La curiosidad de Gustavo Garzón es insondable. A los 71, con más de 50 años de profesión, nunca dejó de explorar todos los personajes que habitan en él. Artista por definición, supo ser de esos súper galanes de la tele, pero detrás de las etiquetas brotó una ductilidad que nunca deja de sorprender. Actor, escritor, director y cantante en etapa de expansión, aprendió que siempre es el aquí y ahora.
Atrapado en el biodrama -género que aborda ficción y realidad- traspasa la cuarta pared en Un hombre solo es demasiado para un hombre solo, obra de su autoría -íntima, para un público de no más de 60 personas- que protagoniza junto a Victoria Baldomir y dirige Julia Morgado (Nün Teatro Bar, jueves y domingos). Y se arriesga y mucho, porque bajo el paraguas del teatro autorreferencial asoma su otro yo.
Entonces, resulta interesante seguir sus pasos. Esa especie de no desdoblamiento del hombre que actúa, escribe y dirige, se empezó a construir en la obra teatral Uno nunca sabe (1994), continúo en Señoras y señores (Canal 13, 1997) y se consolidó con su opera prima Por un tiempo (2013).
Un bagaje que le permitió meterse de lleno en el mundo de los documentales: Down para arriba, inspirado en el grupo de teatro “Sin Drama de Down”, del que participan sus hijos mayores, Juan y Mariano (38), junto a otros jóvenes con Síndrome de Down, con la colaboración de su hija Tamara (37) en el guion. Danielito- con música de Joaquín, (28) su hijo menor-, sobre la historia de Daniel López, el sanjuanino con Síndrome de Down que terminó la secundaria, estudia en la universidad, trabaja y creó una Fundación para ayudar a personas con discapacidad. Y Buscando a Shakespeare, el más reciente.
De todo esto y de su historia personal habla su casa de Núñez. En las fotos familiares y las artísticas, los premios, los instrumentos, el escritorio, la terraza con todo tipo de macetas y flores rojas de la Santa Rita en pleno invierno. Ya en el living, apoya sobre la mesa ratona el guion que traía al llegar, lo mira y cuenta:
"Esta es la obra que voy a hacer en septiembre: La profecía del albergue, de Nicolás Manasseri y Fernanda Provenzano. Para mí es un desafío, porque yo canto, pero nunca protagonicé un musical y acá tengo que cantar seis canciones solo con el coro. Leí el guion, me gustó, arreglamos lo contractual y dije que sí. Y al otro día pregunté: 'Pero, ¿quién les dijo que canto?'. 'Ahhhh'- me contestaron".
-Instrumentos tenés al menos, un piano y una guitarra.
-Toco la guitarra y canto. El piano lo compré porque mi padre tocaba bien, pero yo no lo logré. Mi hijo Joaquín sí, es músico y siempre que hay reuniones toca y todos cantamos.
Gustavo Garzón, con la claqueta de director. Fue el realizador de varios documentales, una película y escribe algunas de las historias que protagoniza. Foto: Fernando de la Orden
-¿Qué te gusta cantar?
-Todo. Me encanta cantar. Me encantan los musicales, El fantasma de la Ópera, Los miserables, siempre mi sueño fue cantar ahí en ese registro. No me llega para la ópera, pero en el baño “oooo” (vocaliza).
Cincuenta y tres años no es nada
-Debutaste en teatro, ¿qué fue lo primero que hiciste?
-Los de la mesa 10 de Dragún a los 18, hacía teatro amateur, digamos, ocasional. Después, hice mucha televisión, mucho teatro, y cuando podía cine, pero me destaqué más en la televisión, digamos, me hice popular. En esa época me tenían como galán y no tenía acceso a las cosas importantes del teatro ni del cine, me costaba mucho. Logré revertir esta imagen cuando hice Uno nunca sabe en teatro (se estrenó en 1994), que fue lo primero que escribí, adapté dos cuentos de Fontanarrosa.
Ahí me vieron Maestro y Vainman que estaban por hacer Los machos para Canal 13 y me dijeron: “Pero vos sos un comediante”. Me ofrecieron estar en ese programa y así pude entrar en otro público, porque hasta ahí yo era un actor de telenovela.
-¿No te llamaban porque eras un galán de la tele?
-Por prejuicio o porque estaba muy encasillado. Hice muchas novelas en Canal 9 con Migré. Pero siempre busqué la manera de hacer a pesar de... Cuando no me convocan del teatro comercial o de las series, me invento mis cosas y a veces lo agradezco porque creo que, por ejemplo, si ahora no hubiera estado tanto tiempo desocupado no hubiera podido escribir Un hombre solo es demasiado para un hombre solo.
En su universo. El próximo paso para Gustavo Garzón es una obra a estrenar en septiembre, "La profecía del albergue", en la que cantará. Foto: Fernando de la Orden
-¿Estudiaste escritura?
-Sí, y dramaturgia. Me gusta aprender de aquellas cosas que me interesan, leo mucho y leer es estudiar y siempre estoy como queriendo aprender algo. Voy al coro de la Cultural Inglesa, porque el director, que es el marido de Andrea Garrote que me dirigía en La madre, me animó a ir, aunque no sé inglés ni leer música. Fui aprendiendo y ahora soy parte del coro. Antes era un aprendiz y aprendí.
Historias del corazón (y de la lengua)
-Parecés reservado, pero en “Un hombre solo...” escribís sobre episodios de tu vida que, sin ser literales, son autorreferenciales.
-Porque me gusta el biodrama. Yo escribí ficciones también, lo primero para televisión fue Señoras y señores. Estuvimos un año para hacer el piloto, el capítulo 1. Lo grabamos en esta casa, pusimos mil pesos cada uno de los socios y lo compró Canal 13 rápidamente, porque estaban Mercedes Morán, el Puma Goity, había un elenco increíble y le fue muy bien. Ahí con Mario Schajris, mi socio en la escritura, nos pusimos a escribir 36 capítulos sin saber cómo seguía el siguiente.
Cuando terminé esa locura me puse a estudiar para no sufrir, para saber lo que viene después. Y antes de escribir Por un tiempo, mi primera película, estudié dramaturgia, porque era mi sueño escribir cine. Pero en el medio me enfermé…
-¿Fue en 2008, cuando te diagnosticaron cáncer de lengua?
-Sí, me acuerdo que el oncólogo me dijo: “Te vamos a hacer quimioterapia y rayos. Si no funciona, quiero que sepas que podés perder la voz, porque la traqueotomía...”. Le dije: “No me preocupa en lo más mínimo eso, porque yo quiero escribir. Es una buena excusa para dedicarme solamente a escribir”. Y se lo dije de verdad porque en ese momento, cuando tuve el cáncer, la actuación no me preocupaba tanto.
Gustavo Garzón, de vacaciones en Brasil con sus hijos Juan, Mariano, Tamara y Joaquín, y su nieta Miranda, hija de Tamara. Foto: Fernando de la Orden
-Mientras hacíamos las fotos contaste que la silla de director que tenés en el estudio era de Alicia Zanca, la mamá de los gemelos Juan y Mariano y de Tamara. ¿La usaste para esa película?
-No, porque me daba vergüenza ir con una silla que decía director. Me la regaló Alicia, cuando ya estaba enferma, yo estaba dirigiendo y los chicos vivían conmigo, porque ella ya no podía hacerse cargo. Esa película, Por un tiempo, con Esteban Lamothe y Ana Katz, estuvo atravesada para mí, por eso la filmé acá enfrente, porque no podía irme mucho, porque yo estaba con mis hijos, Alicia agonizante (murió en 2012) y yo filmando, tuvimos unos gestos bastante amorosos al final, uno con el otro, ella conmigo y yo con ella.
-¿El escritor superó al actor?
-Conozco mis limitaciones. Me gustaría ser un actor extraordinario de la ficción que se transforma, como Pompeyo Audivert, pero yo no puedo hacer eso, no me sale. Entonces, me adapto a mis posibilidades, a lo que puedo, lo que no puedo no puedo. Yo soy más de la verdad, del naturalismo, detesto el costumbrismo y encontré en Un hombre solo... una manera de lograr una verdad, pero que no esté pegada al costumbrismo, porque la directora Julia Morgado no es costumbrista y mi compañera Victoria Baldomir tampoco.
-¿Hacés terapia?
-Dejé ya. Hice mucha y fui muy inconstante con la terapia, pero me quedé con muchos conceptos de mis grandes psicólogos y esos conceptos me marcaron.
Gustavo Garzón, con la silla de director que le regaló su exmujer, la actriz Alicia Zanca. Foto: Fernando de la Orden
-De hecho, estuviste en pareja con una psicóloga, Ruth Alfie, la mamá de Joaquín.
-Sí, claro, Ruth estudiaba en esa época, se recibió después, es una gran psicóloga.
-¿Cuál es tu estado sentimental hoy?
-Ahora estoy solo.
-¿Fuiste siempre de tener relaciones fuertes?
-Sí, fuertes y largas. Pero desde que me separé de mi última pareja que fue Romina, tuve tres relaciones -Fernanda, Jimena y Gabriela- y las tres, a pesar mío, bastante inestables y terminaron siendo de un año o un año y medio, no llegaron a consolidarse como pareja. Producto de estar tantos años sin pareja, once ya, aprendí cosas del amor a fuerza de golpes y dificultades, de grandes disfrutes y grandes sufrimientos también.
-¿Pensás que uno se puede enamorar muchas veces?
-Yo he tenido en mi vida seis mujeres importantes. No me enamoré de todas ellas y no viene al caso decir de quién sí y de quién no. Hay que aceptar cuando las cosas cambian y cuando el corazón me dice ya está no puedo seguir. Tengo una frase un poco de cabecera: que el amor es la magia de la vida. Uno puede vivir sin esa magia, por supuesto que se puede vivir y se puede vivir bien, yo aprendí a vivir sin amor, pero por supuesto no es lo mismo.
Gustavo Garzón, en "Un hombre solo es demasiado para un hombre solo", la obra que escribió y que reúne experiencias biográficas.
-El rayo que te parte los huesos del que habla Cortázar.
-El rayo que te parte los huesos y los huesos partidos. Hay que aprender a vivir bien sin amor también, porque el amor es azaroso. Yo vivo mi vida y me ocupo de lo que me tengo que ocupar y si el amor llega, llegará. De todas formas, tengo una buena vida, tengo mis cuatro hijos, vivo con dos de ellos, tengo mi nieta, tengo muchos amigos, vida social, me gusta mucho el teatro, tengo mi pasión, la escritura, el cine.
-En “Un hombre solo...” contás que no te acordás nada de tu infancia, ¿creés que es porque no fue feliz?
-Qué sé yo... Creo que en un momento se me despegaron unos cables del cerebro. A mí a los 31, 32 años, me pasaron cosas muy fuertes, una atrás de otra, eso me cambió y en ese cambio también hubo alguna especie de vaciamiento de la memoria. Igual tampoco mis hermanos se acuerdan mucho. Mi papá (Jack) era un gran pediatra, una eminencia, y mi mamá (Edith), ama de casa, y yo me acuerdo del desamor entre mis padres y sé que me marcó. Obviamente que ellos a mí me amaron y yo sé de ese amor, pero había mucha tensión en mi casa, mucha hostilidad, y en la infancia lo padecí. Ellos se separaron cuando yo tenía 17 años.
-¿Qué provocó esa crisis de los 31, 32 años?
-Y... me pasó todo junto. A los 31 nacieron mis hijos con síndrome de Down y a los cinco meses murió mi papá, un poco producto de eso, porque fue un golpe para él que ya estaba enfermo. Al año nació Tamara, poco después me separo de Alicia, inmediatamente muere mi madre. Me quedé solo, separado, con tres chicos que no controlaban esfínter y que no caminaban, sin mis padres y trabajando como un animal.
No pude procesar todo eso, porque yo estaba en mi mejor momento como actor y trabajaba catorce horas por día. Me separé, pero siempre estuve con mis hijos, cosa que es bueno aclarar porque lamentablemente a veces en las redes ponen que yo los abandoné, jamás los abandoné.
Paralelamente, noté una cosa rara: hasta los treinta me llamaban para hacer siempre de bueno y después me empezaron a llamar para hacer de malo. ¿Qué pasó? Que hasta la cara me cambió, me endurecí, tenía una gran responsabilidad y no tenía quién me ayude, porque la verdad es que si no están tus padres y no está tu pareja todo lo demás es circunstancial.
Gustavo Garzón y Victoria Baldomir, en una escena del biodrama "Un hombre solo es demasiado para un hombre solo".
-¿Cuándo hiciste el clic?
-Me llevó años entender lo que me había pasado. Igual siempre estuve, acompañé, hasta que en un momento dije: “Los Melli tienen esta condición y tengo que aceptarla. Ellos no pueden eso, ellos pueden esto”. Y cuando lo acepté, no resigné, acepté, empecé a ser feliz con ellos.
Aprendí que la vida es algo más que lo que nos enseñaron, que hay un lenguaje más allá de las palabras. Es el lenguaje del amor. Aprendí el lenguaje del amor con ellos, por supuesto también con mis otros dos hijos y ahora con mi nieta, Miranda, la hija de Tami, que ya tiene 2 años y cuatro meses.
Una familia de artistas
-Tus cuatro hijos se dedican al arte.
-Tami empezó como actriz, pero encontró su vocación en la docencia del teatro musical para discapacitados. Ella es una gran profeta con la discapacidad, tiene una escuela de cien alumnos, organiza fiestas, shows de fin de año en el Astros...
Gustavo Garzón al lado de su hija Tamara, directora de la escuela artes escénicas para personas con discapacidad intelectual, que él fundó, en la presentación de los alumnos de teatro musical, entre ellos Juan y Mariano. Foto: Fernando de la Orden
-¿La escuela que abriste vos?
-Y que luego se la cedí, porque ella la hizo crecer de una manera impresionante. Ahora soy un padre más, Juan y Mariano están en la escuela, voy y disfruto de lo que hacen. Estoy tan orgulloso que se me cae la baba, pensar que un día yo fundé eso y hoy tomó el vuelo que tomó por Tami. Logró lo que yo siempre quise hacer, que es demostrar que ellos pueden hacer coreografías, que pueden bailar al unísono, que pueden organizarse en escena sin que haya una persona convencional ayudándolos.
-¿Juan y Mariano también actúan?
-Más que nada bailan y cantan, ellos quisieran ser actores, pero les cuesta mucho, no pueden estudiar un texto y es muy limitado lo que pueden hacer. Pero hacen mil cosas. Ahora están en el Centro de Día, en la Fundación Río Pinturas, los lunes van a la escuela de Tami, y dos veces por semana trabajan en la fábrica de pizzas que creamos los padres de APEVIDI (Asociación para la Vida Independiente de Personas con Discapacidad Intelectual).
“Estamos al horno”, está en el club Loma de Saavedra, trabajan diez personas con discapacidad intelectual que hacen pizzas y las venden, es un gran logro. Las pizzas son riquísimas, pueden pedirlas a @somosapedivi o me escriben a mí @gustigarzon.
Y después tienen mucha actividad, van a la psicóloga, la fonoaudióloga, Mariano es deportista, hace tenis, los dos van a natación. A sus 38 años tienen mucha vida social, amigos, cumpleaños, uno atrás del otro, viven de juerga, más que yo.
Gustavo Garzón, a los 71 años, con una trayectoria que abarca cine, teatro y TV, de ambos lados de la cámara y del escenario. Foto: Fernando de la Orden
-Joaquín, tu hijo menor, entre otras cosas hizo la música de Danielito.
-Joaquín es un gran músico y, además, emprendedor. Vende podcast y tiene una banda hermosa, que suena hermoso y que se llama Garzón, que me llena de orgullo también que lleve mi apellido, pero es su apellido, yo siento que es mío, pero es suyo.
-¿“La vida es triste si no la vivimos con una ilusión", como dice Sapo Cancionero, el tema que cantás en “Un hombre solo…”?
-Siempre creí eso, que la ilusión es la que te sostiene el deseo de vivir. Pero me cambió un poco el chip. Ahora creo que es la curiosidad lo que te mantiene vivo, uno pierde la curiosidad y envejece. Yo soy bastante curioso, por suerte, entonces, me siento joven.
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