Todo era engañoso, tétricamente falso en aquellas horas. El lunes 10 de septiembre de 2001, caminando por un parque en las afueras de Washington DC, la belleza de la noche de finales de verano se cortó abruptamente ante un aluvión de ratas que brotó desde la oscuridad.

Días antes, Time, a falta de temas mayores, había dedicado su portada a "El verano del tiburón", tras un par de ataques mortales de escualos en las playas. Y en la mañana del 11 de septiembre no podía ser más falsa, más errada, la sensación de que ese dulce martes de sol terminaría con un trago en alguna mesa al aire libre. Porque éramos felices, porque el verano no se quería ir.

Todo cambió en el exacto momento en que una enorme bola de fuego naranja se elevó ante mis ojos para instalarme brutalmente en el corazón del 11-S, los atentados terroristas más espectaculares y mortales de la historia. Para hacerme ver, a las 9:37 de la mañana, a pocos cientos de metros del Pentágono, que ese final de verano no tenía nada de dulce: cuatro aviones estrellados adrede y en torno a 3.000 muertos, incluyendo a los terroristas.

Yo estaba en un auto en la autopista US 1, que conecta la costa Este de los Estados Unidos de norte a sur. Venía desde Alexandria, Virginia, y quería llegar a Washington DC. La National Public Radio (NPR) lanzaba noticias asombrosas acerca de lo que ya estaba sucediendo en Nueva York, pero yo era testigo de la otra parte de esa historia, el vuelo 77 de American Airlines perforando el Pentágono.

El tráfico se detuvo y la desesperación subió varios niveles en cada uno de los miles de coches varados ante el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, hoy rebautizado como Departamento de Guerra.

A esa gente en sus autos le estaba pasando algo que ya habían vivido sus abuelos en octubre de 1938, cuando la CBS emitió una adaptación radiofónica de la novela “La guerra de los mundos”, de H.G. Wells. La invasión marciana, ficticia, fue tomada en serio por muchos de los oyentes y la histeria cruzó Estados Unidos de costa a costa.

Esta vez no se hablaba de marcianos, pero sí había sensación de guerra. Y la historia, real, a diferencia de la de 1938, venía desarrollándose en sus autos con informes fragmentados, confusos y a veces contradictorios acerca de lo que estaba sucediendo en Nueva York.

Un helicóptero de rescate luego del atentado al Pentágono del 11-S. Foto Reuters

Un cuarto de siglo atrás los teléfonos celulares no ofrecían imágenes como hoy, mucho menos WhatsApp. Tampoco había redes sociales, y la conexión a Internet era una rareza. El teléfono servía para lo que sirvieron los teléfonos toda la vida: para hablar. Y, la gran novedad de aquellos años, para mandar SMS.

Pero con las comunicaciones colapsadas, llamar se convirtió en un imposible para buena parte de los que estaban allí. Así, 2001 se pareció bastante a 1938, porque era la radio la que conectaba a esos aterrados automovilistas con el resto del mundo. El tono neutro y sin emociones de la NPR tornaba todo más irreal aún.

A las 8.46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines se había estrellado contra la torre norte del World Trade Center, entre los pisos 93 y 99. A las 9.03, otro avión, el vuelo American Airlines 175, lo hizo contra la torre sur, entre los pisos 75 y 85.

El Pentágono, en Washington, luego del ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001. Foto EFE / Cedric H. Rudisill

A las 10:03, el vuelo 93 de United Airlines se estrelló en un campo cerca de Shanksville, Pennsylvania. El Senado y la Cámara de Representantes sesionaban aquel día, se cree que el Capitolio en Washington era el objetivo.

“­¡Esto es una locura, quiero ir a mi trabajo!”, gritaba un hombre en un coche cercano mientras los autos volvían a moverse a paso de hombre en dirección a la capital de los Estados Unidos. En cada uno de esos coches había gente desconcertada, con miedo, temblando o, en muchos casos, llorando.

Washington DC era un pandemonio. Todos estaban fuera de sus oficinas, de las que se arrojaban bolsos y pertenencias de sus ocupantes en una apresurada evacuación. En los parques, la gente conversaba con ademanes nerviosos, mientras la policía abría paso a carritos de evacuación cargados con bebés de las múltiples guarderías en el centro administrativo.

Los bebés lloraban.

El cielo seguía azul y el sol brillaba, pero la bola de fuego naranja se había convertido en una espesa columna de humo negro que comenzaba a cubrir la autopista y era visible desde el centro político de la ciudad.

Escribí como sólo puede escribir un periodista cuando está ante una historia que excede lo imaginable: cinco artículos para la agencia alemana de noticias DPA en un puñado de horas y diez más trabajando en segundo plano en mi cabeza. A la mañana siguiente, miércoles, tomé uno de los primeros trenes a Nueva York.

Para la mayoría de los pasajeros, aquel fue el viaje de la angustia, un personal regreso al horror. No había vuelos, miles de personas debieron buscar medios de transporte alternativos para regresar a Nueva York.

Parejas abrazadas, miradas perdidas, gestos cansados y silencio, sobre todo mucho silencio. El viaje con escala en el aeropuerto internacional de la capital, Baltimore, Wilmington, Filadelfia y Newark, tenía ambiente de funeral, con gente deseando ver a sus familiares o amigos y otros temiendo que fueran alguno de los miles de muertos. En esas horas se hablaba de hasta 5.000 víctimas.

El tren dejó Newark y por las ventanillas apareció el sur de Manhattan. El difuminado humo gris que reemplazaba a las orgullosas Torres Gemelas fue demasiado para los pasajeros.

“¡Hijos de puta!”, gritó un pasajero perforado por el dolor.

La Nueva York al llegar a Penn Station no tenía nada que ver con la que había dejado dos días antes, en el mediodía del lunes 10 de septiembre.

El miércoles 12 de septiembre de 2001, el sol brillaba igual de fuerte que lo había hecho en toda la semana en Manhattan, pero las partículas de polvo suspendidas en el aire filtraban y bloqueaban parcialmente la luz.

Era un día irreal.

El antes, durante y después del atentado en Nueva York del 11 de septiembre de 2001.

Luz tenue, calles semivacías, tiendas cerradas, estupor, temor y desesperación en los rostros. Eso era Nueva York durante el día.

Polvo, barricadas, ambulancias y decenas de miles de personas caminando kilómetros y kilómetros por Manhattan rumbo a la nada en que quedó convertido el World Trade Center. Eso era Nueva York en la noche.

La ciudad estaba cubierta por una fina y grisácea película de polvo arrastrada por el viento sur. Polvo sobre las calles, los carteles, los autos, las veredas. El polvo de lo que antes fueron las Torres Gemelas y otros edificios cercanos. Muchos de los que caminaban llevaban mascarillas. No podían saber que 19 años más tarde una pandemia las convertiría en obligatorias.

Postes de semáforos y paredes repletos de fotocopias con los rostros de los desaparecidos, gente sentada en el piso que miraba sin ver mientras apretaba teléfonos celulares a los que la esperada llamada nunca llegó. Vagabundos dormitando, tan ajenos a todo como los demás a ellos. Mucha basura: decenas y decenas de bolsas de desperdicios pudriéndose en las calles y nuevamente ratas saliendo de la oscuridad.

Muy pocos hablaban, casi nadie escuchaba. Todos miraban hacia el sur, escrutando la nada en la noche del día después.

Y en al aire, aquel olor.

¿A qué olía el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York? A polvo, metal y carne quemada.

Ese olor no se olvida más.

DS