Las relaciones peligrosas

Una gacela se enamoró de un tigre. Temía acercarse a su amado, eficaz cazador. Cierta tarde, decidida a morir devorada antes que de amor, oculta tras unas ramas, dijo a su amado enemigo:

-Oh, tigre, te amo. Dame una oportunidad. Mírame y permíteme escapar si no te agrado.

-Bueno -aceptó el tigre, que ya había comido-.

Atravesó las ramas tras las que se ocultaba la gacela, y permaneció mirándola durante un largo rato.

Luego, la gacela propuso casamiento y el tigre aceptó.

En la fiesta del enlace, cuando los invitados de la gacela hubieron bailado y bebido (los tigres no fueron, pues desaprobaban la boda), el tigre se lanzó sobre los amigos y familiares de su reciente esposa, y comenzó a devorarlos uno por uno, sin dificultades.

-¿Qué haces? -gritó desesperada la gacela, cuando ya quedaban pocos de los suyos-.

-Si te enamoras de tu enemigo -dijo el tigre- ten al menos la fidelidad de no invitar a tus amigos a la boda.

La mascota

Un hombre muy pobre se compró de mascota un avestruz, porque este animal come de todo y no le haría gastar dinero en alimentos específicos.

Una tarde en que el hombre no se hallaba en su casa, el avestruz le comió la novia, quien había ido a visitarlo sin previo aviso. El hombre se encolerizó al enterarse, pero luego perdonó al animal.

Otra tarde, al llegar el hombre a su casa, descubrió que el avestruz se había comido todos los muebles menos la cama. Se tiró sobre ésta a llorar. Al cabo del llanto, perdonó nuevamente a su mascota.

Una tercera tarde, el hombre entró en la casa y vio al avestruz con el pico hundido bajo la tela del colchón, comiéndole los ahorros.

Entonces fue a buscar una cuerda para ahorcarlo.

Mientras la cuerda le apretaba el cuello, el avestruz, sollozando, preguntó:

-Me he comido a tu novia y tus muebles, y me has perdonado. ¿Por qué me matas ahora?

-Te has comido la razón por la cual te elegí como mascota -respondió el hombre dando el último tirón-.

La paciencia

Estaban un día juntos el elefante y la jirafa, recostados en la tierra, rodeados de árboles frutales, a pocos pasos de un río, tomando sol.

En el espeso calor, dijo la jirafa:

-Estoy muerta de sed. Acompáñame al río.

-Qué impaciente has resultado -respondió el elefante-. Espera que el río venga a nosotros.

Pero como no había bifurcación alguna que les trajera el río, la jirafa se acercó sola hasta el cauce y bebió.

Por la tarde, el cielo se encapotó y llovió torrencialmente. El río desbordó y el agua llegó al elefante.

Unas horas después, la jirafa dijo:

-Ya hemos saciado la sed. Ahora tengo hambre, y creo que tú también. Incorporémonos y comamos los frutos de los árboles.

-No te sabía tan impaciente -dijo el elefante-. Deja que los frutos vengan a nosotros.

Pero como ningún viento azotaba los árboles, la jirafa se incorporó, estiró un poco el cuello y comió.

Unos minutos después, un ananá maduro y henchido se desprendió de la rama, atravesó un peral en la caída, soltando algunos de sus frutos, y explotó en el piso. Todo aterrizó junto a la trompa del elefante.

Esa noche, cuando después de hacer la digestión se disponían a dormir, apareció la Muerte. Fosforescentes, la calavera y la guadaña brillaban en la oscuridad. El elefante se alzó en sus pesadas patas y salió corriendo con ligereza impropia de su gigantesca complexión. La jirafa, creyendo haber aprendido y estar superando a su maestro, se quedó sentada, sin mover un músculo mientras la Muerte se le acercaba.

-¡Pobre jirafa! -exclamó el elefante internándose en la selva-. ¡Tan impaciente por todo, incluso por morir!

Piel de león

En aquellos tiempos en que el león aún era el rey de la selva, un burro se disfrazó con una piel del animal soberano.

Iba el burro oculto bajo su piel de león, asustando a los tigres, a las jirafas y a sus propios amigos. De pronto, una cigüeña vio asomar la punta de la oreja del asno y gritó:

-¡Es un burro, un burro oculto bajo piel de león!

Rodearon todos los animales al farsante. Poco dispuestos a aceptar bromas, se le acercaban con asesinas intenciones; en la mano del mono brilló un cuchillo y el león se disponía a dar la primera dentellada.

El burro, ligero, arrebata con sus dientes el cuchillo al mono; hace un largo corte en la piel del león que está por morderlo y grita:

-Miren, miren lo que hay bajo su piel. Carne, sangre, huesos... Es como todos nosotros. Su sangre es roja como la nuestra, sus huesos blancos como los nuestros: nada lo autoriza a ser rey. ¡Él también se esconde bajo una piel de león!

El pacto

Un científico olvidadizo viajó al África con el propósito de adquirir la memoria de un elefante. Llegó a la selva indicada, se dirigió a un paquidermo y le propuso:

-Te cambio un millón de dólares por tu memoria de elefante.

-Bueno -respondió el elefante-.

-Ah- dijo el científico-, pero antes de realizar el trato, como tú eres mucho más fuerte que yo y sé que cumples tus juramentos, debes jurarme por tus ancestros que, luego de la transacción, no me liquidarás para quedarte con tu memoria y mis dólares.

El elefante aceptó. Entregó su memoria y, no bien tuvo los dólares entre los colmillos, se abalanzó sobre el científico.

-¡El juramento, el juramento! -reclamó el científico-.

-¿Qué juramento? -replicó el elefante. Y lo pisó-.

El tigre enfermo

Un tigre que cuando cachorro había sido capturado por humanos, fue liberado luego de varios años de vida doméstica.

La vida entre los hombres no había menguado su fuerza ni sus instintos; en cuanto lo liberaron, corrió a la selva.

Ya en la espesura, teniéndolo otra vez entre ellos, sus hermanos le preguntaron:

-¿Qué has aprendido?

El tigre meditó sin prisa. Quería transmitirles algún concepto sabio, trascendente. Recordó un comentario humano:

“Los tigres no son inmortales. Creen que son inmortales porque ignoran la muerte, ignoran que morirán”.

-Aprendí esto -dijo por fin-. No somos inmortales, sólo ignoramos que alguna vez vamos a...

Los otros tigres no lo dejaron terminar de hablar. Se abalanzaron sobre él y le mordieron el cuello, matándolo en un instante.

-Es el problema de los enfermos de muerte -dijo uno-. Se tornan resentidos y quieren contagiar a todos.

La victoria de la liebre

Cien años después de la primera carrera entre una liebre y una tortuga, otra liebre y otra tortuga acordaron librar esta despareja competencia.

Como todos sabrán, en aquel primer desafío, la liebre, confiada, después de haberle sacado varios kilómetros de ventaja a la tortuga, se echó a dormir. Pero con tal despreocupación que, finalmente, contra todo pronóstico, la tortuga acabó vencedora.

Las dos nuevas competidoras largaron desde el mismo punto que lo hicieron sus predecesores un siglo atrás.

A poco de comenzada la carrera, ya la liebre se acercaba tanto a la meta -y la tortuga estaba tan lejos-, que no creyó imprudente descabezar un sueñecito. Nuevamente la tortuga la pasó y volvió a ganar.

Esa noche, mientras toda la tribu de las tortugas festejaba, la tortuga ganadora se acercó hasta la madriguera donde la liebre derrotada vivía en soledad. La encontró despierta, más sola aún aquella noche.

-No puedo creer -dijo la tortuga- que te hayas dormido igual que tu bisabuelo. ¿Por qué me dejaste ganar?

-Por el mismo motivo que mi bisabuelo dejó ganar a tu bisabuelo -respondió la liebre-. Las liebres estamos muy seguras de nuestra velocidad: no necesitamos demostrarla. Pero nadie escribe sobre nosotras, y no queremos ser olvidadas. Si una liebre le gana a una tortuga, eso no es una noticia ni un cuento. Pero si una tortuga le gana a una liebre, entonces, querida amiga, seguro que miles de escritores escribirán acerca de nosotras. Y las liebres, antes que ganarle una carrera de velocidad a una tortuga, preferimos quedar en la Historia.

POS