Brasilia. Enviado Especial. No existe en la historia de Brasil un antecedente de una elección tan reñida como la que se definirá este domingo. No es solo un dato estadístico. Significa que no hay favoritos, un registro que excede el resultado de las urnas. Como otros casos en la región, el país continente está partido en dos. Un dato claro es que esta extraordinaria polarización entre el presidente Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro, involucra de modo más excluyente al líder del PT.

Los votos de la primera vuelta, que ganó claramente el candidato conservador por 1,8% de diferencia, fueron un mensaje al mandatario, de castigo porque hubo una desatención de las cuestiones cotidianas de una enorme masa precarizada, también de la necesidad de renovación tras la extensa vigencia en el poder de este notable ex obrero metalúrgico. Es ese el contexto que en la carrera hacia la segunda vuelta buscó reparar el presidente y su partido. Pero en los trasfondos del oficialismo no hay una opinión única sobre lo que se entendió que no funcionaba.

“Este no es un gobierno del PT”, le dice a este cronista un influyente diplomático brasileño, culpando al partido por la derrota. “Había simbólicamente que remover a Janja e instaurar a Alckmin y es lo que ahora se está haciendo y se nota”. Se refiere al empate que marcan las encuestas 50% a 50% según Datafolha este jueves, que premiaría un avance oficialista.

Rosanjela Janja da Silva es la esposa del presidente Lula, una socióloga de extensa historia en el PT y que aun sostiene el linaje fundacional de centroizquierda o izquierda de esta formación. Geraldo Alckmin, es un médico y político liberal, actual vicepresidente y aliado del mandatario y una figura central para definir por dónde, política y económicamente, ha pretendido caminar este gobierno.

Hay una cuestión de identidad larvada que ha desnudado el comicio y se verá cuánto pesa. Para sus críticos, Lula ha estado demasiado a bordo del helicóptero atento a amontonar medallas macro, la última con el ascenso inminente de Brasil, anunciado por el FMI, al octavo lugar desde el décimo actual superando a Italia entre las economías capitalistas más ricas del planeta.

Al mismo tiempo, llego a admitir en un reportaje que desconocía por qué no se había actualizado su programa asistencial estrella, Bolsa Familia, que subsidia a los sectores de menores ingresos y se mantuvo congelado desde marzo de 2023. De apuro ahora por la presión de su adversario, ha tomado esa referencia como una lanza en la campaña de la segunda vuelta buscando recuperar el favor de su antigua base de votantes mientras le guiña un ojo al amplio centro político con Alckmin. Según los sondeos ha logrado cambiar el panorama hacia las urnas, no significa que sepamos qué va a ocurrir. Lula necesita amontonar votos arrepentidos que eligieron a su adversario y ahora revisarían, o que decidieron por frustración no votar.

Lula da Silva y su esposa Janja .REUTERS

Flavio Bolsonaro juega otro papel en este psicodrama. Es un actor con capacidades más limitadas que las de su adversario que maneja y usa el poder del gobierno. El senador arrastra además el peso de la polémica gestión de su padre, Jair Bolsonaro, un problema que se mide en el miedo parejo que detectan los sondeos. Los electores ven más lo que temen que lo que prefieren de estas opciones. Es por eso que Flávio ha salido a aclarar que no habrá cargos para el ex presidente, que su hermano Eduardo, refugiado en EE.UU. y de discurso muy agresivo, no será el canciller y, aún más, que defenderá la vigencia del Bolsa Familia borrando sus históricos repudios a ese sistema asistencialista. Palabras.

  • Las encuestas anticipan un balotaje muy parejo. Fotos: REUTERS/

    Los especialistas en opinión pública advierten que es improbable que quienes votaron por uno lo hagan de pronto por el otro. Por eso, la estrategia de ambos va sobre los indecisos y quienes no votaron. En esa dimensión de más de 34 millones de brasileños -casi un cuarto del electorado- es sabido que la mitad nunca votó ni lo hará. La otra fracción se divide entre un mínimo de quienes aun no deciden y otros que rechazan a los dos candidatos, aunque en grados diferentes. Son alrededor de un 10%, quizá menos de ese universo que puede resolver ahora participar. Según Quaest entre los electores que no acudieron a votar, o que lo hicieron en blanco o nulo, el 40% lo hará por Lula, frente al 36% que elige a Flávio.

    El "voto de miedo"

    En esa dirección de cosecha mínima, la campaña se centra precisamente en el voto de miedo. Es por eso que no hubo propuestas en el primer debate. Hay ejemplos. En la televisión una publicidad muestra una tijera que va cortando fotografías con la voz del locutor enumerando los recortes que propone el candidato conservador. En la última escena la tijera parte al medio la foto de una persona: “Al final te cortará a vos”, sentencia.

    Hay más, Un video supuestamente humorístico que ha ganado publico muestra a dos amigas. Una le ofrece agua con gas a la otra, que lo rechaza. Dice odiar el agua con gas, pero como no hay otra cosa afirma que beberá lavandina. Eso enferma, le avisa su amiga y busca persuadirla. La conclusión es simple: hay que elegir aún lo que no gusta para evitar enfermar. Le cabe a cualquiera de los dos candidatos, aunque es evidente qué sector lo originó.

    La opción sobre el menos malo es un dato central de las elecciones alrededor del mundo de los últimos años y envuelve en particular a este comicio. El espectro que sobrevuela es que una victoria mínima de cada uno puede disparar cuestionamientos, como sucede ahora con la injerencia de META, la tecnológica dueña de Instagram, Facebook y WhatsApp, que el PT afirma que ha censurado los contenidos oficialistas y respaldado los del rival conservador, un desvió ilegal que confirmó el propio consejo asesor de la firma.

    Pero esa eventual contingencia será aún más aguda si es Lula quien sorprende y se impone por una fracción mínima. En 2024, cuando el líder del PT derrotó al padre del actual candidato por apenas 1,8% de los votos, el bolsonarismo denunció fraude, sus bases más fanáticas acamparon frente a los cuarteles reclamando un golpe y el propio Jair Bolsonaro se marchó del país para no entregar los atributos del mando a su sucesor. Poco después sobrevino el 8 de enero el intento fallido para derrocar al líder del PT.

    Hay otra dimensión a observar, aún más provocadora sobre si este empate en Brasil o incluso con un resultado de continuidad, no emergería de un periodo de mutaciones más amplias que se insinúan. Una reciente investigación de la agencia Bloomberg advierte que el giro en la región que coronó un puñado de dirigencias a la derecha de la derecha clásica y de un alineamiento total con el actual gobierno de EE.UU., comienza a mostrar debilidades parejas. “Los inversores dudan si deberían seguir impulsando las acciones y las divisas o vender sus participaciones para obtener beneficios, a medida que las promesas de campaña empiezan a chocar con las dificultades de gobernar”, sostiene.

    En Colombia, tras la victoria de Abelardo de la Espriella en mayo, la moneda se disparó y las acciones subieron más de un 20%. Pero apenas dos meses después este liderazgo se enfrenta a la peor crisis fiscal del país desde el siglo XIX. En Chile, el repunte que impulsó las acciones a niveles récord tras la elección, hace 11 meses, del presidente pinochetista José Antonio Kast, ha perdido impulso. Según la agencia, las dificultades que enfrentan los líderes en Perú, Ecuador y Argentina para mantener su popularidad y promover sus agendas también “sirven ahora de advertencia a los inversionistas que han estado apostando por Brasil”, ante una eventual victoria de Bolsonaro.

    “Existe el riesgo de que esta euforia inicial dé paso a la desilusión”, señala a Bloomberg Matthew Graves, gestor de cartera de PPM America en Los Ángeles. “Se trataba de elecciones de cambio, motivadas más por un rechazo al status quo que por un fuerte apoyo a medidas como la austeridad fiscal”. La violenta crisis en Francia, Italia y otra media docena de países o la caída a plomo de la popularidad de Trump son por el momento algunos extremos de fuerte peso político del disgusto sobre cómo se están haciendo las cosas. Quizá ahí quepa también considerar la prudencia que sugiere el video brutal de la lavandina.

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