Hay artistas que dominan un género. Sílvia Pérez Cruz parece tener el problema inverso: cuesta encontrar una música en la que no pueda entrar y salir convertida en ella misma. Cantó jazz, flamenco, tango, folklore argentino, música brasileña, Leonard Cohen, Simon & Garfunkel, Fito Páez y Radiohead.

Grabó con Juan Falú y Residente. Y ahora resulta que Rosalía no sólo la buscó para cantar en LUX: la considera una de sus referencias.

Con semejante currículum podría ser una atleta de la canción, puro virtuosismo. Pero Pérez Cruz canta como si Babel no hubiera ocurrido: cada género es otro idioma para decir algo propio.

“Las distintas sonoridades y actitudes de cada estilo me dan un color nuevo para la paleta, pero el objetivo primero y final es cantar lo que siento”, dice desde Santiago de Chile, una hora antes de salir a escena, con un ojo cubierto por una lesión en la córnea y una inesperada estampa de corsaria.

Pienso en música, no en géneros”, había dicho Pérez Cruz a Clarín. En Oral_Abisal canta en castellano, catalán, portugués e inglés.

Este sábado regresa a Buenos Aires para presentarse en el Teatro Ópera con Oral_Abisal, su nuevo álbum. Pero antes hay que hablar de Rosalía.

El sueño de Rosalía

Pérez Cruz conoció a Rosalía muchos años antes de que se convirtiera en el fenómeno global de hoy. “Me vino a ver porque le gustaba lo que hacía y me vino a expresar su admiración”, recuerda. Pasó mucho tiempo hasta que volvieron a encontrarse. Hace unos tres años tuvieron en Los Ángeles una conversación que Pérez Cruz recuerda como especialmente íntima.

—¿Qué ves en Rosalía que no podemos ver quienes sólo conocemos al personaje mundial?

—Una conexión muy familiar, muy fácil. Hablábamos de lo mismo. No sé, una sensación como de prima, ¿sabes? La sentí muy de la familia. Pudimos hablar de todo muy tranquilamente, muy amorosamente.

Y entonces ocurrió algo bastante más difícil de explicar.

Una noche Silvia soñó con el disco que Rosalía todavía mantenía en secreto. Al día siguiente le escribió: “Acabo de soñar que hacías un disco con una sinfónica, con bajos electrónicos y con inspiración de Morente”.

Rosalía se sorprendió. También ella.

“Me dijo: ‘¿Cómo puede ser? Si es lo que estoy haciendo hace cuatro meses. Qué conexión. Sé que estás conectada’”.

Tiempo después llegó otro mensaje: “Esto es una señal, Sílvia. ¿Te gustaría participar?”. Pérez Cruz terminó cantando junto a Rosalía y Estrella Morente en “La rumba del perdón”, una de las canciones de LUX.

“Para mí es una honra poder ser un referente de un artista tan grande”, dice.

Hace pocos días volvió a verla actuar en Río de Janeiro. Rosalía supo que Pérez Cruz estaba entre el público y agradeció desde el escenario a ella, a Carminho y a Caetano Veloso. Sílvia estaba al lado de Caetano, su artista favorito.

“Yo pensaba: ‘¿Cómo es la vida? ¿Qué es este surrealismo?’. Fue una cadena de regalos hermosos”.

Una música sin pasaporte

¿Hay algún género que Sílvia Pérez Cruz no pueda cantar?

En Oral_Abisal canta en castellano, catalán, portugués e inglés y pasa de una chacarera a ecos brasileños, de las cuerdas de cámara a los metales y los sintetizadores. Y siempre termina sonando a Sílvia Pérez Cruz.

En una entrevista anterior con Clarín ya lo había resumido: “Pienso en música, no en géneros”. De chica llegó al jazz casi por accidente: modificaba naturalmente las melodías hasta que un profesor le explicó que existía una música donde esa libertad era parte del lenguaje.

Ahora lleva aquella idea un paso más allá.

“Hay algo de acto de amor profundo en entregarme al riesgo”, dice. “Ese no saber me pone en un estado de exposición y vulnerabilidad que me parece un acto de amor”.

Pérez Cruz dice que ve la música: primero aparece el sonido y después el color. En Oral_Abisal encontró dos temperaturas.

Lo Oral es rosa: casa, origen, madera, cuerdas, calor, canto compartido. Lo Abisal es azul: profundidad, metales, sintetizadores, noche, lo desconocido. Los dos lados terminan mezclándose.

“Necesito ir a los extremos para encontrar esa voluntad líquida. No hay estilos: es música. Es un cambio de estado, como el agua”.

Cuando se le pregunta qué artista le enseñó a borrar esos límites, Pérez Cruz no nombra a ninguno de sus héroes musicales.

Pérez Cruz llegó por primera vez a la Argentina a los 21 años. Con Juan Falú grabó Lentamente: “De su mano puedo volar muy alto”.

Dice:

—Mi madre.

Su madre creó una escuela de arte donde los chicos pintaban, escuchaban música y hacían esculturas. La consigna era exactamente la contraria de aquella orden que persigue a cualquier chico frente a un dibujo: no salirse de la raya.

“Mi madre, no: pásate de la raya”, recuerda Sílvia, que tenía unos 12 años y tocaba allí el saxo.

“Me enseñó a ver la belleza que comparte un paisaje, un cuadro, una foto, una persona, una canción. Entonces yo lo veo todo igual”.

El folklore argentino y “la revolución de la lentitud”

Hay un lugar donde esa libertad encontró casa lejos de Cataluña.

Pérez Cruz vino por primera vez a la Argentina a los 21 años. Desde entonces incorporó canciones de Atahualpa Yupanqui y Jorge Fandermole, y con Juan Falú grabó Lentamente: un título casi provocador en tiempos de TikTok.

“Es una declaración de intenciones. En un mundo de ruido y de velocidad, donde todo es efímero, hace la revolución de la lentitud. Nos paramos entre tanto ruido para cantar con una voz y una guitarra”.

—¿Qué le encontró una catalana al folklore argentino?

—Desde la primera vez que vine era un vestido que me sentaba bien, en el que me podía mover muy bien. Su poesía me inspira mucho. Tiene una ternura de la que aprendo.

Juan Falú merece capítulo aparte.

“Me parece el mejor guitarrista del mundo. Y no podemos ensayar. Ensayar desdibuja la magia que nos une. De su mano puedo volar muy alto”.

“Me siento eb Argentina como si te invitaran a comer a casa de alguien. Mirás esas montañas y cantás esas canciones que tienen en la memoria cómo se ama y cómo se sufre en ese lugar”.

Cuba a oscuras

Buenos Aires será este sábado una de las siguientes escalas de una gira que hace pocos días atravesó un lugar bastante menos confortable.

Pérez Cruz dio en La Habana el que definió como uno de los conciertos más importantes de toda la gira. Y lo preparó para que pudiera hacerse sin electricidad.

“Fui en un momento en que se sienten tan desamparados y no va nadie. Tenía la intuición y la necesidad de ir ahí, de dar lo que tengo humildemente, mi amor en forma de canción. Como decir: hay cosas que no dependen de otros, que no nos las pueden frenar”.

—¿Es posible estar ahí y no pensar también en la situación política y económica?

—Me cuesta mucho porque no es mi lenguaje ni el que controlo. Puedo nombrar lo que veo.

Y lo nombra:

La gente más delgada, más hambre, más basura, menos edificios, una tristeza nueva”.

El concierto reunió a unas 700 personas. Había un pequeño amplificador con batería, dos luces —una terminó apagándose— y unas treinta velas eléctricas que Pérez Cruz había llevado desde Menorca. Dos niñas de la iglesia la ayudaron a cambiar sus colores. Poco a poco, el lugar quedó prácticamente a oscuras.

“Había gente que se iba antes porque tenía miedo de volver a oscuras”, cuenta. “Pero durante unos momentos, los que estábamos ahí, había algo de sentirse vivos”.

“Cuba es experta en eso, por la necesidad de inventar cosas. Y decís: ‘Guau, qué bueno’. Pero después decís: ‘Ojalá no tuviera que ser’. A ese concierto no le faltó nada”.

Ua semana después, la mujer capaz de cantar una chacarera argentina, soñar el disco secreto de Rosalía y hacer aparecer música aun cuando se apaga la electricidad llegará otra vez a Buenos Aires.

Una de sus canciones se llama Nombrar es imposible. Durante la entrevista, casi sin proponérselo, Pérez Cruz completa la idea:

“Nombrar es imposible, pero puede ser bello intentar lo imposible”.

Sílvia Pérez Cruz en Buenos Aires

Sílvia Pérez Cruz presenta Oral_Abisal este sábado 29 de agosto, a las 21, en el Teatro Ópera, Av. Corrientes 860. Entradas a través de Ticketek.