Bien conocido por el público argentino (y por el del Mozarteum Argentino), el pianista andaluz Javier Perianes regresó al Teatro Colón para ofrecer un recital inusual. La excusa: los 150 años del nacimiento de Manuel de Falla, uno de los compositores a los que ha dedicado gran parte de sus esfuerzos pianísticos. El resultado: un auténtico diálogo de músicas que puso de relieve algunas aristas a veces soslayadas de la creación del gran compositor gaditano.

Cabe decir que Javier Perianes es ante todo un pianista versátil que puede recorrer diferentes lenguajes con idéntica soltura. Su discografía se ha orientado -entre otros repertorios- a Schubert, a Chopin, al impresionismo francés y, por supuesto, la música española, de la que es hoy por hoy el mayor intérprete y difusor a nivel mundial.

La primera parte ofrecía una alternancia a simple vista curiosa: obras de Falla emparejadas con piezas de Chopin; sin embargo, el diálogo no podría haber sido mejor pensado ni más eficaz y sensiblemente ofrecido.

En la intersección de ambos repertorios hay un árbol genealógico pianístico, ya que -a nivel de escuelas- Chopin es una suerte de “bisabuelo” artístico de Falla: durante sus años en España, antes de emigrar a París, Manuel de Falla estudió con José Tragó, discípulo (al igual que nuestro Alberto Williams) de Georges Mathias, a su vez uno de los alumnos preferidos de Frédéric Chopin.

De ese período juvenil datan las obras de Falla (claramente herederas del espíritu del romanticismo temprano del compositor polaco) que Perianes decidió maridar con creaciones de Chopin. Así, el bloque inicial alternó nocturnos y mazurkas de ambos autores; tal vez para dar un mensaje claro a posibles espectadores desprevenidos, Perianes comenzó enlazando milagrosamente el final del Nocturno en fa menor de Falla al comienzo del Nocturno en re bemol mayor op. 27 nº 2 de Chopin.

Inspiración y exilios

Javier Perianes comenzó su concierto enlazando una composición de Falla con una de Chopin. Sublime. Foto: Liliana Morsia para Mozarteum Argentino

Fue el inicio de un viaje tan profundamente inspirado que, desde ese momento hasta el final de la primera parte, pocos aplausos se atrevieron a interrumpir el relato.

Dentro de esta sección fue tal vez la sucesión de tres mazurkas (la de Falla en do menor, de 1899, y dos de Chopin, de los opus 7 y 67) donde mejor se expresó una paradoja: Chopin, el polaco exiliado en París, reflejó en estas piezas la nostalgia por su patria; Falla, aún estando en su patria, era por entonces un exiliado del tiempo, y reflejaba en estas páginas la nostalgia por un pasado que no era suyo, pero que veneraba con ternura.

Tanto en estas obras como en el resto de la primera mitad del recital (que abarcó también la Serenata andaluza y la Canción de Falla en diálogo con el Vals en la menor op. 34 nº 2 y la Berceuse en re bemol mayor op. 57 de Chopin), Perianes puso en juego su extraordinaria capacidad de cantar, de destacar las líneas internas, de enfatizar sin vehemencia, de narrar con convicción y de dar vida a una música íntima y a la vez de una potencia arrolladora.

La segunda parte puso en valor otros aspectos de la obra de Falla, con sus Cuatro piezas españolas, comenzadas en España y terminadas en París, que muestran claramente la transición de este período. Aquí es Falla el nostálgico, como lo fuera antes Chopin: así como el polaco se nutrió en la capital francesa del arte del bel canto en las voces de Pasta, Malibran o Rubini, el español se impregnó en esa misma ciudad de los perfumes del impresionismo y sus innovaciones colorísticas, y ambos absorbieron estos elementos para enriquecer sus recuerdos.

En 1909, el año en el que Falla concluyó estas piezas, murió el gran Isaac Albéniz, también radicado en Francia, pero desde mucho antes. Su suite Iberia, obra maestra de su creación, fue el final del recorrido de Perianes en el programa, a través de cuatro piezas contrastantes: Evocación, El polo, Almería y Triana. Incluso en una escritura pianísticamente más expansiva y desafiante (el mismo Albéniz era un consumado virtuoso), el intérprete también se reveló como un colorista capaz de iluminar, esfumar y dar relieve a cada rincón de estos paisajes musicales.

La actuación de Javier Perianes fue despedida por una ovación sincera por los espectadores del Teatro Colón. Foto: Liliana Morsia para Mozarteum Argentino

Nada más que Falla podría haber llegado fuera de programa. Primero, la excepcional y potentísima Fantasía bética (1919), en la que el compositor sintetizó su amor por el arte de su tierra andaluza, el desarrollo de su lenguaje consumado y una exigencia técnica sin precedentes en su obra, y, finalmente, la Danza ritual del fuego de El amor brujo. Una ovación sincera despidió a Perianes en su homenaje a un músico inmenso que eligió terminar sus días entre nosotros, y cuyo romance con la Argentina se renueva en cada tributo.

Ficha

Homenaje a Manuel de Falla

Calificación: Excelente

Con: Javier Perianes, piano Programa: Obras de Chopin, Falla y Albéniz Ciclo: Mozarteum Argentino Teatro: Colón, lunes 29 de junio.