Desde hace aproximadamente un lustro, escucho y leo a los profetas contemporáneos anunciar un nuevo apocalipsis: la Inteligencia Artificial reemplazará la mayoría de los trabajos, el hombre quedará desocupado y eso generará una crisis que acabará con la humanidad. Más de una vez he consultado a los profetas por qué ese mismo sortilegio, capaz de reemplazarnos en todo, no podría también conservar el bienestar que hayamos alcanzado previamente. ¿Por qué su omnipotencia no podría incluir nuestra salvación?
Es una pregunta que los expertos no han sabido aún responderme.
La bomba atómica todavía me da mucho más miedo que la Inteligencia Artificial. La posibilidad de que la República Islámica de Irán arroje bombas atómicas contra cualquiera de las democracias liberales me sigue resultando un peligro mucho más inminente que la Inteligencia Artificial. De hecho, si tengo que elegir un final, prefiero quedar reemplazado por la Inteligencia Artificial que ser exterminado por una bomba atómica iraní.
Yo he sobrevivido por lo menos a dos apocalipsis. Uno fue en 1999. Repentinamente comenzó a circular, difundido por profetas muy similares a los contemporáneos, el rumor de que las computadoras dejarían de funcionar con el cambio de siglo. Había gente realmente muy preocupada.
Perderíamos todos nuestros datos, nuestras cuentas bancarias, nuestros sistemas operativos. El mundo se autodestruiría. No soy un sujeto temerario, pero hice lo mismo que estoy haciendo ahora: nada. Me dediqué a leer, a escribir, a contar cuentos. Lo único que sé hacer. Por algún motivo, ese apocalipsis ni siquiera me rozó. No hice nada y no me pasó nada. Quizás azotó al resto de la humanidad y no me enteré (como en un famoso episodio de La dimensión desconocida).
El segundo apocalipsis al que sobreviví fue el Covid. Debíamos quedarnos encerrados en casa y usar barbijo; de lo contrario, todos moriríamos.
Los primeros meses, realmente atemorizado, me quedé en casa y usé frecuentemente barbijo. Creo que habrá pasado un trimestre cuando comprobé que distintas personas, a las cuales sí se les permitía circular, salían de sus casas y no usaban barbijo.
Pronto noté que esas mismas personas no se morían, ni enfermaban gravemente. También se reportaban como muertos por Covid a personas que no salían de sus casas y usaban barbijo. Los ancianos podían morir en asilos sin haber salido y habiendo usado barbijo.
En mi círculo extendido de personas, de cerca y de lejos, no conocí a nadie que falleciera o se enfermara gravemente. De entre los que se enfermaban, la mayoría sí había cumplido con las restricciones.
Comencé a salir y a dejar de usar barbijo. Quienes quisieran quedarse en su casa, no serían importunados por mis salidas. Y quienes quisieran usar barbijo, nadie se los impediría.
He detallado en estas mismas páginas algunas de las mitologías que sucedieron durante la así llamada Pandemia, y que pasaban por ser ciencia: en los gimnasios, permitían hacer ejercicios sin barbijo; pero para pasar de un ejercicio a otro, de las mancuernas a la bicicleta fija, dos pasos, sí había que usar barbijo.
En un bar, los que entraban a pedir para llevar, debían hacerlo con barbijo. Pero si consumían en la mesa del bar, podían hacerlo sin barbijo. Eso era literalmente “el protocolo”, supuestamente dictaminado por alguna autoridad sanitaria.
Una de las particularidades que más me llama la atención del apocalipsis de la AI es la falta de beneficios progresivos en mi vida cotidiana.
La humanidad avanzó progresivamente, ganando longevidad, prosperidad y comodidad, desde la época de las cavernas hasta la actualidad, en el uso de medios de locomoción y cosméticos, el automóvil y el desodorante en aerosol, por dar dos casos. Ambos implementos contribuyeron a nuestro bienestar.
Pero un día Greta Thunberg descubrió que, por usarlos en exceso, moriríamos todos. Yo no lo creo, pero supongamos que efectivamente fuera a ocurrir. Antes de que el automóvil y el desodorante en aerosol nos extingan -aunque a mí me sigue preocupando más una bomba atómica iraní-, debemos reconocer que nos han proporcionado muchos beneficios. De hecho, el automóvil aparentemente puede reconvertirse de modo que, sin dejar de aportar el beneficio, no destruya el planeta. Y supongo que no será tan difícil hablar con el desodorante en aerosol al respecto.
Pasamos de la carreta al automóvil, y al avión, y al cohete a la Luna, y quizás estos avances trajeron consigo alguna contraindicación, luego de habernos mejorado la vida de un modo que los primeros humanos no pudieron haber siquiera imaginado. Mejoras cotidianas, nimias y trascendentes, del día a día y de siglo en siglo.
Cuando usé por primera vez el mail, descubrí inmediatamente su prodigio. Podía comunicarme desde Buenos Aires, con un amigo en Nueva York, en un instante. Era magia, una mejora extraordinaria en mi calidad de vida. Ese mismo año pude acceder a varios de los diarios del mundo, online, sin salir de mi casa. Era algo maravilloso. Con las décadas, quizá la adicción a las pantallas y la crisis del diario en papel hayan sido contraindicaciones de aquellos adelantos geniales. Pero los beneficios eran indiscutibles. Mientras que el 90% de los productos a los que accedo relacionados con la Inteligencia Artificial, en mi experiencia y solo en mi experiencia, son inferiores a los mismos previos. Me sigue gustando más un dibujo de Sábat o una foto, que las caricaturas hiper realistas de la Inteligencia Artificial, ya sean en la TV, en la cartelería o en la prensa. No es que me aferre al pasado.
Es que las imágenes generadas por IA me parecen pueriles, sosas; mientras que los dibujos de de Quino, o de Erlich, me siguen admirando y divirtiendo. Estoy comparando, lo sé, un medio de comunicación -el mail-, con un contenido. Pero de eso hablan los profetas cuando hablan de AI: una tecnología que nos reemplazará completamente en la emisión de contenidos.
No tengo dudas de que sin saberlo usufructo adelantos solo posibles gracias a la Inteligencia Artificial, pero a diferencia del automóvil y del mail, los profetas me anticipan mucho más el apocalipsis de lo que yo puedo percibir los beneficios. Si el genio desatado es capaz de manipularlo todo para el Mal, ¿por qué no es capaz de manipular algunas mejoras específicas, menores, para mi bienestar?
Cuando accedí al mail y a los diarios del mundo gracias a Internet, sí sentí inmediatamente una ventaja paradigmática.
No destruiría al mundo, sino que podría incluso mejorarlo. Pero eso no dependería del adelanto tecnológico, sino de cada persona.
(continuará)
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