“Regresaré” (“I’ll be back”), dijo el actor Arnold Schwarzenegger en Terminator (1984). La línea profética se cumplió siete años después, cuando se estrenó la esperada secuela en 1991, y se cumplió ahora, tras 35 años, con el reestreno de la película en cines argentinos. Un clásico instantáneo hecho en tiempo récord, bajo una presión extrema, que incluyó efectos digitales revolucionarios para la época y el presupuesto más caro de la historia hasta aquel momento.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que “clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Y los espectadores que llenaron las salas en estas semanas compartían ese fervor desmedido. En una de las funciones, apenas apareció en pantalla el logo de la desaparecida productora Carolco y comenzaba la impactante banda sonora de Brad Fiedel, los aplausos resonaron a través de las butacas.

Podría dar la impresión que James Cameron surgió de la nada cuando se estrenó la exitosa Terminator en 1984. Pero en verdad fue camionero en sus comienzos, mientras aprendía de manera autodidacta sobre efectos especiales. Su corto Xenogenesis (1978) llamó la atención del rey del cine de clase B estadounidense, Roger Corman, que lo convocó para Battle Beyond the Stars (1980), escalando en el desarrollo de efectos especiales hasta dirigir Piranha II: The Spawning (1982). Ese ADN de un cine de gran escala empapado de la osadía de la Clase B se trasluce en su no tan cuantiosa, pero sí cualitativa filmografía.

Luego de la explosión de Terminator, equivalente en cierta medida al éxito reciente de Obsession de Curry Barker (una película independiente que genera un superávit millonario), James Cameron se internó primero en el espacio con Aliens: el regreso (1986) y luego en las aguas, otra de sus obsesiones, para hacer The Abbys (1989). En esta película, sobre el descubrimiento de una entidad extraterrestre en el fondo submarino, experimentó con efectos especiales digitales pioneros, junto a ILM, la compañía de efectos especiales de George Lucas, algo que sería de fundamental importancia para el desarrollo de la secuela de Terminator.

The Abbys fue un fracaso en taquilla, aunque fue cosechando con el tiempo una categoría de culto. Mientras, el empresario Mario Kassar buscaba financiar su próximo tanque. Junto a Andrew Vajna, había fundado Carolco en 1976 como una distribuidora de películas estadounidenses en el extranjero, pero con el tiempo se transformó en una de las productoras independientes más inventivas y riesgosas de la historia del cine, equilibrando la mirada de autor con la acción desenfrenada y los presupuestos millonarios de sus blockbusters, entre los cuales se contaron las Rambo, Angel Heart (1987) o Total Recall (1990)

Luego de una activa campaña por parte de Schwarzenegger, Carolco compró los derechos de Terminator a Hemdale Film Corporation y a Gale Anne Hurd (a quien Cameron había vendido en su momento por 1 dólar como condición para poder realizar la película con control creativo total) y contactó al mismo director para que hiciera la secuela. El presupuesto destinado fue de 102 millones (en contraste con los 6,4 de la entrega original) convirtiéndose en la película más cara de la historia del cine hasta ese momento.

El T.1000, el temible robot de "Terminator 2: El juicio final".

Un modelo más sofisticado

“Nos tomó a todos un tiempo darnos cuenta de que Terminator se había incrustado en la cultura, y simplemente seguía reflejándose en mí de muchas maneras”, decía James Cameron el detrás de escena de la secuela.

La segunda película iba a tomar la base narrativa de la primera pero a una escala superior. Si en Terminator un androide era enviado por la inteligencia artificial Skynet al pasado para asesinar a la madre del futuro líder de la resistencia John Connor e impedir así su nacimiento, en su secuela (que aquí se conoció como Terminator 2: El juicio final) iban a ser enviados dos, uno para asesinar al propio Connor de niño, y otro para defenderlo del atacante. La trama permitía jugar con la expectativa: hasta cierto punto de la trama, se da por sentado que Schwarzenegger vuelve como villano y el desconocido T-1000 es el aliado, cuando en realidad ocurre lo opuesto.

Terminator 2: El juicio final se desarrolló bajo una presión extrema: Carolco adquirió los derechos a principios de 1990 y fijó la fecha de estreno para julio de 1991, por lo que se tuvo que comenzar la preproducción sin aún haber concluido el guion. El rodaje se extendió por seis meses en diferentes locaciones de California durante 1990, con un equipo de más de 500 personas.

La síntesis de la mayor escala de la secuela se concentra en el T-1000, interpretado por Robert Patrick. “Si la serie 800 es una especie de tanque humano, entonces la serie 1000 tenía que ser un Porsche”, aclaraba Cameron. El director recicló el concepto que quedó descartado del guion de la primera entrega por falta de presupuesto, la de un androide hecho de metal líquido y que puede adaptar casi cualquier forma.

Junto a los supervisores de efectos digitales (Dennis Muren) y prácticos (Stan Winston), Cameron fue moldeando la visión que encarnó Patrick. Se lo escaneó y generó por computadora, de manera totalmente innovadora para la época. Mientras, Schwarzenegger era sujeto a capas y capas de maquillaje, para darle la apariencia desecha del final.

Linda Hamilton, como se la vio en "Terminator 2". La entrenó el ejército israelí.

La acción atraviesa toda la obra: persecuciones de autos, motos y camiones, tiroteos descarnados, explosiones de vehículos y de edificios. Para ello, el efecto práctico fue constante: se cambió el curso de un río para filmar las persecuciones en los canales de drenaje de Los Ángeles; se filmó en una fundición abandonada, en donde se simuló metal fundido con una mezcla de efectos prácticos y lumínicos; se diseñó un modelo en miniatura de la ciudad y un duplicado de Linda Hamilton para la secuencia nuclear; y se grabó toda la secuencia del futuro de lucha entre la humanidad y las máquinas con un presupuesto equivalente al de la primera película entera. Todo aquel esfuerzo se refleja en una película que aún pasados 35 años no envejeció nada.

El corazón del Hombre de Hojalata

Pero más allá de cualquier innovación técnica, Terminator 2: El juicio final no se hubiera erguido como un clásico de no ser por su corazón. “La película trata sobre el valor de la vida humana. Sin importar cuán intrascendente puedas parecer para los demás, o incluso para vos mismo, tu existencia individual puede tener un gran valor en el futuro”, afirmó Cameron.

A diferencia del tono más crudo y frío de la primera, en la segunda se desarrolla un guion más emotivo y con retazos más cómicos, atravesado por el vínculo padre-hijo del T-800 y John Connor. En ese sentido, el referente era El mago de Oz (1939). “Esta película trata sobre el Hombre de Hojalata obteniendo su corazón”, declaró Cameron al medio The Ring. Schwarzenegger no se mostraba convencido al principio, lejos de su faceta más sanguinaria y fría de la primera entrega, pero Cameron lo terminó persuadiendo.

Edward Furlong (como John Connor) y Arnold Schwarzenegger en "Terminator 2".

Se priorizó la naturalidad del actor que iba a interpretar al joven John Connor: Edward Furlong no era actor profesional, fue encontrado en un club. “Fue literalmente sacado de las calles de Pasadena y arrojado al vórtice de hacer una película”, contó Cameron. Tras ser contratado recibió una preparación intensiva que incluyó entrenamiento físico, lecciones de actuación y clases de motocicleta.

Como condición para volver a la franquicia, Linda Hamilton dispuso que su personaje fuera uno fuerte y endurecido, traumado por los acontecimientos de la primera entrega. Así, recibió un entrenamiento militar dictado por un comando israelí. “Se ha puesto en un camino concentrado de deber que ha perdido todo contacto con su hijo”, dijo al respecto Cameron. Y añadió: “En un sentido muy real, ella se convierte en el Terminator de la segunda película, al menos a un nivel psicológico”.

En cuanto al T-1000, se buscó a alguien totalmente opuesto a Schwarzenegger: ágil y más menudo. La primera opción fue el artista pop Billy Idol, pero se lo descartó de inmediato debido a un accidente de moto que sufrió. Robert Patrick fue uno de los tantos entrevistados en el casting y Cameron vio en él a alguien ideal: “Quería crear un contraste. Lo pensé como una especie de energía de Oriente conoce a Occidente, fuerza bruta contra lo fluido”, declaró James Cameron a The Ring.

El juicio final

"Terminator 2: El juicio final" cambió la manera de hacer los efectos especiales.

Terminator 2: El juicio final fue un éxito contundente, recaudando cerca de 520 millones de dólares a nivel mundial. Y su impacto fue inconmensurable: la forma en la que trabajó los efectos especiales digitales fue determinante en la producción posterior de blockbusters. Jurassic Park (1993) o The Matrix (1999) no hubieran sido posibles sin el límite que empujó la producción de Cameron.

El realizador viró hacia el tono histórico Titanic (1997), y volvió más tarde a la ciencia ficción con Avatar (2009) y sus posteriores y aún constantes secuelas, que continúan revolucionando la industria. De manera paradójica, se siguió expandiendo la franquicia de Terminator, sin la dirección de Cameron, como si fueran réplicas de una de las fábricas de Skynet. Pero ninguna llegó a igualar el éxito y la inventiva de sus dos primeras entregas.

La productora Carolco fue víctima de su propio riesgo y excentricidad. La combinación de los altísimos sueldos pagados (Schwarzenegger había recibido 15 millones), malas decisiones empresariales (fusiones fallidas en intentos de ser un gran conglomerado) y dinámicas extravagantes (como el pago a Schwarzenegger en forma de un jet privado), produjo un combo inestable que estalló con la producción de Cutthroat Island (1995), de un presupuesto altísimo y una taquilla desastrosa. Carolco se declaró en quiebra en 1995.

“Hasta la vista, baby”, sigue resonando en boca de Schwarzenegger en las salas de cine. Un clásico se compone de técnica y de corazón, de un guion cerrado y de una historia atemporal, de una acción desenfrenada y de interpretaciones memorables. 35 años después, un clásico es el que se sigue viendo, analizando y celebrando.