No conocemos el lugar ni el tiempo en que la situación ocurre y los personajes ignoran si realmente era allí la cita con un hombre llamado Godot al que jamás vieron. Tampoco saben por qué lo esperan y nosotros entendemos rápidamente que ese ser espectral nunca va a llegar. En la ausencia de todo propósito, Vladimir (Luis Ziembrowski) y Estragón (Daniel Aráoz) no tienen más remedio que dedicarse a matar el tiempo. Su apariencia es la de dos vagabundos, pero también podrían ser dos payasos desesperados, perdidos en un camino, que ya no recuerdan sus acrobacias ni sus trucos para hacer reír. Esperando a Godot es una obra de ruptura en el universo teatral del siglo XX porque suprime la acción dramática para instalar en escena a dos personajes que no tienen nada que hacer.

En ‘Esperando a Godot, Vladimir (Luis Ziembrowski) y Estragón (Daniel Aráoz) no tienen más remedio’. Foto: Martín Bonetto.

Esta obra, escrita por el escritor y dramaturgo irlandés Samuel Beckett y estrenada en el año 1953 en París, presenta un lenguaje que hace a la entidad de los personajes.

Vladimir y Estragón existen porque hablan, ya que su entorno está despojado por completo de cualquier referencia a lo real. Un árbol y el camino donde aparecen otros dos personajes tan imprecisos como ellos; Pozzo (Osvaldo Santoro) con su sirviente esclavizado, Lucky (Pablo Seijo). Pero la palabra no es operativa ni permite establecer un conflicto; las réplicas no conducen a un avance de la escena. Todo gira en torno a esa espera que nunca se termina y el tiempo es un elemento material que pasamos a percibir en toda su crueldad.

La directora española Helena Pimenta, que llegó a Buenos Aires para realizar un montaje de esta obra en el Teatro Alvear (perteneciente al Complejo Teatral de Buenos Aires), se preocupa por generar un ritmo dinámico en la actuación que funciona en oposición a la estructura de una obra que carece de historia, de un componente argumental.

Las situaciones son inventadas, los conflictos en los que se enmarañan Vladimir y Estragón tienen una impronta de ficción. El verdadero drama permanece allí sin que los personajes lo encarnen. Esperando a Godot es una obra que instala la idea de un conflicto sin sujeto.

Entre la mueca y la desolación

Los actores entonces asumen cierta comicidad que nunca se deja capturar totalmente por el humor, ya que la estética de esta pieza, inscripta dentro del género del absurdo, tiende a oscilar entre la mueca de la risa y una desolación demoledora. Vladimir y Estragón siempre ven la muerte, la posibilidad de ahorcarse, como una alternativa más en su estado de continuo aburrimiento, pero nunca hacen de esta instancia un drama. Los personajes absurdistas son la contracara del héroe. Si el héroe trágico estaba dispuesto a morir para que el sentido de su acción prevaleciera, las criaturas beckettianas eligen vivir sin sentido.

Daniel Aráoz, a cargo de Estragón, se conecta por momentos con cierta emoción para después pasar a una forma más natural o desaprensiva donde todo parece dar lo mismo. Su experiencia como comediante impregna de un humor sutil su actuación. Luis Ziembrowski, como Vladimir, mantiene un tono que permite lograr cierta expresividad, pero nunca llega a una implicación completa. Las actuaciones son un factor narrativo fundamental porque, si los actores intentan establecer una definición o un sentido, atentan contra la lógica misma de la pieza.

Sobre los desafíos de interpretar este material hablamos con Daniel Aráoz y Luis Ziembrowski unos días después del estreno y unas horas antes de subir a escena.

–¿Con qué particularidades se encontraron al momento de actuar a estos personajes?

–Daniel Aráoz: Leí otras obras de Beckett, pero nunca había leído Esperando a Godot, entonces, cuando la leí, mi visión estaba relacionada con la desesperación de Beckett que se asocia con el pesimismo, y cómo nos mete en este laberinto emocional al dejar a estos dos personajes esperando. Junto con todo el grupo y, por supuesto, con Helena Pimenta, apareció la imagen de ese niño cantando al final de la obra (se refiere al personaje del mensajero que llega para avisar que Godot no va a llegar, a cargo alternativamente de Oliverio Beccaria Hermida y Gonzalo Nahuel Aguirre) que es para mí la metáfora de millones de niños y niñas y jóvenes que esperan un mundo mejor, sin guerras, sin hambre. Eso es lo que me moviliza y me emociona en cada función. El trabajo con Luis ha sido inmenso, un aprendizaje enorme de parte de los dos porque habíamos trabajado juntos, pero nunca habíamos hecho teatro juntos, y es un desafío importante porque es una obra que no es naturalista, cualquier actor sabe lo difícil que es hacerla, y el trabajo con él fue hermoso, fuimos construyendo como amigos, que es lo más hermoso, querer al otro arriba del escenario. Construyendo esto que tiene que ver con el camino del alma.

–Lo preguntaba porque justamente el texto de Estragón cuando dice “No hay nada que hacer” está señalando un “no hay nada que hacer” en escena. ¿Cómo generar el estar presente en escena cuando se carece de objetivos?

–Luis Ziembrowski: Yo esta obra la conozco desde cuando empecé a hacer teatro con Miguel Guerberof, gran beckettiano, casi el viudo de Beckett en Argentina. El origen de la actuación está teñido y atravesado por el mundo de Beckett, sobre todo en esa imposibilidad de los personajes y cómo construyen a partir de la actuación la supervivencia. Tienen el objetivo de sobrevivir, no es que no tengan ningún objetivo. La genialidad de esta reliquia está primero en el valor y el desafío de volver a ponerla en escena con toda la historia que tiene detrás. En la Argentina tenemos la versión de Leonor Manso de 1996 (donde los roles protagónicos estaban a cargo de Pompeyo Audivert y Patricio Contreras). En esa puesta yo hice un reemplazo de Guerberof en el personaje de Pozzo. Es un material que coloca un valor muy desafiante porque la obra está sostenida sobre el juego y la interdependencia de un personaje con el otro, un personaje no es sin el otro, y esa es una lección enorme, más allá del valor dramatúrgico y el significado de la obra, la relación vincular actoral que tiene que haber en el juego de la invención permanente para sobrevivir, donde uno está más limitado en su memoria, y la referencia al niño del que habla Daniel, que nos inspira a algo lúdico donde rescata sobre todo la inocencia de esa angustia que están sobrellevando. Es muy emocionante y desafiante ir al encuentro de eso y es muy difícil. Es imprescindible armar una dupla y lo hicimos en tiempo récord (tuvieron un mes y medio de ensayos). Teníamos que ver cómo eran los procedimientos de trabajo de cada uno, cómo la dirección podría ir articulando, hay ahí un valor enorme en Helena Pimenta y José Tomé como director de arte.

–Daniel Aráoz: Una de las cosas que más nos emocionan es que nos dirija una mujer, la mirada de una mujer en este contexto sobre este drama o esta tragicomedia, como la denominaba Beckett, de hombres.

–Luis Ziembrowski: En esta versión quisimos rescatar la humanidad de la obra: cómo llegan a escena y en qué mundo terminan. Ahí aparece la diferencia con otras puestas. Yo defiendo esto que Helena planteó: cómo encontramos la humanidad de estos tipos porque nos permite pensar qué pasa hoy con nuestra humanidad. Cuál es la espera, la incertidumbre que tenemos ahora, cuáles son las diferentes guerras, la cantidad de Vladimir y Estragón que están en la calle. Por eso apostamos a que los personajes vivan esa angustia, la muestren y la expongan. La emoción que me produce la aparición del niño al final me deja en un limbo, en un lugar sin explicación, pero me empuja hacia una emoción positiva; antes de que aparezca el niño, yo estoy roto.

–Daniel Aráoz: Nos quedamos los dos de la mano llorando todas las funciones. Fíjate que en esa soledad, Beckett pone dos personajes. Norman Briski dice que la depresión es no mirar al otro. Acá son dos, hay un otro que mira, con el que compartir, esa importancia de que haya un otro es la importancia de encontrarse a uno mismo, encontrando al otro con quien transcurrir el tiempo, a quien abrazar y darle la mano. La obra es tremendamente simple: dos mendigos que esperan, dos personajes que se cruzan en su camino y ese niño del final, pero cuidado: esperar es resistir.

Entrevista a los actores Daniel Aráoz y Luis Ziembrowski sobre la puesta de ‘Esperando a Godot’. Foto: Martín Bonetto.

–Esta obra pertenece al género del absurdo, lo que implica que el modo de actuación no es realista. Las referencias circulan, pero no permanecen. Cuando ustedes hablaban de la emoción, el procedimiento sería que aparece la emoción, pero enseguida hay que distanciarse porque la obra tiene que quedar en ese estado de ambigüedad.

–Luis Ziembrowski: Es permanente ese juego. En ese sin sentido se rescata la humanidad que tenemos cada uno de nosotros dos como actores, la virtud y la carencia y la contradicción permanente sobre el tiempo y la memoria que se va deshaciendo, están perdiendo identidad y esa lucha que tienen es a través de ese juego. Helena fue muy clara desde la dirección porque a veces se cristaliza una forma supuesta de actuar a Beckett que pierde el rebote en lo contemporáneo, como diría Pompeyo: “El piedrazo en el espejo de este momento y de todos nosotros cuando hacemos y vemos esto”. El absurdo surge en un momento filosófico, con un texto como El mito de Sísifo, de Albert Camus, lo que hace que inevitablemente tenga una lectura política.

–Es un texto escrito después de la caída del nazismo y recuerda a los textos de Primo Levi sobre los sobrevivientes de los campos de concentración.

–Daniel Aráoz: Por eso para mí hacer esta obra es estar en el camino del alma. Todos los que hacemos esta obra representamos esa voz cultural. Por eso yo creo que ese niño que canta al final increpa a esa voz política a la que nos referimos. Qué pasa con este mundo que vemos, cuándo va a cambiar, cuándo va a ser un mundo para abrazar y jugar.

–Lo lúdico está muy ligado a la idea de representación, ya que los personajes simulan que no se conocen o que todos los días viven las mismas situaciones.

–Luis Ziembrowski: En la primera escena, cuando Estragón dice: “Delicioso lugar, semblantes alegres” y señala a la platea, ya instala que estamos haciendo una obra de teatro. El vacío de la escena señala que antes hubo algo y ahora todo está destruido y lo único que quedó en pie es un árbol. Esa ensoñación que plantea es algo muy shakesperiano, el único monólogo que tengo dice: “Estaré durmiendo mientras otros sufren”, inevitablemente te lleva al ser o no ser. ¿Estoy muerto o es un sueño? Esa influencia revela que ese personaje lo está haciendo un actor. Yo trabajé la idea del ser y el no ser. La actuación está en cualquier orden de la vida y en cualquier vínculo. Hasta dónde uno es y hasta dónde empieza a actuar es para mí una fuerza motora para ser actor.

–Daniel Aráoz: La idea de que nada es naturalista, que conviven las dos caras del teatro, implica una concentración enorme. Esta obra tiene power, tiene momentos delirantes, momentos donde no podíamos parar de reírnos. Para mí la voz cultural está por encima de la voz política. Yo estoy feliz y alineado cada vez que termino una función porque este es mi trabajo, esto es lo que yo elijo, esta manera de dialogar con mi oficio tiene que ver con la paz. El teatro es un lugar sagrado donde se pueden plantear todos los conflictos para tratar de llegar a un acuerdo pacíficamente y eso la voz política no lo tiene.

En ‘Esperando a Godot, Vladimir (Luis Ziembrowski) y Estragón (Daniel Aráoz) no tienen más remedio’. Foto: Martín Bonetto.

–Y permite generar comunidad entre desconocidos.

–Luis Ziembrowski: Por eso el hecho vivo está más vivo que nunca. Si los gobernantes quieren matar el cine y todo lo que tiene que ver con lo audiovisual, nos queda esto tan simple y profundo al mismo tiempo: la idea de que uno mira y el otro actúa porque el otro mira.

–La aparición de Pozzo y Lucky permite que Vladimir y Estragón sean ahora los que miran. El personaje de Pozzo tiene mucho de histrión.

–Daniel Aráoz: Pero Pozzo y Lucky son una metáfora del poder y uno termina ciego y el otro mudo, es muy fuerte esa metáfora.

–Luis Ziembrowski: El histrionismo es la manipulación del tiempo y del espacio. Insistía mucho Helena en poner a Osvaldo muy arriba actoralmente para que no nos vayamos, más allá del impacto y del temor inicial, es un tipo que viene con un látigo. Justamente Pozzo viene a ser la representación del poder con ese ser que está roto que es Lucky, con un discurso que tiene una lógica más absurda aún. El histrionismo es el valor del actor.

–Daniel Aráoz: Y también señala que todos somos actores sociales.

–Justamente Beckett está hablando de un momento donde la acción social pierde sentido; en esa época ya se conocía que en los países soviéticos también había campos de concentración. Es un momento de mucha desilusión social en Europa.

–Daniel Aráoz: Pero deberíamos comprender que hoy no estamos en ninguna batalla cultural porque para nosotros la cultura es un hecho absolutamente pacífico, fíjate cómo se intenta llevar a una construcción de guerra cuando el teatro es un lugar sagrado, pacífico, histórico que está latiendo y va a seguir latiendo porque allí están ellos esperando.

–Luis Ziembrowski: Tadeusz Kantor genera el Cricot 2 en Polonia (compañía de teatro experimental creada en 1955) y se llevaban a la gente que estaba en el escenario y no al público y Kantor se subió al escenario para empezar a dirigir. Hay un movimiento inevitablemente político, vos decías, Dani, que es un lugar pacífico, pero también es un lugar de resistencia, cuando hablás de resistir también hay que poner el cuerpo y esta es la pregunta que yo me hago: ¿Cómo se reacciona a la violencia que se está imponiendo desde los estados? ¿Cómo se va a reaccionar si cada vez se pone más violento? Me atrevería a decir que estoy en un sentido de acuerdo con vos y me atrevería a decir que la batalla cultural es un concepto que creó Antonio Gramsci, preso por sus ideas.

Entrevista a los actores Daniel Aráoz y Luis Ziembrowski sobre la puesta de ‘Esperando a Godot’. Foto: Martín Bonetto.

–Pero fue reapropiado por la derecha.

–Daniel Aráoz: A mí no me interesa hablar con ellos. Yo no estoy aquí para negociar con nadie, pero sí para llegar a acuerdos y el camino es pacífico. Si hay algo que quiero escuchar es la voz de mi pueblo, entonces quiero diez políticas de Estado y que mi pueblo decida cómo quiere vivir y no que vengan representantes de representantes que no sabemos quiénes son, diciendo una cosa y después hacen otra. Creo que la mayoría no desea esta violencia. A mí lo que me da la obra es el poder de la palabra. El teatro aún me da amor, me permite construir cuerpo e identidad.


Esperando a Godot se presenta de miércoles a sábados a las 20 y los domingos a las 19 en el Teatro Alvear.