De las Variaciones Diabelli de Beethoven a sus memorables versiones de Schubert, Stephen Kovacevich construyó una carrera singular, atravesada por la exigencia, el miedo escénico y una búsqueda expresiva sin concesiones.
Los pianistas Stephen Kovacevich y Martha Argerich tocando juntos. Foto: archivo.
Había en el músico estadounidense de origen croata algo que desbordaba la imagen del pianista de técnica impecable: una tensión casi física entre el control y el abismo, entre la arquitectura de la partitura y la necesidad de ponerla en peligro. Su interpretación no buscaba la perfección pulida, sino ese instante en que la música parece estar haciéndose por primera vez. E
El crítico Tom Service, en The Guardian, lo describió como un artista dispuesto a llegar hasta el límite para encontrar el lugar donde la música se vuelve más poderosa y vulnerable. Kovacevich murió el 27 de octubre en Londres, poco después de cumplir 86 años, mientras se recuperaba de una operación de cadera.
Nació el 17 de octubre de 1940 en San Pedro, California, en una familia de origen croata. Debutó en público a los once años. En 1958 se trasladó a Londres con una beca para estudiar con Myra Hess, pianista que orientó su repertorio hacia Mozart, Beethoven, Schubert y Brahms.
Dos años después, el joven Stephen Bishop –apellido de su padrastro, que utilizó al comienzo de su carrera– encontró en el Wigmore Hall una plataforma decisiva: su debut londinense de 1961 incluyó las Variaciones Diabelli, de Beethoven, obra que marcaría su vida musical. Más adelante recuperó el apellido de su padre y quedó asociado definitivamente al nombre de Kovacevich.
Los pianistas Stephen Kovacevich y Martha Argerich tocando juntos. Foto: archivo.
Su grabación de las Diabelli, realizada en 1968, selló su notoriedad internacional. Andrew Clements, crítico de The Guardian, la consideró una de las grandes versiones de una obra monumental, un modelo de claridad musical e intelectual que nunca exhibía las dificultades técnicas como un fin en sí mismo.
En Beethoven encontró una combinación de rigor, energía y también desafío: sus sonatas y conciertos no eran monumentos inmóviles, sino dramas en movimiento, con zonas de resistencia y estallidos de voluntad.
Facetas de una personalidad
La discografía permite seguir otras facetas de esa personalidad. Las sonatas para violonchelo de Beethoven grabadas junto a Jacqueline du Pré, en 1966, combinan la intensidad volcánica de la violonchelista con el acompañamiento directo y sin afectación de Kovacevich.
Sus registros de las últimas piezas para piano de Brahms revelan una intimidad de otro orden, mientras que el Concierto para piano de Grieg y los de Schumann muestran una faceta más expansiva.
También dejó una lectura de la Sonata para dos pianos y percusión de Bartók junto a Martha Argerich, de energía combativa, y una interpretación de la última sonata de Schubert, D. 960, que rechaza toda serenidad complaciente: en ella, la belleza convive con la inquietud y una urgencia difícil de olvidar.
La relación con Argerich fue uno de los capítulos centrales de su vida. Se conocieron en Londres en los años sesenta, formaron una pareja sentimental de temperamento explosivo y tuvieron una hija, Stéphanie, nacida en 1975.
Kovacevich resumió aquella historia con humor: “Fue una relación, no un matrimonio”. También bromeó sobre sus reconciliaciones y rupturas, a las que llamaban “primera ronda” y “segunda ronda”.
Pero la separación no extinguió el vínculo musical. Mucho después, cuando ambos rondaban los setenta años, comenzaron a presentarse juntos con regularidad. “Es asombroso que seamos tan compatibles tocando a cuatro manos, porque nuestros temperamentos musicales son tan diferentes”, observó.
La historia familiar encontró otra mirada en Stéphanie Argerich, cineasta que retrató a su madre en Bloody Daughter (2012), un documental que se interna en las complejidades de la vida de una artista excepcional y de sus vínculos familiares.
Kovacevich también aparece en ese universo íntimo, lejos de la imagen pública del gran pianista, en una relación atravesada por los afectos, las ausencias y hasta el reproche de Stéphanie por no haber recibido el apellido de su padre.
También fue un músico que habló sin disimulos de sus fragilidades. El miedo escénico lo acompañó durante décadas; en más de una ocasión, la angustia de salir al escenario lo llevó a considerar el abandono de los conciertos.
Los pianistas Stephen Kovacevich y Martha Argerich tocando juntos. Foto: archivo.
Algo de tortura
“Tocar en público siempre tuvo para mí algo de tortura”, reconoció. En 2008 sufrió un accidente cerebrovascular que pareció poner fin a su carrera. Sin embargo, volvió a tocar y a grabar. En sus últimos años, las interpretaciones de Schubert y Rachmaninov adquirieron una intimidad y una intensidad nuevas, como si la vulnerabilidad personal hubiera abierto otra puerta hacia la música.
No se consideraba un intérprete satisfecho con la seguridad ni con la rutina. Le preocupaba que los músicos asumieran pocos riesgos y defendía una experiencia artística en la que algo estuviera realmente en juego. Esa convicción atravesó su manera de tocar: la claridad nunca excluía la incertidumbre, y el dominio técnico no anulaba la posibilidad del fracaso.
Los pianistas Stephen Kovacevich y Martha Argerich tocando juntos. Foto: archivo.
Kovacevich también desarrolló una carrera como director, al frente de la Irish Chamber Orchestra y de otras agrupaciones, y dedicó parte de su vida a la enseñanza.
Pero su legado más perdurable quizá esté en la huella de sus interpretaciones: Beethoven como una aventura intelectual y física; Brahms como concentración y hondura; Schubert como una belleza atravesada por sombras. No buscó borrar las grietas de la música, sino hacerlas audibles. En esa disposición a exponerse, incluso a fallar, encontró una forma de verdad.
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