Brasil ha celebrado su décima elección presidencial desde el inicio de la Nueva República habiendo tenido lugar en ocho de ellas segunda vuelta electoral. Lula Da Silva ha participado en cinco de esas ocho elecciones con balotaje y ha sido esta su séptima participación como candidato presidencial habiendo sido derrotado en los comicios presidenciales de 1989, 1994 y 1998 con triunfos en las elecciones de 2002, 2006, 2022 y 2026. A diferencia de lo acontecido con nuestra selección nacional, Lula logró la cuarta.
Ningún otro presidente de Brasil había gobernado cruzando la barrera de los 80 años. Tras este triunfo electoral frente a Flávio Bolsonaro, Lula se garantizó un nuevo mandato presidencial y de completar este periodo constitucional gobernará hasta enero de 2031, concluyendo sus funciones a los 85 años.
Una primera lectura nos permite poner el acento en dos factores centrales para explicar el triunfo del presidente de Brasil: en primer lugar el poco frecuente incremento de la participación electoral entre la primera y segunda vuelta – del 78,92 por ciento en primera vuelta a un 80,78 por ciento en el balotaje- dado que, a excepción de los comicios presidenciales de 2022, ha sido un patrón electoral desde 1989 el descenso en los niveles de participación entre la primera vuelta y el balotaje.
Así también es importante destacar el cambio en la estrategia de campaña del candidato, más ideologizada en el primer turno, más pragmática en la segunda vuelta mediante el anuncio de medidas de alto impacto como la aprobación legislativa del final de la jornada laboral de seis días de trabajo por uno de descanso y la iniciativa de transporte gratis durante los fines de semana entre otras.
Periódicos de San Pablo informan sobre la victoria del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Foto Reuters
¿Cuál es la principal consecuencia del triunfo del Partido de los Trabajadores-PT en Brasil en el plano regional? Por lo pronto podemos pensar la región a partir de tres narrativas competitivas y convergentes a la vez: la del giro a la derecha, aquella del castigo a los oficialismos, y la del “predominio resiliente” de la izquierda en la región.
El giro a la derecha quedó puesto de manifiesto con los triunfos de Javier Milei en Argentina, Santiago Peña en Paraguay y Daniel Noboa en Ecuador (2023), Nayib Bukele en El Salvador -reelecto-, Luis Abinader en República Dominicana y José Raúl Mulino en Panamá (2024), José Antonio Kast en Chile, nuevamente Daniel Noboa en Ecuador, Rodrigo Paz en Bolivia y Nasry Asfura en Honduras (2025), Laura Fernández en Costa Rica, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia (2026).
Merece ser destacado que entre los años 2020 y 2022 habían tenido lugar los triunfos de Luis Arce en Bolivia (2020), Pedro Castillo en Perú, Xiomara Castro en Honduras y Gabriel Boric en Chile (2021), Gustavo Petro en Colombia y Luiz Inácio “Lula” Da Silva en Brasil (2022) como expresión de un “nuevo” clima de época que no estaría destinado a perdurar en el tiempo con electorados exigentes y de poca tolerancia social hacia los oficialismos de turno.
Estas dinámicas conviven con un tercer rasgo a destacar y es que, con el triunfo y reelección de Lula Da Silva, el cincuenta por ciento de la población de la región continuará siendo gobernada por expresiones de “izquierda” solo en dos países -México y Brasil- a los que cabe agregar además a Guatemala y Uruguay.
La reelección de Lula Da Silva pone un límite a la interpretación de un uniforme giro regional a la derecha y muestra que el castigo a los oficialismos tampoco constituye una regla inexorable.
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