Las urnas para el crucial balotaje entre el presidente Lula da Silva y el opositor Flávio Bolsonaro fueron cerradas a las 19 horas, dos horas después de la hora prevista debido a un pedido a la Justicia de los dos candidatos, debido a diferentes razones. A partir de ahora comienza el conteo de los votos. Se reanudan en realidad. Cuando se ordenó la postergación el escrutinio había comenzado y el recuento iba por el 0,25 por ciento. Debido a que se vota en urnas electrónicas se espera un rápido trámite para determinar al próximo presidente del país que asumirá el 5 de enero de 2027
El jefe de Estado protestó por la ausencia de autobuses que usan los electores con menores recursos para llegar a las mesas de votación, denunciando que es un acto premeditado. Bolsonaro se sumó al pedido pero lo justificó por las intensas lluvias y deslizamientos de tierra que complican a los electores. La novedad se conoció sobre la hora anterior de cierre de modo que las mesas que concluyeron no pudieron ser reabiertas.
"Nadie puede dejar de votar porque algún empresario sinvergüenza o algún alcalde de mala calaña, bandido, intentó impedir que el pueblo votara", dijo el mandatario a periodistas frente a su casa en San Pablo. En Bahía un juez ordenó el arresto de un funcionario de la capital estadual por el bloqueo a la salida de 75 autobuses públicos. El alcalde Bruno Reis es un aliado del Flávio Bolsonaro y justificó la medida porque había volantes del PT en los vehículos, pero en Brasil eso está permitido. El estado de Bahía es un bastión de Lula.
La elección se realizo en medio de una enorme incertidumbre por la paridad que han exhibido ambos candidatos. En el momento de votar en Río de Janeiro, Bolsonaro, un abogado de 45 años, que ganó el 4 de octubre la primera vuelta por poco más de dos millones de votos, afirmó junto a su esposa Fernanda que “es un momento de cambio”.
Su rival lo hizo en San Pablo. El presidente, quien cumplirá 81 años el próximo martes, destacó los apoyos callejeros que alimentaron su esperanza de reelegir. "Lo que vi en esta segunda vuelta no fue por un partido político, no fue por un sindicato. El pueblo fue a la calle a defender sus conquistas", dijo. Y repitió el que ha sido su virtual lema en comicio que subraya que lo que el electorado decide es si se respeta la bandera brasileña o si elige a un grupo político que "quiere gobernar con la bandera estadounidense".
Desde Estados Unidos, con los tonos habituales, el presidente Donald Trump dijo que está observando con atención el proceso electoral. La Casa Blanca le ha dado un público respaldo al postulante opositor.
Una persona vota durante las elecciones presidenciales, legislativas y regionales este domingo en San Pablo. Foto EFE
Una recorrida de este enviado por la capital y sus suburbios permitió detectar un interés mayor con respecto a la primera cita, con más identificaciones partidarias en los vehículos y las vestimentas frente a las escuelas y en los recorridos por las calles. También un dato significativo, se advirtió una presencia más evidente de electores de edad avanzada, por encima de los 70 años que están eximidos por la ley electoral local como en Argentina, pero a quienes el mandatario ha reclamado que se presenten esta vez a las urnas.
Además de los alrededor de 158,7 millones de votantes inscriptos, en el exterior tienen posibilidades de sufragar poco más de 900 mil brasileños, 13 mil de ellos en nuestro país. Los votantes indecisos y los que no acudieron a votar en la cita inicial sumaron 33,4 millones de personas, lo que equivale al 21,08 por ciento de los votantes, y ese enorme espacio al cual han apelado ambos candidatos para conseguir nuevos apoyo.
El presidente llegó a esta elección con problemas en su tradicional base de respaldo debido a una oleada de deudas que acorralan a las familias, un proceso más agudo en los sectores de menores ingresos. Aunque el salario creció 26% durante este gobierno, según indicó a Clarín el economista Marcelo Neri de la Fundación Getulio Vargas, el ingreso no cubre como antes las necesidades inmediatas. Este escenario explicaría tanto la derrota del oficialismo el 4 de octubre como el récord de abstenciones.
Esa primera vuelta encadenó un significativo poder parlamentario para el Partido Liberal del clan Bolsonaro. Esa fuerza reúne 28 de los 81 escaños en el Senado. En diputados, con 121 legisladores, la bancada del PL creció notablemente respecto a los comicios anteriores, quedándose con casi una cuarta parte de la Cámara y afianzándose como la primera minoría absoluta. A pesar del gran salto del Partido Liberal, el bloque no alcanza por sí solo la mayoría absoluta estricta (fijada en 257 escaños), por lo que el clásico entramado de negociación con los partidos del Centrão (como el PSD, MDB y Republicanos) continúa siendo el árbitro indispensable para cualquier gobernabilidad o impulso de leyes en el Congreso.
Pero ese bloque informal es de centro derecha y derecha y es una gran ventana de “transacciones”, respaldan las legislaciones a cambio de beneficios en los estados de los legisladores o alternativas más polémicas. Es un espacio inevitable porque virtualmente cogobierna en Brasil al extremo que el ex presidente Jair Bolsonaro, durante su gestión hace cuatro años, le entregó una parte abultada del manejo del presupuesto nacional en condiciones secretas para evitar que lleven adelante un impeachment en su contra. Lo hizo en momentos que todo el sector empresarial y político cuestionaba al entonces mandatario. Brasil es el único país en el mundo donde el Poder Ejecutivo no puede manejar la totalidad de los recursos federales.
No solo ese tema sobrevoló el comicio. La corrupción constituye una gran preocupación de los votantes, pero los expertos señalan que su mayor impacto quizá no radicó en qué candidatos eligen los votantes sino en aquellos récord de abstención leídos como una crítica al sistema y la noción de que votar no cambia la realidad. Para los brasileños, ambos candidatos están asociados con este problema. Bolsonaro está bajo investigación por corrupción, lavado de dinero y evasión fiscal, mientras que Lula pasó 19 meses en prisión por cargos similares que posteriormente la Corte Suprema anuló por vicios en el juicio en su contra.
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