En el tercer capítulo de Black Mirror titulado "Nosedive", la protagonista Lacie Pound navega un mundo donde cada interacción social recibe una puntuación automática que determina su acceso a servicios, amistades y oportunidades. La serie de Charlie Brooker (Bandersnatch) no hablaba sólo de redes sociales, sino de los sistemas de validación sin rostro que reemplazan el juicio humano. Pocas alegorías resultan más pertinentes para describir lo que ocurre hoy con la crítica cultural en el ecosistema del streaming.
Las plataformas ya no son sólo distribuidoras de contenido. Son arquitectos de preferencia. Cuando un usuario abre Netflix, Prime Video o Disney+, lo que aparece no es una selección azarosa ni editorial: es el resultado de miles de variables procesadas en tiempo real, desde el historial de visionado hasta el dispositivo usado, la hora del día y la velocidad de scroll. La pregunta que empieza a inquietar es si ese mecanismo invisible ya reemplazó a la crítica especializada como árbitro del gusto colectivo.
Según datos reportados por Netflix, más del 80% del contenido visto en la plataforma llega a sus usuarios a través de recomendaciones algorítmicas, sin que medie una búsqueda activa. El dato, sistematizado por investigadores de Stratoflow y corroborado en el análisis de New America "Why Am I Seeing This?", no es menor: implica que cuatro de cada cinco decisiones de consumo audiovisual se delegan a una arquitectura de inteligencia artificial.
El motor de recomendaciones de Netflix, bautizado internamente como Netflix Recommendation Engine (NRE), procesa más de 1.300 clusters (una concentración de elementos similares o relacionados que trabajan juntos por un objetivo) de recomendación y filtra simultáneamente más de 3.000 títulos por usuario, organizando así lo que el espectador percibe como "su" catálogo.
El juego del calamar: la serie surcoreana acumuló 1.650 millones de horas de visualización en sus primeros 28 días, a partir del boca a boca pandémico. Luego, el algoritmo la metía hasta en la sopa.
La consecuencia más evidente es la invisibilización del contenido que el algoritmo no impulsa. Series de valor estético pueden quedar enterradas en las últimas filas del catálogo si no responden a los patrones de consumo que el sistema privilegia. El fenómeno tiene un nombre: gatekeeping algorítmico. Un estudio de la Universidad de Bolonia introduce el concepto de "neogeneralismo algorítmico" para describir cómo plataformas como Netflix logran combinar personalización extrema con apelación masiva, operando simultáneamente como servicio de nicho y plataforma universal.
“El 30% del tiempo de visualización total en Netflix corresponde a títulos en idiomas distintos al inglés -explica Guglielmo Pescatore, investigador de la Universidad-, lo que indica que el algoritmo puede, bajo ciertas condiciones, ampliar horizontes culturales, pero también que ese proceso ocurre según parámetros comerciales, no cualitativos. El algoritmo no reemplaza la lógica editorial, la absorbe. Las plataformas operan como generadores de cultura masiva mientras simulan una experiencia personalizada para cada usuario”.
Crítica versus recomendación automática
El caso de El juego del calamar ilustra esa tensión. La serie surcoreana acumuló 1.650 millones de horas de visualización en sus primeros 28 días, generando un "impacto de valor" medido por Netflix en 891 millones de dólares, equivalente a 42 veces su presupuesto de producción, según datos de Bloomberg. Sin embargo, según Parrot Analytics, el éxito precedió en parte a su explosión algorítmica: fue el boca en boca en redes sociales, especialmente TikTok, el que generó el primer impulso.
"The Bear", la joyita con Jeremy Allen White, comenzó un camino de nicho entre los usuarios de disney. A partir de los primeros premios, el algoritmo la convirtió en popular.
"El algoritmo no crea fenómenos culturales -afirma Wared Seger, CEO de Parrot Analytics-, los detecta y los escala. En el caso de El juego del calamar, la demanda social preexistía al empuje de la plataforma. El algoritmo capturó y amplificó una ola que el espectador, en cierta medida, había iniciado". Entonces, ¿quién lidera, el sistema o la audiencia?
La respuesta, según el estudio de Bologna. es que ambos se retroalimentan. “Llamamos a este proceso mediación algorítmica -sigue Pescatore-: el sistema no impone gustos de la nada, sino que lee señales del comportamiento masivo y las devuelve amplificadas, creando lo que denominamos procesos culturales autogenerativos. El riesgo es que ese ciclo tiende a marginalizar los contenidos que no generan suficiente señal inicial". La crítica especializada, que históricamente cumplía la función de introducir al gran público en obras que no habrían llegado solas, pierde terreno ante un sistema que premia la circulación sobre la reflexión.
Estudios de mercado de Ampere Analysis muestran que las plataformas ajustan sus sugerencias no sólo según el perfil del usuario sino también según la franja horaria: por la noche predominan los dramas y thrillers, mientras que durante la tarde el sistema privilegia comedias y realities. Esa segmentación tiene un efecto doble: por un lado, mejora la experiencia del usuario en términos de satisfacción inmediata; por otro, condiciona la exposición a ciertos géneros y formatos con una lógica más parecida a la de la programación televisiva tradicional que a la libertad que el streaming prometió.
Series como The Bear, cuya segunda temporada fue ampliamente celebrada por la crítica pero tuvo una curva de adopción gradual, son ejemplos de títulos que florecieron en parte gracias a conversaciones sostenidas sin filtros digitales. Y este jueves larga la quinta y última temporada por Disney+.
La crítica ante el algoritmo
La pregunta sobre si el algoritmo reemplaza a la crítica especializada no es retórica. Un análisis publicado en Sociological Science examina cómo el uso de plataformas de streaming afecta la diversidad del consumo cultural. Sus autores concluyen que el efecto de los algoritmos sobre la homogeneización del gusto opera principalmente a través de los mercados culturales más que sobre las preferencias individuales, lo que significa que el problema no es tanto que cada usuario vea siempre lo mismo, sino que el sistema en su conjunto tiende a concentrar la atención colectiva en un número reducido de títulos.
Una investigación publicada en ResearchGate advierte que los sistemas de recomendación de plataformas como Netflix y Spotify, guiados por el objetivo de maximizar el tiempo de permanencia del usuario, exponen a las audiencias a "más de lo mismo", marginando el contenido minoritario e intensificando lo que los investigadores llaman "injusticia epistémica", es decir, la limitación sistemática del acceso a perspectivas culturales diversas.
Esa advertencia adquiere otra dimensión cuando se cruza con los datos de satisfacción del usuario. Una encuesta del Pew Research Center reveló que el 38% de los usuarios reportó decepción con películas o series altamente recomendadas por las plataformas, citando "expectativas desalineadas" y una percepción de producciones demasiado genéricas. El dato sugiere que la promesa de personalización perfecta tiene sus límites.
El éxito de "Bebé Reno" fue un mix entre algoritmo y recomendación humana.
En ese contexto, la tensión entre algoritmo y crítica especializada se vuelve estructural. Bebé Reno, la miniserie británica escrita e interpretada por Richard Gadd, alcanzó 88 millones de visualizaciones y ganó múltiples premios Emmy. Su trayectoria, sin embargo, estuvo marcada por la interacción entre el impulso algorítmico y una cobertura crítica intensa: la serie comenzó a circular gracias a reseñas entusiastas en medios especializados, y el algoritmo amplificó lo que la crítica había encendido.
Algo similar ocurrió con Succession, cuya cuarta y última temporada fue la más vista de toda la serie, en buena parte porque el debate cultural sostenido durante años por periodistas y académicos le otorgó una densidad de conversación que las métricas de engagement terminaron capitalizando.
Series como The Diplomat o Caballos lentos ilustran una vía intermedia: producciones que combinan calidad crítica con accesibilidad masiva, y cuyo éxito se construye en la intersección entre la recomendación algorítmica y el respaldo de la crítica especializada. Esa coexistencia posible no resuelve el problema de fondo, pero sugiere que el futuro del consumo cultural en streaming quizás no sea el reemplazo total de un sistema por otro, sino la negociación permanente, muchas veces desigual, entre la lógica de los datos y la del juicio humano. En esa disputa silenciosa, cada vez que un usuario ignora la fila de “más populares" y busca una recomendación de un crítico de confianza, está ejerciendo, sin saberlo, un pequeño acto de resistencia cultural.
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