Los Galgos es uno de los bares notables de Buenos Aires de estilo tradicional porteño, típico de principios del siglo XX, que abrió sus puertas en 1930. Sin embargo, el edificio se construyó mucho antes, en 1879, y durante más de treinta años fue la residencia de la familia Lezama. Luego, allí funcionó la sede comercial de máquinas de coser Singer, cuya casa central en Buenos Aires estaba en Avenida de Mayo 1396. Más adelante, y por unos años, el lugar se transformó en una farmacia que se cerró a finales de los años ’20.
Pero pronto lo compró un inmigrante asturiano que fundó el Bar Los Galgos, originalmente como almacén y punto de venta de bebidas. El nombre que eligió le recordaba a su tierra y a su pasión, las carreras de perros galgos (prohibida hace muchos años en nuestro país). En 1948 lo adquirió la familia Ramos y desde entonces funciona como bar.


El edificio, de marcado estilo italiano característico de la arquitectura residencial del Buenos Aires de la época, adquirió entonces un aire español, pues su dueño buscó imitar los bares madrileños, e incluso trajo mobiliario de su tierra natal, España. Todavía hoy se conserva el piso con mosaicos originales de piedra caliza, típicos de los antiguos almacenes de Buenos Aires. También está la larga barra de madera que es un ícono del lugar y los espejos que amplían el especio y multiplican el salón. Además, se conserva la carpintería original en puertas, ventanas y detalles de madera. A la planta alta se accede por una escalera de madera también original, que mantiene la distribución de la casa de los Lezama. En el primer piso se destacan grandes ventanales con la estética y la ambientación de un clásico bar porteño.
Fue inspiración de un tango
El lugar fue refugio de tangueros, y se dice que en una de esas mesas, Enrique Santos Discépolo se inspiró para escribir Cafetín de Buenos Aires. También lo frecuentaban Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Julio De Caro. Más acá en el tiempo, Luca Prodan y muchos otros músicos hacían la parada de rigor en este bar porque a unos metros está SADAIC. También solía ir Martín Karadagian con algunos de sus “titanes”. O el filósofo Juan José Sebrelli, el director de teatro Gonzalo Di María, y varios políticos del partido radical, pues a la vuelta está la sede de la UCR.
Declarado Sitio de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, también ostenta una distinción oficial otorgada por el Ministerio de Producción de la Nación: la de Sello de Buen Diseño Argentino. Por eso, cuando Julián Díaz y Florencia Capello le compraron la propiedad a los herederos de los hermanos Ramos, en 2015, lo restauraron y recuperaron materiales originales, aunque conservaron su atmósfera y tradición desde que actualizaron el menú, con una carta completamente aggiornada y platos exquisitos de buena confección.

La puesta en valor y la nueva gastronomía
El bar estuvo cerrado apenas seis meses, tiempo que llevó el proceso de remodelación realizado por el estudio CHD Arquitectos, de los arquitectos Teresa Chiurazzi y Luis Diaz. Para la puesta en valor se hicieron todas las instalaciones nuevas, y recuperaron gran parte del mobiliario original que se había vendido tras el cierre del local, cuando murió el último de los hermanos Ramos, a mediados del 2000. Así, rescataron piezas que se habían rematado, como por ejemplo uno de los galgos de cerámica, el blanco, característico del lugar. El de color negro, sin embargo, quedó en manos del encargado de un edificio vecino, que lo compró en su momento. Y también se recuperaron cuadros que hay a lo largo de los dos pisos del bar, que hacen alusión a esa raza canina.

La remodelación también incluyó la ampliación del sótano que antes se usaba como depósito, y actualmente funcionan los hornos, las cocinas, la cámara frigorífica y el sector de almacenamiento, lo cual permitió ampliar la capacidad de producción sin cambiar su identidad. Se instalaron aires acondicionados, una parilla a la vista y los baños se hicieron a nuevo, integrando en puertas y espejos carpinterías originales y desechando las antiguas letrinas, aunque una de ellas cuelga entre las puertas de los baños. Además, reinstalaron la boiserie y la alzada (fondo de barra) originales. Y se conserva la misma construcción: un edificio compuesto por 4 locales y 1 unidad de vivienda localizada en el 2° piso, con terraza de uso exclusivo. Lo que se buscó, según la arquitecta, fue “realzar este patrimonio, integrando elementos contemporáneos sin perder la esencia histórica del edificio”.
En cuanto a la gastronomía, Los Galgos fue fundamentalmente un café muy tradicional con sándwiches y minutas. En cambio, hoy la carta es más amplia: sus platos estrella son los buñuelos de acelga con alioli, el exquisito revuelto gramajo y la milanesa a caballo con papas triple cocción, además de una sección de tapas muy tentadoras.
Tiene una variada carta de tragos, y el vermú se sirve con ingredientes. La pastelería es de elaboración propia, destacándose las medialunas de manteca y los alfajores de maicena. Da placer tomarse un cafecito estilo italiano en un bar típicamente porteño, donde se respira historia.
El edificio, en la esquina de Callao y Lavalle, data de 1879, y el famoso bar abrió sus puertas recién en 1930 Revista Lugares

