Este jueves 5 de noviembre a las 20 el Ballet del Teatro Colón, que dirige Julio Bocca, lleva a escena el ballet Manon, creado por el coreógrafo Kenneth MacMillan sobre una partitura de Jules Massenet y estrenada originalmente en 1974 por el Royal Ballet de Londres. Es una de las creaciones más famosas del creador británico y, como su incluso más famosa Romeo y Julieta -que el Ballet del Colón tiene en su repertorio desde hace largo tiempo-, proviene también de una fuente literaria: La historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut.

Esta novela, escrita por el Abate Prévost y publicada en 1731, desencadenó en su momento escándalos y prohibiciones: el personaje de Manon, su vida libertina y la forma en que arrastra al caballero Des Grieux a la depravación y el crimen, eran suficientes condimentos para explicar esa prohibición. Es cierto también que el amor verdadero que los une y finalmente la muerte de Manon, redimen el carácter oscuro de esta historia, oscura y dramática por donde la miremos.

Dos primeras figuras del Ballet de la Ópera de París, Dorothée Gilbert y Hugo Marchand, harán respectivamente los roles de Manon y del caballero Des Grieux en dos de las funciones programadas; casualmente, interpretaron este mismo ballet hace muy poco tiempo en la Sala Garnier de la Ópera de París.

Manon, vale la pena agregar, fue la primera obra que bailaron juntos hace poco más de diez años y así comenzaron una asociación artística estrecha que acaba de culminar: hace dos semanas Dorothée se despidió de su carrera en la compañía parisina.

Julio Bocca marca un movimiento a Dorothée Gilbert y Hugo Marchand. Foto Carlos Villamayor

Aquel comienzo de 2015 no parecía prometedor. Cuenta Dorothée: “Cuando me dieron el nombre de mi partenaire en Manon, busqué en Internet quién era este tipo; no lo conocía”. Ella ya era étoile (la categoría más alta en la jerarquía de la compañía) y él había pasado cuatro años en el cuerpo de baile. Ella tenía 31 años; él, 21.

Continúa Dorothée: “Sentía un poco de temor de hacer Manon, un ballet tan teatral, con alguien tan joven. Tendemos a pensar que la madurez es necesaria para interpretar ciertos roles, pero Hugo ya tenía una madurez increíble para su edad. Trabajamos sobre la obra durante dos meses”.

-Hugo: Manon es un ballet muy rico porque permite atravesar varios estados emocionales y es también un viaje en el tiempo: la acción transcurre en el siglo XVIII. Los personajes de MacMillan no son maniqueos, negro o blanco, y siempre están por delante de la técnica, o mejor dicho, la técnica es secundaria.

Hugo Marchand y Dorothée Gilbert harán los roles del caballero Des Grieux y de Manon. Foto Ariel Grinberg

Dorothée piensa que fue un ballet cómodo y seguro para su despedida porque se conocen tanto con Hugo que los pas de deux le resultan fáciles. La exigencia para Hugo es de otro tipo: “La coordinación es complicada porque muchos de los movimientos se hacen hacia la izquierda. MacMillan había creado el rol para Anthony Dowell, que es zurdo, y para quienes somos diestros resulta difícil”.

Dorothée comenzó desde pequeña a estudiar ballet, como tantas otras niñitas, en una escuela de barrio en su ciudad natal de Toulouse. Pero el día en que vio el ballet Giselle por primera vez, comprendió que aquello que aprendía en la escuela todos los miércoles a la tarde servía para contar historias; entonces supo que quería ser bailarina.

Y luego fue mudarse a París con sus padres, ingresar a la Escuela de la Ópera de París y finalmente a la compañía. Tomaba además infinidad de clases que le permitieron continuar; a pesar, dice, de todos sus defectos.

Un ensayo de "Manon". Los franceses harán dos funciones, la primera este jueves.

-¿Qué defectos?

-Poca flexibilidad, poca rotación, mi pie no era lo que debía ser. Mi primer profesor de ballet les dijo a mis padres: “Su hija habría sido una muy buena bailarina hace cien años, cuando no había tanto desarrollo de la técnica”. Hasta el día de hoy sigo trabajando la flexibilidad.

-¿Y usted, Hugo?

-Comencé estudiando circo desde pequeño en Nantes, una ciudad en el norte de Francia. Malabares, acrobacia. En esta escuela de circo había también una academia de danza apenas separada por una gran cortina. Escuchaba la música y un día, por curiosidad, me asomé y me fascinó lo que vi. Amé el ballet desde la primera clase que tomé. Hice entonces el Conservatorio de danza de Nantes y luego intenté entrar a la Escuela de ballet de la Ópera de Paris. Fue difícil.

-¿Por qué?

-Era demasiado alto (nota: mide 1.92) y demasiado pesado para los cánones del ballet clásico. Finalmente logré ingresar y estos rasgos terminaron siendo parte de mi especificidad física: parecer un hombre más que un bailarín. Entré a la Escuela a los 13 años; vivía en un internado y los fines de semana viajaba a Nantes. No fue una época feliz: estaba en la adolescencia, encontraba muy dura la exigencia y no me gustaba la promiscuidad con los otros jóvenes. Pero la enseñanza fue fantástica. Y los profesores, extraordinarios. Luego, a mis 17 años, tuve la suerte de integrarme al Ballet de la Ópera. A los 23 fui ascendido a étoile. Cuando interpreté Manon por primera vez, aún me encontraba en la categoría de cuerpo de baile.

Dorothée se despidió de la compañía parisina. Hugo es diez años más joven. Foto Ariel Grinberg

-El Ballet de la Ópera de París tiene un repertorio amplísimo: obras clásicas, neoclásicas, contemporáneas, obras de Pina Bausch. ¿Cómo se han enfrentado o se enfrentan a esa diversidad tan grande?

-Dorothée: Varios de mis directores, entre ellos sobre todo Aurélie Dupont, decían que yo no era en absoluto una bailarina contemporánea. Efectivamente, no resistía los cambios de ritmo, los cambios coreográficos. No quería desaprender mi formación clásica para aprender otros lenguajes. Así que me quedé en el repertorio clásico y neoclásico, que además me permite contar historias a través de la danza.

-Hugo: A mí me gusta la idea de que la escuela de danza te enseña sobre todo a aprender, es decir, a estar siempre dispuesto a aprender otros vocabularios. Y también a ser humilde y a permanecer toda la vida siendo alumno.

"Mientras me mantenga en forma, seguiré bailando", dijo Dorothée Gilbert a "Clarín".

-Hugo, ¿podría hablar de su proyecto “Hugo Marchand por la danza”, paralelo a su carrera de bailarín?

-Hace cinco años creé une asociación no lucrativa para llevar espectáculos de danza, con integrantes de la Ópera de París, a castillos y lugares magníficos del patrimonio histórico de Francia. Siempre al aire libre, en primavera y comienzos del verano y con precios más que accesibles. Se trata de llevar la danza a gente que no tiene la posibilidad de verla porque viven en ciudades pequeñas o aldeas de la región. Y porque si estuvieran en París pensarían que son espectáculos sólo para gente rica. Pero además el programa incluye charlas y jornadas gratuitas de danza para todo el que quiera, en zapatillas, sobre el césped. Y también encuentros “sanadores” para niños afectados por enfermedades y para mujeres que sufren violencia doméstica. La danza habla sin palabras y permite expresar emociones universales. Es mi manera de contribuir a que el mundo sea un poco menos triste y menos hostil.

-Dorothée, ¿qué caminos se abren para usted después de este retiro?

-Permanecer en el mundo de la danza, aunque primero necesito un tiempo para descansar y reflexionar. Fueron muchísimos años de una actividad constante en la que nunca aparecía el momento de pensar “¿qué haré cuando me retire?”. Pero más adelante dictaré clases y sobre todo, me interesa preparar a jóvenes bailarinas que se presentan a concursos internacionales, una tarea que ya comencé en Vietnam y en Japón. Y finalmente, mientras me mantenga en forma, seguiré bailando.

-¿Dónde?

-En todos lados. Por ejemplo, aquí en Buenos Aires, como ahora.

Después del estreno del jueves 5 habrá ocho funciones más, en las que los roles principales estarán distribuidos entre excelentes primeros bailarines del cuerpo estable del Teatro Colón. La pareja Gilbert-Marchand hará la función de estreno y la del sábado 7.

POS