas razones, y en la medida en que EE.UU. aumente su involucramiento, la posibilidad de una victoria de Lula no debería descartarse y si sucede forzaría a los gobiernos vecinos a un pragmatismo diplomático más allá de sus tendencias ideológicas. Más aún si las legislativas de noviembre en EE.UU. esmerilan el poder de Trump. Brasil es inevitable: tiene frontera con diez países sudamericanos, y eso mide su influencia. Ese proceso, con aquella conclusión, le quitaría una o dos patas a la estrategia de Rubio, lo que da una idea del tamaño de lo que está en juego.

Flávio Bolsonaro, a la derecha, sostiene unas tijeras de gran tamaño, acompañado por el presidente argentino Javier Milei, durante la convención del Partido Liberal. Foto AP

Se ven ya algunas señales de posible cautela en la región. La recientemente electa presidente de Perú, Keiko Fujimori, afirmó en una charla con diplomáticos durante el acto de su asunción el pasado domingo que considera que “Lula es el único líder capaz de unir al continente”, según reveló desde Lima la periodista Marcia Carmo en una publicación. La líder derechista es una pieza fundamental de aquel armado de la Cancillería norteamericana, debido a que China es el principal socio comercial de Perú y, además, ha construido un estratégico puerto de aguas profundas en Chancay.

Ese avance de Beijing llevó a Washington a aprobar una operación de venta militar y cooperación por un valor de hasta US$1.500 millones con el objetivo de modernizar la Base Naval del Callao, la instalación principal de la Marina de Guerra del Perú, ubicada muy cerca del gigantesco emprendimiento chino. Rubio logró recientemente expulsar a la empresa china CK Hutchison Holdings que operaba desde 1997 dos puertos en el canal de Panamá, lo que encendió las alarmas de Beijing. Es con ese antecedente, posiblemente, que el presidente Xi Jinping le comunicó a Lula el firme apoyo en la defensa de la soberanía e independencia de Brasil, rechazando cualquier forma de injerencia externa. Un mensaje inusual, pero con destino más allá del aliado sudamericano.

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