El pianista islandés Víkingur Ólafsson llegó a Buenos Aires para participar de un acontecimiento excepcional: el regreso de la Filarmónica de Berlín al Teatro Colón, después de 26 años. Junto a la orquesta dirigida por Kirill Petrenko, interpretará el monumental Concierto para piano n.º 1 de Brahms, una obra que conoce desde la infancia a través de las grabaciones de esa misma orquesta. Admirador de Martha Argerich, intérprete apasionado de Bach y explorador incansable de las posibilidades tímbricas del piano, Ólafsson construyó una carrera en la que la técnica está al servicio de una búsqueda más profunda: transformar el sonido en una experiencia íntima.
-¿Qué te define como artista? ¿Cuánto hay de tus orígenes, de tu familia y de tu formación en tu manera de interpretar?
-Es imposible decirlo. Nuestro ADN es tan complejo que no se puede explicar del todo. Y ahí reside la belleza del arte. En mi caso, Islandia es una parte fundamental de quien soy. Crecí en los años noventa, cuando era un lugar mucho más reservado que hoy, antes de Internet y del turismo masivo. Podías construir tu propia vida sin ajustarte tanto a las expectativas de los demás. Es una tierra de contrastes: volcanes y glaciares, oscuridad en invierno y luz durante todo el verano. También vengo de una familia musical: mi madre era profesora de piano y mi padre, arquitecto y compositor. Además, Islandia tiene una cultura narrativa muy fuerte. Creo que esa tradición de contar historias también influye en la manera de interpretar música.
-Björk y vos son, probablemente, los artistas de tu país más conocidos internacionalmente. ¿Imaginaste alguna vez trabajar con ella?
-De hecho, acabo de grabar una canción con Björk.
Víkingur Ólafsson tocará en el Colón obras de Brahms y Strauss. Foto @AriMagg
-Magnífico. Imagino una colaboración genial.
-Creo que saldrá el año que viene. Es una canción hermosa, para piano y voz.
-La Filarmónica de Berlín no visita Buenos Aires desde hace 26 años. ¿Qué significa formar parte de este regreso y tocar en el Teatro Colón?
-El Colón está a la altura de las grandes salas del mundo, junto al Carnegie Hall, la Philharmonie de Berlín o el Musikverein de Viena. Es una sala legendaria y estoy muy entusiasmado. Para mí, no hay una orquesta más grande que la Filarmónica de Berlín. Y no se trata solamente de cómo toca, sino de su mentalidad: la manera en que sus integrantes se exigen y piensan colectivamente. Es extraordinario encontrar un grupo de cien personas con la mentalidad de un solista de primer nivel. Cada músico es un solista, pero cuando tocan juntos funcionan como una democracia perfecta.
Mis padres estudiaron en Berlín durante la época de Karajan e iban a escuchar a la orquesta siempre que podían. En casa teníamos sus grabaciones de Beethoven y Brahms. En Islandia las oportunidades de escuchar grandes orquestas eran limitadas, así que descubrí muchísima música a través de esos discos. Por eso, interpretar el Primer concierto para piano de Brahms con esta formación, cuya grabación de los años setenta con Emil Gilels escuché desde chico, es un sueño de la infancia. Cuando estoy en el escenario y escucho el comienzo de la obra, pienso en lo afortunado que soy. Es un momento de pura felicidad.
Víkingur Ólafsson elogia al Teatro Colón, poniéndolo a la altura de los máximos exponentes. Foto @AriMagg
-Hoy podés elegir con mayor libertad tus proyectos. ¿Qué cambió en tu carrera?
-Cuando sos joven, tenés que decir que sí a todo. Llegué a tocar unos 60 conciertos al año: es un trabajo increíblemente exigente. Ahora, finalmente, puedo decidir qué hacer e interpretar la música que amo: Bach, Brahms, Beethoven, John Adams o György Kurtág. Ese es el mayor privilegio. No se trata de los premios ni de la fama, sino de poder tocar la música con la que soñabas.
-¿Cómo abordás el "Primer concierto para piano de Brahms", una obra monumental de unos 50 minutos?
-El Brahms de este concierto es un hombre joven, heroico, lleno de romanticismo. Quiere conquistar el mundo y continuar la tradición de Beethoven. Por eso, más que un concierto para piano, lo considero una sinfonía para piano: un enorme poema sinfónico que conserva una estructura clásica, pero despliega una audacia profundamente romántica.
El comienzo tiene una belleza áspera, casi salvaje, que me recuerda al paisaje islandés. No hay nada sentimental: es como si la tierra temblara y los cimientos del mundo se sacudieran. Brahms escribe 64 compases antes de que entre el piano. Y cuando finalmente aparece, sentís que estás completamente solo en el universo.
El segundo movimiento tiene una dimensión espiritual muy profunda. Clara Schumann le escribió a Brahms que era un movimiento especialmente espiritual, y él le respondió que se trataba de un retrato delicado de ella. La melodía del piano parece un coral, casi una continuación de Bach. Es un momento de enorme intimidad.
"Ahora, finalmente, puedo decidir qué hacer e interpretar la música que amo: Bach, Brahms, Beethoven". Foto @AriMagg
El tercero, aunque está en re menor, tiene algo juguetón. Está lleno de contrapuntos y transmite una voluntad de luchar por la supervivencia. Al final, la música alcanza una especie de victoria. Es una obra extraordinaria, un drama épico en el que conviven el pasado, el presente y el futuro.
-Tu sensibilidad parece estar especialmente ligada a los matices. ¿Cómo se construye esa relación con una orquesta de semejante potencia sonora?
-Cualquiera puede tocar fuerte. Lo difícil es tocar realmente suave, construir la música desde una sonoridad frágil. Muchas orquestas no tienen la confianza necesaria para llegar tan lejos. La Filarmónica de Berlín funciona como un gigantesco conjunto de cámara: cuanto más suave toco, más reaccionan sus músicos. Ellos responden a lo que hago y yo respondo a lo que hacen. Esa escucha mutua es maravillosa.
Martha Argerich "es alguien que definió lo que significa tocar el piano", dice Ólafsson. Foto EFE
La influencia de Martha Argerich
-En varias ocasiones hablaste de la influencia decisiva que tuvo Martha Argerich en tu formación. ¿Qué aprendiste de ella?
-Cuando escuchás a Martha, en vivo o en una grabación, la reconocés en cinco segundos. Muy pocos pianistas tienen esa cualidad. Para mí, es una de las grandes intérpretes de nuestro tiempo y alguien que definió lo que significa tocar el piano.
De chico estudiaba sus grabaciones: su sonoridad, su imaginación y la libertad con la que toca. Pero esa libertad también está sostenida por un rigor extraordinario. Porque la libertad sin disciplina no resulta interesante. A veces la gente se concentra demasiado en su facilidad técnica, pero basta con escucharla tocar Bach para descubrir otra dimensión: piensa como una gran directora de orquesta.
Cuando me mudé a Nueva York, a los 18 años, iba a todos sus conciertos. Una vez la escuché interpretar el Primer concierto para piano de Prokófiev con Rostropóvich. El concierto estaba agotado, pero encontré una localidad gratuita y terminé sentado justo debajo del piano. Fue una experiencia de una intensidad enorme; creo que no acordaban en los tempi y había una electricidad extraordinaria en el aire.
-¿Alguna vez lograste acercarte a Argerich y conversar con ella?
-No, pero estuve cerca. Una vez, cuando tocaba con la Filarmónica de Nueva York, fui a verla entre bambalinas. Soñaba con invitarla a cenar, así que retiré del banco todo el dinero que tenía y me llené los bolsillos de dólares. Pero cuando finalmente la tuve delante, no me animé a hacerle la invitación. Me fui, compré una comida sencilla y después volví a depositar el dinero. Era muy joven y tenía ese sueño, pero me faltó coraje. Martha significa muchísimo para mí.
-Bach también ocupa un lugar central en tu vida. Tu próximo álbum, "Continuum II", parece prolongar esa relación. ¿Qué buscaste en esta grabación tan particular, en un estudio dentro de tu casa?
-Es el segundo capítulo de un proyecto de toda la vida: construir una especie de diario musical a través de Bach. Lo toco todos los días. Es mi punto de referencia en un mundo que cambia permanentemente y siempre busco nuevas maneras de abordar su música, arreglarla e interpretarla.
El disco reúne corales, transcripciones y piezas que casi nunca se graban. Incluye versiones para piano y cuerdas, una adaptación de la Sonata para violín n.º 5 y un preludio coral para órgano, Erbarm dich mein, o Herre Gott, que es mi favorito. También comienza con un arreglo de Vivaldi realizado por Bach. Esa música nos enseña que siempre tenemos algo que aprender de él.
Me gusta imaginar el disco como una música que podría quedar sonando en casa, en repetición, y transmitir la sensación de que todo va a estar bien. Mis álbumes suelen comenzar de manera introspectiva, casi como una plegaria, y después se expanden. Este dura unos 40 minutos: es una pequeña ventana a mi mundo musical actual.
Piano vertical o de cola
-En algunas piezas tocás un piano vertical en lugar de un piano de cola. ¿Qué cambia en tu relación con el instrumento?
-El sonido es diferente, más íntimo. Cuando era chico, mis padres tenían un piano de cola que usábamos todos. Mi madre daba clases y mi padre componía, así que yo quería tener un instrumento propio. Pusieron un viejo piano vertical en mi habitación y fue fantástico. Ocupaba prácticamente todo el espacio.
Hace poco encontré uno precioso en Islandia y lo compré. Tiene una sonoridad muy suave y hermosa. Cuando tocás un piano vertical, incluso al escucharlo en una grabación, sentís que estás muy cerca del instrumento, como si pudieras tocarlo vos mismo. Es un universo sonoro distinto, casi otro instrumento. Se escucha hasta su respiración.
-Hablás del sonido como si fuera una materia que se puede modelar. ¿Cuál es tu búsqueda cuando te sentás al piano?
-Para mí, el sonido lo es todo. Tocar el piano de una manera básica es fácil; lo difícil es hacer algo verdaderamente especial. No basta con apretar las teclas. Hay que pensar el sonido como una pintura, con distintos planos y niveles de profundidad. Algunos sonidos tienen que quedar atrás, otros acercarse o parecer que vienen desde detrás del oyente. Hay que crear una dimensión tridimensional.
Muchas veces, al tocar o grabar, se busca imponer el sonido sobre quien escucha, como si hubiera que empujarlo hacia él. A mí no me gusta eso. Prefiero que el piano susurre secretos, que su sonido pueda envolvernos y llegar desde atrás. Ahí aparece algo mágico: una dimensión que no se consigue solamente con la técnica, sino con la imaginación y la sensibilidad.
Berliner Philharmoniker
Kirill Petrenko, director; Víkingur Ólafsson, piano. Programa: Concierto para piano y orquesta n.° 1 en re menor de Johannes Brahms y Así habló Zaratustra, op. 30 de Richard Strauss. Funciones: miércoles 21 y viernes 23 a las 20. Sala: Teatro Colón.
POS
Todavia no hay comentarios aprobados.