La tristeza que embargaba a Ragú Taburete por tener que confrontar a la niña desconocida se debía a que ella no le había hecho ningún daño.

-Sólo aparece y desaparece del aula. No da el presente. Pero eso no es portarse mal -explicó Ragú Taburete-. Tampoco molesta a sus compañeros, si es que se los puede llamar así.

-No estoy segura -comentó Lin Pía-. Habría que buscar un nombre para la relación entre los alumnos que comparten el aula y la niña que sólo aparece un día. Y se va.

-¿Dura doble turno la asistencia? -consultó Tomás-. ¿O son apenas unos momentos, o unas horas?

-No lo sabemos -replicó Ragú Taburete-.

-En cualquier caso debemos confrontarla, porque el miedo se expande por los colegios -siguió el célebre y a la vez secreto detective primario-. No es su culpa. Pero de ella depende que termine esta inquietud. Los alumnos están más atentos a la aparición de la niña desconocida que a sus tareas o juegos.

-No es la causante del Mal -fraseó Lin Pía- Pero puede serlo del Bien.

-Excelente -elogió Tomás a su socia-. Ahora, aún sin derecho a cruzarnos en su vida, tenemos que pensar cómo la encontramos. ¿Cómo se le tiende una celada a la niña desconocida? ¿Cómo logramos que aparezca sin que sepa que la aguardamos?

Los tres asociados de lo que podríamos llamar El Estudio de Ragú Taburete, aunque a Ragú Taburete le iba bastante mal en varias materias distintas, comenzando por su total fracaso en Trabajos Plásticos, permanecieron con la vista perdida y la atención concentrada, en un silencio esforzado pero sin respuesta.

-Por empezar -irrumpió la voz de Lin Pía, la niña china, ella sí experta en cálculo, organización y eximia alumna-, debemos identificar a la niña desconocida en caso de que aparezca. ¿Cómo distinguirla?

“Acaba de aparecer una nueva tecnología de la fotografía -siguió Lin Pía-. Se llama Polaroid. Debemos conseguirle al mono Garronero una cámara de esas y que fotografíe el plantel completo de cada aula de cada colegio porteño. Luego, al menos podremos cotejar futuras fotos, entre el plantel estable y la aparición de la niña desconocida”.

-Puede ser... -dudó Ragú Taburete-. Habría que conseguirle toneladas de maní con chocolate a ese mono perezoso para que lleve a cabo una tarea de esa magnitud. Pero nos demandaría una cantidad de trabajo monumental, y necesitamos resolver la crisis cuanto antes. No lo descarto. Pero se me ocurre otra estrategia complementaria.

La mención a la pereza del mono Garronero por parte de Ragú era apenas una broma cariñosa. Pero la duda sobre la metodología propuesta por Lin Pía era auténtica: la niña china tenía una capacidad de cálculo y selección que superaba largamente la de Ragú y Tomás, pero que no podía llevar a cabo sola, ni ellos podían acompañarla.

“¿Qué tal -agregó Ragú Taburete- si nos buscamos un socio en cada aula, que pueda comunicarse telepáticamente con Tomás, y advertirle apenas vea una niña que no forma parte del plantel?”.

-Pero quedaría demasiado expuesto el secreto de que soy telépata -expresó Tomás-.

-Pudiera ser -aceptó Ragú Taburete-. Pero si luego de descubrir a la niña desconocida, negamos por completo que alguna vez haya existido algún tipo de lenguaje telepático, y no volvemos a comentárselo a nadie, y mucho menos a repetir el método, probablemente la mera idea de la telepatía quede como un mito, tanto como quedará la niña desconocida cuando hayamos logrado explicarle la necesidad de que interrumpa sus idas y venidas. Nuestros asociados temporales ni siquiera estarán seguros de que alguna vez se comunicaron telepáticamente contigo, Tomás. La telepatía, a diferencia de la escritura, no deja huellas.

-Es cierto -reconoció Tomás-. Y también que estamos urgidos por el tiempo. Pero aún así, dudo.

-La duda acompaña a la especie humana desde su primera pareja -zanjó la niña Lin Pía, descendiente de una civilización más de tres veces milenaria-. Pero el mundo es de los que arriesgan.

Antes de que Tomás y Ragú Taburete pudieran asentir, no demasiado convencidos, la propia Lin Pía adosó un “pero” a su reflexión:

-Claro que al decir esta frase no se suele contar a los que arriesgaron y perdieron.

Conscientes de que arriesgar podía significar tanto ganar mucho de golpe como perderlo todo -nunca ganarlo todo-, se pusieron manos a la obra. Aplicarían ambas tácticas combinadas: el mono Garronero retrataría con la Polaroid al grado de cada aula de cada colegio porteño y a la vez reportaría sobre las personalidades de una cantidad suficiente de alumnos. Luego, entre la niña china Lin Pía, Tomás y Ragú Taburete, en base a las fotos y los reportes del mono Garronero, seleccionarían a los más confiables para que se comunicaran telepáticamente con Tomás, ipso facto, en caso de que apareciera la niña desconocida.

Llegaba el fin de semana y Ragú Taburete había programado pasarlo con su familia, en la retirada comarca de la zona árida de la Pampa bonaerense de la que era nativo. Llamó con su chiflido supersónico a su fiel caballo Corcován para emprender el viaje.

Camino al alejado pueblito de su procedencia, Ragú Taburete recogió el diario, en el kiosko del diariero Tucho, para leer en el camino. Una noticia de tapa, en el cuarto inferior izquierdo, lo sobresaltó: una niña de cuarto grado, Anita Kovadonga, se ausentaba de clase y de su casa desde el jueves. Nadie sabía nada de ella. Los padres estaban desesperados. Los llamaba por teléfono para decirles que estaba bien. Pero no la veían desde hacía casi 48 horas.

Ragú Taburete dobló el diario pensativo, apoyado en las crines de su fiel caballo Corcován y, dejándose llevar a trote parejo y continuo, meditó acerca de que la desaparición de una niña con nombre y apellido, por algún motivo se le antojaba tenía directamente que ver con las apariciones y desapariciones imprevisibles de la niña desconocida. Repentinamente lo asaltó una preocupante pregunta: ¿y si la niña desconocida sí sabía que sus apariciones y desapariciones estaban generando una ola de miedo en el alumnado, y no le importaba? O aún peor: ¿y si lo hacía adrede?

Continuará