"¡Anoche gritaron! ¡Todavía hay gente viva!", exclama fuera de sí Donis Álvarez. Está delante de un edificio a punto de caer y frente a otras ruinas de hormigón en Catia del Mar, una de las zonas más afectadas en La Guaira, Venezuela. Asegura que su hijo estuvo vivo hasta el sábado cuando dejó de hablar y le reclama al gobierno porque le prometió ayuda y no le cumplió.

En medio del caos, los vecinos exigen de forma desesperada colaboración al régimen. A fuerza de plantarse en una avenida lograron desviar un camión con una máquina especial para que trabajara en el lugar donde señalaban que había gente atrapada. Esa pequeña situación es el reflejo del caos en La Guaira.

Una montaña de escombros y desolación absoluta tras el sismo en La Guaira. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

El paso de más de 96 horas la esperanza de encontrar personas con vida languidece. Pero además, se empieza a notar un aumento de bronca entre los sobrevivientes. Entienden que sus familiares podrían salvarse si llega ayuda a tiempo. A medida que salen cuerpos sin vida, el dolor se transforma en rabia.

Socorristas, rescatistas y el propio régimen reconocen que encontrar personas con vida ya entra en la categoría de “milagro”. Las autoridades venezolanas confirmaron 1.450 muertos por los dos terremotos simultáneos del último miércoles a la tarde. A lo que se suman 3.150 heridos por la tragedia y más de 70 mil desaparecidos, en especial en La Guaira, a 26 kilómetros de Caracas, donde este domingo estuvo Clarín.

Unos pocos edificios se mantienen erguidos frente al mar. Agujereados como un queso gruyere, algunos están tan inclinados que da la sensación de que en cualquier momento caen.

Testigos del dolor, los enviados de Clarín en las zonas de mayor emergencia del litoral venezolano. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Una de las zonas más complicadas dentro de La Guaira es Catia del Mar. Un equipo de este diario llegó hasta el lugar en una visita organizada por el Ministerio de Comunicación e Información de Venezuela. A diferencia del trato a la prensa extranjera en los últimos años, ahora las autoridades se muestran distintas. Citaron a los periodistas a las 9 de la mañana, y con muy buena predisposición explicaron que habría dos paradas para bajar y preguntar “con total y absoluta libertad”. Solo pidieron volver a los micros a la hora indicada. Y cumplieron.

Solo el primer día se anotaron 327 periodistas extranjeros y 387 locales. En un convoy de tres unidades, antes de llegar a Catia del Mar, las imágenes impactan. Todo está destruido, galpones, viviendas de dos pisos, chalets, comercios. En la ciudad marítima y con puerto, solo están en pie las pilas de containers. Hasta los boulevares de cemento están desarmados.

Los temblores sacudieron con furia a la misma zona que fue víctima de un brutal deslave en 1999. “Nunca habíamos vivido algo así. Si hay sismos aquí, ni se sienten. Esta vaina fue una locura. Cuando reventó el sismo logré salir pero me cayó una viga en el hombro. Me fracturé la clavícula, el omoplato y las costillas. Fui al hospital, me hicieron la radiografía y me lo inmovilizaron para que vaya soldando de manera natural”, le comenta a Clarín Emilio Pacheco (52). Era dueño de seis posadas turísticas en Playa Grande que quedaron destruidas.

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Donde hay pilas de escombros sin forma había edificios enteros. Algunos lujosos y con vista al mar. Cuatro pomposos yates amarrados en el puerto, contrastan con los pedazos de hormigón a los que les cuelgan hierros, que quedaron doblados como tallarines.

El paso de vehículos es incesante. Hay muchos agentes de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) para intentar organizar el tránsito, que es otro caos.

Las motos se cuelan por todos lados con personas que llevan y traen herramientas o elementos para la ayuda de los voluntarios. Antes de llegar a La Guaira todos hacen largas filas en la estación de servicio de PDVSA, que entrega el combustible gratis por la tragedia.

Casas hundidas y edificios sin paredes en La Catia Mar. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

En la avenida La Armada, el centro comercial de Catia del Mar, quedan pocos comercios en pie. Casi todos tienen sus puertas cerradas y sobre las tapias se lee una misma frase pintada con aerosol: "Ya fui saqueado". Esa ola de robos posterior a la tragedia fue el argumento para la militarización de La Guaira.

La orden fue comunicada el viernes a la noche por el propio Diosdado Cabello, ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz de Venezuela. Esos hombres uniformados están también en los barrios de La Guaira. Pero se cuidan de intervenir en conflictos de los vecinos con la ayuda que manda el régimen.

Vecinos de Playa Grande, en La Guaira, frenaron un camión con maquinaria pesada. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Minutos antes del mediodía del domingo, Clarín fue testigo de cómo un grupo de personas que reclamaba colaboración para remover escombros en varias torres destruidas, frenó un camión con maquinaria pesada. Es la más reclamada por la población de La Guaira.

Sobre la avenida principal de Playa Grande, de dos carriles por lado, un grupo se puso delante del camión. Con gestos ampulosos transmitieron un mensaje claro: “No vas a pasar”. Le indicaban que girara a la izquierda para meterse en la calle que llevaba a los edificios caídos donde vivían.

“Hay gente viva, todavía hay gente que podemos sacar. No nos prestan la colaboración. Vienen policías aquí y se toman fotos. Son contados los funcionarios que nos han ayudado”, remarcó a los gritos un joven vestido con ropa de trabajo naranja que se puso delante del camión.

Destrozos tras el terremoto en La Guaira, Venezuela. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Junto con otros, obligaron a que el camionero apague el motor, se baje y tenga que negociar. Los agentes de la GNB con armas largas, apenas se acercaron al lugar de conflicto y dejaron que se arreglen entre ellos. Al final, uno de los dos camiones fue a donde pedían los vecinos y dejaron pasar al otro.

Esa rabia con la que frenaron al camión crece con el paso de las horas. Cuando de los cascotes ahora solo sacan cuerpos sin vida, la angustia se transforma en bronca. “Perdí mi apartamento con todo adentro. Mi hijo está tapiado. Trabajo para el coronel (Juan Manuel) Suárez -alcalde del municipio de Vargas-, me prometieron ayuda para sacar a mi hijo. 'Mañana te lo sacamos', me dijeron. Mi hijo estuvo tres días vivo, murió ayer. No tuve ayuda del Gobierno", afirma Donis Alvarez ante la consulta de este diario.

Además, remarcó que en todo el domingo no les habían acercado comida. “Solo unos pastores nos trajeron agua y ayer algo de comer”, agrega la mujer desesperada.

Donis habla delante del esqueleto de un edificio inclinado, a punto de caer. Se pueden ver todos los ambientes de cada departamento porque falta todo un lado de la torre. En lo que se ve como el tercer piso, que era más alto porque el resto quedaron debajo de la tierra, tres rescatistas corren a un perro que aún no lo han podido bajar y escapa asustado.

La destrucción es tan grande que no entra en la vista. Muchos de estos edificios eran lujosos. Tenían canchas de tenis, ahora montículos de escombros y grandes piletas. Uno de esos era el complejo residencial Los Delfines, que al lado tenía su gemelo, Los Delfines II. Apenas quedan en pie. Sus inquilinos suponen que lo que no cayó será demolido.

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Por donde se mire hay escombros, esqueletos de edificios y personas arriba buscando a sus familiares. Los vecinos se autoconvocaron como voluntarios. Cada tanto piden silencio y preguntan a los gritos: "¿Hay alguien con vida?".

Esta es una tragedia que no tiene límites de pensamiento. Estamos necesitando un apoyo nacional, ayúdenos, no perdamos las esperanzas. Están sacando gente con vida. Hay personas que están protegidas por las mismas estructuras, todavía se escuchan voces”, sostiene Dennysser Hernández (28), estudiante y conductor de mototaxi.

La inmensidad del desastre y la posterior catástrofe humanitaria no logran ser del todo transmitidas en fotos y videos. Tampoco el olor a putrefracción que es muy intenso, más cuando llega la brisa del mar. La mayoría de las personas tiene barbijo, porque el lugar se torna irrespirable. No ayuda el calor húmedo que asfixia y que se soporta como se puede. Hay personas que duermen sobre colchones en las rotondas, apenas protegidas del sol por un gazebo.

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Este domingo elevaron a 1.450 la cifra de muertos por los dos terremotos y sus réplicas que el miércoles a la noche sacudieron Venezuela. Hay 3.150 heridos por la tragedia y 70 mil personas continúan desaparecidas. Más de 20 países, entre ellos Argentina, ya enviaron asistencia humanitaria al país y 2741 rescatistas internacionales trabajan en las zonas afectadas. Clarín recorre este domingo La Guaira, la zona más afectada.

Unas pocas horas en La Guaira sirven como termómetro para suponer que la bronca podría ir en aumento. A algunas zonas recién ahora llega la maquinaria pesada. Justo cuando familiares ven salir a sus seres queridos en mantas mortuorias.

Otros entienden que el fenómeno supera cualquier posibilidad de respuesta. Pero el escuhar una voz atrapada que se apaga es difícil de procesar.

PB