En los días finales de su vida, ya muchos años después de haber escrito El club de los suicidas, el escritor Robert Louis Stevenson arregló en secreto un viaje a Londres, donde apuraría su ineludible destino. Siempre había sido enfermizo y no quería tan solo fallecer.

La hechicera de los Mares del Sur replicaría la persona del escritor, para que Mr. Stevenson pasara sus últimas jornadas, junto a la familia, en la isla. Mientras que el verdadero Stevenson viajaría a Londres, y elegiría su propia muerte.

Por esos días recorría Inglaterra un actor de variedades llamado Kaster. Su acto consistía en un monólogo de terror, que invariablemente dejaba a un espectador muerto en su butaca. El show se llamaba La última función. Ninguno de los espectadores sabía cuál sería la víctima, ni ignoraban que alguno de ellos pudiera serlo.

Stevenson buscó la compañía de su amigo Villon. El poeta había asistido a dos funciones de Kaster y abandonado ambas de pie. El espectáculo, aseveraba, valía la pena.

Algunos de los espectadores, como Stevenson, buscaban al artista para quedarse eternamente en la sala. Pero otros tantos pagaban la entrada como quien apuesta a la ruleta rusa, con el ánimo de arriesgar para ganar.

Cuando Stevenson le preguntó a Villon cuál era el contenido del monólogo, el poeta replicó que Kaster contaba en cada show otra historia, aparentemente sobre lo peor que había hecho en su vida alguno de los espectadores, aunque nadie sabía si el referido era el que específicamente moría durante la función.

Stevenson no tenía mucho de lo que arrepentirse. Pero sí una gran necesidad del alma de asistir al aquelarre de Kaster. Las entradas se agotaban con celeridad. De modo que junto a Villon se apresuraron a abordar un carro que los llevara al Piccadilly.

Contactaron al revendedor indicado, un sujeto con aspecto de monstruo de caricatura. Todos los vendedores de entradas a La última función eran revendedores. Algunos incluso parecían fantasmas de alguna función anterior. El precio era suculento, casi disparatado. Evidentemente calculado para espectadores de una abultada posición social, o para quien estuviera dispuesto a desprenderse de sus ahorros.

La sala abriría sus puertas a las 12 de la noche. Stevenson y Villon decidieron esperar bebiendo absenta en La Taberna de Mr Hyde.

Villon le señaló a su amigo cuán lejos había llegado su criatura.

Stevenson desmereció el homenaje con un encogimiento de hombros. Confesó que le hubiera gustado haber sido un hombre de acción. Pero su complexión física se lo había impedido. Su abuelo esperaba de él un héroe. Mientras que su vida se había prodigado en letras sobre el papel. Su máxima proeza física sería acudir a la ceremonia demoníaca de Kaster.

Stevenson quiso saber algo más de Kaster, y Villon abundó en lo poco que había recopilado: supuestamente descendía de un húsar húngaro, y había practicado la delincuencia, incluso el homicidio, antes de encontrar su extraña vocación sobre las tablas.

Villon también había interrogado a algunos de los espectadores sobrevivientes de otras funciones, entre los que se contaban detectives y policías de incógnito, tan interesados como Stevenson en la veracidad y motivación del show, para arribar a una misma conclusión: Kaster mataba con su monólogo a un espectador por función, por el mero hecho de entretener al resto y cobrar su borderó.

Stevenson se guardó la botella con el resto de absenta, Villon pretendía seguir bebiendo durante la función. Llegaron pocos minutos antes del inicio. No había que hacer fila y la sala estaba a medias llena.

-Sería irónico hacer fila para morir -le dijo Stevenson a Villon-.

-O acaso es lo que hacemos desde que nacemos -replicó el poeta-.

Poco antes de que se apagaran las luces, la platea y el pullman se habían completado. No entraba ni un hombre más en el recinto. Solo había una mujer. Usaba un tul azul, lucía una cabellera rubia desteñida, y aun sentada se le distinguía una silueta y un porte soberbios. Se murmuraba, a instantes de que apareciera Kaster sobre el escenario, que buscaba reunirse con su amante muerto, un soldado de fortuna, asesinado por un camarada celoso en la batalla de Saragosta. Delante de Stevenson y Villon, comía pasas de higo el Marajá de Kastinapur.

El mico del rey de Flandria corría por entre los pies y algunos hombros de los presentes, fastidiados y expectantes. Regresó al regazo de su dueño cuando Kaster hizo su entrada en escena.

La historia que comenzó a contar era un episodio patético del abuelo de Stevenson, que el anciano le había narrado al nieto como una confesión, rogándole guardar para siempre el secreto.

Se escuchó un ruido de vidrios rotos. Por un segundo la audiencia perdió la atención. Lo siguiente que supieron fue que Stevenson había ganado el escenario de un salto y degollaba a Kaster con la base rota de su botella de absenta.

El primero en abandonar la sala fue el mono, a los saltos y chillidos, realmente espantado. Los espectadores, que no se asustaban de nada, se retiraron en orden, dejando el cadáver de Kaster sobre el piso de madera, en su propio charco de sangre, sin averiguar ni comentar.

Villon salió de la mano de la Marquesa del Tul. Buscó a su amigo con un par de miradas. Ambos sabían que cuando Villon caía en los brazos de alguna desconocida, la cita entre ellos se interrumpía hasta una próxima ocasión. Pero no lo volvió a encontrar por el resto de su vida. Mr. Stevenson acababa de morir en Samoa, a los 44 años de edad.

POS