La bulliciosa Caracas amanece en silencio. No solo porque es temprano, muchas calles están cortadas en Palos Grandes y de Altamira, dos de los barrios coquetos en el municipio de Chacao. Es la zona de la capital de Venezuela donde más pegaron los dos terremotos consecutivos.
Esas motos que con sus escapes aturden en la ciudad ahora solo pasan a cuenta gotas. Clarín llegó a Caracas minutos antes de las 6 de la mañana de este sábado. Frente a la distinguida Plaza Francia, histórico lugar de convocatoria contra el chavismo, unos pocos patrulleros cortan el tránsito.
Después de una recorrida por distintos puntos de la ciudad, la escritura de esta crónica empezó en un departamento alquilado por la plataforma Airbnb, que debió ser abandonado de improvisto. Todo en este sector de Venezuela quedo sujeto al peligro de derrumbe después de los dos terremotos del miércoles a la tarde, uno de 7,2 y otro de 7,5 en la escala Richter, que ya dejó 1430 muertos, más de 50 mil desaparecidos y miles sin hogar..
En la mañana del sábado, el conserje del edificio se acercó al equipo de este diario y repitió lo que le habían dicho los ingenieros tras la visita: "A este edificio lo sostiene un pelo de Dios". El trabajo siguió desde una panadería cercana, donde también estaban vecinos de todos los edificios afectados.
A pocas cuadras, en la céntrica avenida Francisco de Miranda, aparece otro síntoma de la tragedia humanitaria: personas duermen en carpas o en colchones a la intemperie. Son vecinos a los que los terremotos y los peligros de derrumbe convirtieron en personas en situación de calle. Hay comida apilada en el rincón de un colchón, otros tienen botellas de agua en la puerta de su carpa.
Vecinos de Caracas duermen en carpas a la espera que les habiliten volver a sus casas. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial
Son atendidos por agentes de "Protección Civil y Administración de Catástrofes", que están vestidos con mamelucos naranjas. Reparten viandas, agua potable. Pasan a cada rato y descansan bajo un gazebo. El clima es benévolo, pero después del mediodía impacta el calor.
Es la tercera noche en la que no pueden dormir en sus casas. Los propios perjudicados destacan la labor de los psicólogos, en especial para los chicos, que quedaron muy impresionados con el terremoto, la caída de edificios y ver cuerpos entre los escombros.
"Hay mucho trauma. Volví al edificio pero no puedo dormir por miedo de que se mueva todo de nuevo. Ante el primer ruido me asusto", cuanta Luis Navas (55), sentado junto a la carpa donde hay una vecina que tiene casi 80 años. Espera la inspección de los ingenieros del Municipio para saber si puede regresar a su casa.
Luis Navas, afectado por los terremotos en Caracas, Venezuela. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial
"Han revisado en los barrios El Dorado y Bello Campo. Si ponen un letrero rojo en el frente es que queda inhabilitada", precisa Luis, hotelero de profesión. En su testimonio se percibe la incertidumbre, pero a la vez la esperanza de poder volver al edificio donde vive hace más de una década.
A pocos metros, con la primera luz que alumbra Caracas, Odalis Rodríguez (46) sale de la carpa. Estaba en el mercado cuando tembló Venezuela. Volvió desesperada por la avenida Francisco de Miranda. Pensaba en su padre de 80 años, su esposo, sus cuatro hijos y el nieto con los que convive en un amplio departamento.
"Caían piedras que me pegaban en el casco pero seguía. Al llegar a Plaza Francia no podía ver mi edificio. Había escombros por todos lados. Entré en pánico y un vecino me dijo que la entrada estaba por la vuelta. Estaban todos con vida. El solo hecho de pensar en no verlos más me bloqueó", relata con tanta angustia que las lágrimas le recorren la mejilla.
Odalis Rodríguez, una de las personas afectadas por el terremoto en Caracas, Venezuela. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial
Florista, Odalis es una sobreviviente. En 1999, vivía en La Guaira. Esa ciudad que ahora quedó destrozada por los terremotos hace 27 años fue el epicentro de la "Tragedia de Vargas". Después de las intensas lluvias de diciembre de ese año, una sucesión de deslaves enterró a la ciudad. No hay cifras oficiales, pero miles perdieron la vida. Odalis se salvó de casualidad y se mudó a Chacao, donde el miércoles su casa quedó destrozada y ahora habla, con entereza, desde la puerta de una carpa iglú.
A pocos metros de ahí, la Avenida 1 del barrio Palos Grandes se convirtió en una zona de guerra. Todos los edificios tienen rajaduras, algunos enormes agujeros como si los hubiese impactado un misilazo. Desde la vereda se pueden ver comedores, habitaciones.
En la zona, la Guardia Nacional Bolivariana puso cintas de peligro de lado a lado. "No se puede entrar hasta las 9", informa el policía, también impactado por la situación.
Todos los edificios en el Municipio de Chacao, dentro de Caracas, tienen rajaduras. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial
Con las cintas impiden el paso para llegar a lo que fue el edificio Las Petunias. La construcción de 18 pisos colapsó con el segundo terremoto. "Iba caminando y cuando pasé por la puerta de Las Petunias, por un segundo no se me cae todo el edificio encima. En ese momentico, se desplomó. Al principio sentimos una fuerte ola de aire, que nos movió de lado a lado, y el piso era como un mecedor", recuerda Hilda Fandiño (65).
Hoy no puede volver a su casa por las rajaduras estructurales que detectaron los ingenieros. Consultada sobre si tiene miedo, no duda: "Claro, es el temor que le queda a uno, es psicológico, por el momento que vivimos". Esa sensación invade a muchos venezolanos. En una farmacia cercana, una empleada recordó ante la pregunta de Clarín que se cayeron todos los productos de las estanterías. "Ahora escucho un ruido y salto", dice.
Antes de que la Guardia Nacional habilite el paso de los vecinos, una mujer camina junto a sus hijos y lleva una almohada bajo el brazo. "Vengo de Altamira, no me dejan dormir en mi casa en Palos Grandes. Nunca me había pasado algo así, es horrible", dice con congoja pero esperanzada. Bendice, agradece por mostrar el desastre y se despide.
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Las Petunias, el coqueto edificio que se desplomó en el terremoto de Venezuela
Poco antes de las siete de la mañana, el silencio solo lo rompe una retroexcavadora. Los rescatistas trabajan en las ruinas de Las Petunias 2. Unas horas después, la Avenida 1 se convierte en peatonal hasta donde están las cintas de peligro. Vecinos se acercan a preguntar si a la noche hubo algún rescate más.
Entre la noche del viernes y la madrugada del sábado rescataron seis cuerpos. La esperanza solo la alimentó el encuentro de Lizy, una perra que resistió a la falta de oxígeno. Fue llevada a una veterinaria que se ofreció como voluntaria. La respuesta de los agentes profundiza los gestos de tristeza en los que se acercaron a preguntar.
Un hombre se saca los anteojos, se refriega los ojos y vuelve cabizbajo. El paso de las horas aumenta el dramatismo. Para los especialistas, después de las 72 horas es cada vez más difícil encontrar personas con vida bajo los escombros.
Rescatistas buscan sobrevivientes entre los escombros un edificio Palos Grandes Caracas. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial
En las farmacias, que en Venezuela ofrecen muchos más productos que en Argentina, y en las panaderías, que ofician de cafés, se mantienen los mismos precios que antes de la tragedia. La diferencia está en la cantidad de público dentro de los locales y que en todos lados hay pilas de botellas de agua potable. Se convirtió en el insumo indispensable.
En la espera con un café no entra ningún otro tema. El Mundial, que estaba en los televisores del aeropuerto de la lejana Maracaibo, en esta zona de Caracas no aparece. Al murmullo de las mesas de bar lo tapan los audios de TikTok sobre cómo instalar las app que advierten sobre los sismos. Es un termómetro del estado de shock en el que quedaron los venezolanos.
Un auto aplastado por los escombros de un edificio en Los Palos Grandes, Caracas. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial
El otro sentimiento que los invade es el orgullo por la solidaridad colectiva. Algunos critican al estado chavista porque demoró en llegar, otros por el contrario, pero todos elogian y respetan a la ayuda internacional. Los rescatistas vestidos de naranja pasaron a ser más respetados que cualquier Guardia Bolivariano con un arma.
En ese grupo aparecen los Topos Aztecas, un experimentado grupo de socorristas con origen en México, al frente de las tareas de rescate en Las Petunias 2. Héctor Méndez, de 80 años, lidera el grupo que también integran dos argentinos: el bonaerense Cristian "Perra" Kuperbank y el santafesino, Eneas Cavallo.
"En este sector ya se pasaron los perros, se descartó que queden personas vivas. Anoche recuperamos un cuerpo, hoy otro y estamos tratando de recuperar los que faltan. Pero están en una zona en la que es difícil acceder porque no hay túneles", cuenta Kuperbank, mientras la máquina no se detiene.
Cristian Kuperbank, el rescatista argentino en Caracas, Venezuela. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial
El domingo esperan ir a La Guaira, la zona más afectada, donde el régimen limitó la entrada. Depende el sector, creen que pueden todavía encontrar gente vida. Al expresarlo, los rescatistas son cautos y remarcan que sería un milagro encontrar mucha más personas con vida. Pero siempre dejan una puerta abierta: "Milagros hay".
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