Brasilia. Enviado Especial. Canadá, México y Brasil son las principales colinas a conquistar en la ofensiva geopolítica que la Casa Blanca de Donald Trump ha emprendido para coronar un control efectivo del hemisferio, el antiguo patio trasero. Este octubre el gigante sudamericano entra totalmente en ese foco y ese apetito. Si en las elecciones de este domingo, o en la segunda vuelta del día 25, la victoria es del candidato opositor Flávio Bolsonaro, será una victoria de ese proyecto. El clan del expresidente brasileño está íntimamente vinculado con la cancillería norteamericana de Marco Rubio, que es el arquitecto de la noción de la nueva doctrina Monroe, con corolarios semejantes al del primer Roosevelt, Teddy, a comienzos del siglo pasado, el creador del "gran garrote".

Este es un contexto que debe contemplarse en relación con la cita de las urnas brasileñas. Un giro en el actual formato implicará una mutación geopolítica extraordinaria porque se trata de la segunda economía de las Américas y de una nación cuya influencia regional se mide con las diez fronteras que comparte con su vecindario.

La presión de parte del gobierno trumpista para ese cambio ha sido de tal intensidad que Washington no ha tenido reparos en militar con sus extraordinarias espaldas en respaldo del hijo del expresidente populista Jair Bolsonaro. Una acción que después fue revisada, no en sus contenidos, sino en el faroleo, porque incentivaba el nacionalismo brasileño, donde además la figura de Donald Trump es rechazada. No es nada casual que en estos días de la recta final para la primera escala de los comicios, los funcionarios estadounidenses hayan mantenido un discreto silencio, salvo un comentario aunque controlado del magnate.

Antes sí se multiplicaron las ofensivas arancelarias, como parte del lobby en la capital norteamericana que dirige el hermano menor del candidato, el exdiputado Eduardo, posible embajador en Washington o canciller si gana Flávio. Esas acciones han caído sobre el gobierno de Lula da Silva para indicarle la disconformidad de la potencia con su gestión y la necesidad de un relevo.

El presidente Donald Trump y la asesora de la Casa Blanca Natalie Harp aparecen a bordo del Marine One en la Base Conjunta Andrews, Maryland. Foto AP

La discusión no es necesariamente ideológica. Brasil está dentro del sistema de libre comercio al extremo de que Brasilia ha evitado responder con aranceles recíprocos a EE.UU. para evitar dañar a los inversionistas extranjeros, en gran número estadounidenses.

El eje es que la versión rooseveltista de la doctrina Monroe que abraza esta administración demanda un alineamiento vertical absoluto. Esa es la base del conflicto que Trump mantiene con el Canadá del líder liberal Mark Carney, un hombre netamente del sistema, pero que no acepta la sumisión y ha desafiado las ofensivas proteccionistas y de nacionalismo autoritario del magnate presidente.

Queda siempre pendiente para el futuro próximo determinar si esta construcción del experimento republicano que desdeña Europa, reduce el peligro ruso de Putin, el valor de la competencia global con China y privilegia América Latina -para idealmente correr a Beijing de la región-, es una política de Estado o emerge de un pensamiento excluyente del gobernante norteamericano anclado en la primera mitad del siglo pasado. Quizá algo despejen las próximas elecciones legislativas de noviembre en la potencia.

La ofensiva de la Casa Blanca

Hay pensadores que tercian asegurando que del mismo modo que se ha actualizado la doctrina Monroe y los corolarios rígidos del primer Roosevelt y el big stick, es también posible imaginar que aparezca un Woodrow Wilson como el que sucedió a aquel presidente después del interregno deslucido de Taft. Lo hizo con un paquete de ideas que se basaban en el idealismo moral y el multilateralismo y una noción del orden mundial que no debía regirse por la ley del más fuerte, sino por el derecho internacional, la autodeterminación de los pueblos y la cooperación entre naciones. Es ahí, en esa luz de la historia, donde miran los canadienses, los europeos, y lo ha hecho el Brasil que puede terminar en los próximos días.

Recordemos que en la historia reciente estadounidense hubo un apego intenso al ex obrero metalúrgico que cumple su tercer mandato al frente del país. Era un aliado particularmente reivindicado durante la gestión de Barack Obama. Y cuando ganó las elecciones frente a Jair Bolsonaro, el presidente Joe Biden se apresuró a reconocer su victoria e invitarlo a Washington como una señal que neutralice lo que sucedería luego con el intento de rebelión y el golpe fallido de enero de 2023.

Aquella administración desconfiaba de Bolsonaro, no solo porque se hizo eco de las denuncias de Trump sobre el fraude inexistente en las elecciones que perdió ante el demócrata, importaba también su cercanía con el ruso Vladimir Putin y el repudio a la globalización que su cancillería descalificaba sin pudores intelectuales como comunista.

En ese sentido, Lula aparecía como un valor estratégico. En aquellos años, la Casa Blanca buscaba un liderazgo que pudiera ordenar este espacio sobrecargado de populismo y administraciones viciadas de corrupción que amplificaban la inestabilidad. Hay una leyenda en Brasil que indicaría el tamaño de aquel interés. Se afirma que una singular figura diplomática estadounidense, Thomas Shannon, que fue embajador aquí y encabezó el área latinoamericana del Departamento de Estado en el anterior gobierno demócrata, habría intervenido para despejar el camino de Lula, incluso respecto a su atasco judicial por la condena a prisión de la cual fue luego liberado. Fluido total en portugués, conocedor en detalle del país, los amantes locales de los chismes y versiones de pasillo afirman que esa operación para regresar al líder del PT a la competencia electoral fue pensada y ejecutada entre este diplomático sofisticado y el expresidente Fernando Henrique Cardoso. Leyendas.

El encuentro entre los presidentes Donald Trump y Lula da Silva en la Casa Blanca en mayo pasado.

Lula va a estas elecciones con alforjas muy cargadas. No solo su edad, 80 años, también el desgaste que factura la presencia en el gobierno, sobre el cual caen todas las demandas de la sociedad, incluso aquellas en las que el Ejecutivo no puede intervenir. En Brasil hoy los sectores más amplios de los votantes, los más retrasados económicamente, columna vertebral de este mandatario, confrontan problemas para sostener el presupuesto familiar y acumulan deudas por consumos básicos. Reniegan del sistema, lo que explica el fenómeno de un desinterés extraordinario en estos cruciales comicios. A Lula le ha servido inicialmente la debilidad política y ausencia de carisma de su principal rival, pero las encuestas sostienen de modo uniforme que hay ahora un empate absoluto y de imprevisible resolución entre ambos dirigentes.

Si ese lastre lleva a la derrota al líder del PT, las urnas determinarán que uno de los jugadores más activos del Sur Global posiblemente cambie de modo radical su brújula. Flávio ha dado señales de que emprenderá un seguimiento milimétrico de las posiciones de la cancillería de EE.UU. Es público que Rubio le agradeció al opositor brasileño “la generosa oferta de colocar un equipo de transición a nuestra disposición en caso de que sea electo”. El gesto desborda hasta las exageraciones de su padre.

Lula le ha dado mucho aire al multilateralismo y puso a su país como un jugador importante en la estructura de los BRICS, que hoy comanda China. Flávio, a tono con aquella oferta, ha criticado las iniciativas que no utilizan el dólar en el comercio. De modo que no es claro si el país continuará con ese alineamiento que se rige, además, por el dato objetivo de que Beijing es largamente el mayor socio comercial de Brasil. Por eso Bolsonaro padre repudió primero a China en campaña y luego se abrazó como mandatario con el colega Xi Jinping en la capital de la República Popular. Pero esta nueva versión del clan tiene ideas aún más extremas que las de aquel líder populista. Todo puede suceder.