¿Cuál es la mayor virtud de Lionel Scaloni? ¿Haber sido el cerebro del mejor seleccionado de la historia del deporte argentino? ¿Haber sido el entrenador que encontró la manera de rodear a Lionel Messi para que por fin pudiera sonreír sin parar con la camiseta celeste y blanca en el tramo final de su majestuosa carrera? ¿No haber bajado nunca del tercer puesto en todos los torneos que dirigió? ¿Haber conducido un ciclo virtuoso de 104 partidos y haber perdido apenas diez? ¿Ser un director técnico pragmático, al que nunca le tiembla el pulso para cambiar un esquema o tomar una decisión fuerte?
Todas las respuestas pueden ser correctas. Pero ninguna es la más precisa. Es que la principal virtud del padre de la fabulosa Scaloneta es otra: ser un tipo común.
Foto: REUTERS/Agustin Marcarian
El entrenador que bordó la tercera estrella en el escudo de la AFA y que estuvo muy cerca de conseguir la cuarta en un inolvidable Mundial es un bicho raro dentro del fútbol argentino. Porque es extraño que en un lugar de tanta exposición no haya perdido nunca la sensatez. Vale aclarar: la derrota ante España no cambia en nada la dimensión de su obra. Habrá tiempo para revisar el partido y discutir por qué la final se le escapó. Pero éste no es el lugar para hacer un análisis futbolero. Hay que volver a Scaloni.
Es un ejemplar único porque anda por el mundo sin caretas. Porque entiende que, más allá de los millones que mueve la industria, el fútbol es un juego. Por eso en pleno luto por una derrota impropia para un ciclo extraordinario fue el primero en salir disparado desde el banco para separar a sus jugadores y evitar un escándalo. “Andá a festejar”, le susurró a Borja Iglesias cuando el delantero español parecía más interesado en pelear que en disfrutar el título.
Por eso también pudo emocionarse en la conferencia de prensa después de admitir que había llorado todo lo que tenía para llorar en el vestuario. Esa imagen volverá a recorrer las redes y los grupos de WhatsApp en forma de sticker, igual que aquel gesto espontáneo de Qatar, cuando recién caía en la cuenta de que era el entrenador campeón del mundo.
No hubo personaje. Sólo apareció la persona. Un hombre atravesado por la emoción.
Foto Juano Tesone / Enviado especial
Esta vez el final no fue el deseado. Y, lejos de aferrarse al cargo, dio la sensación de entender que su obra está completa. Su contrato vence el 31 de diciembre y Claudio Tapia hará todo lo posible para convencerlo de seguir. Sobre todo porque resultará muy complejo reemplazarlo. Pero Scaloni parece saber que los ciclos también deben terminar. Y que, a veces, irse a tiempo también es una forma de ganar.
Que no suene irrespetuoso. Nadie imaginó que aquel ex lateral derecho, elegido casi de emergencia para hacerse cargo de una Selección devastada después de Rusia 2018 y del paso de Jorge Sampaoli, terminaría convirtiéndose en uno de los personajes más importantes de la historia del fútbol argentino, capaz de romper con todos los paradigmas y hasta las viejas e insoportables antinomias. Sin estridencias, sin discursos grandilocuentes y sin vender humo, construyó un equipo inolvidable y ahora llegó el momento del final.
Nada es para siempre. Y él lo sabe muy bien.
Foto: REUTERS/Dylan Martinez
Los títulos que supo conseguir ocuparán un lugar privilegiado en las estadísticas. La Copa América por duplicado, la Finalissima, el Mundial de Qatar y una final del mundo más quedarán para siempre en los libros de historia. Nada borrará esas alegrías.
El verdadero legado de Scaloni probablemente sea otro. Demostró, junto con su cuerpo técnico, que también se puede ganar sin convertirse en un personaje. Que se puede conducir al mejor equipo del planeta sin perder la sencillez.
En un fútbol que muchas veces premia el ego o hacerse el distinto, Scaloni eligió seguir siendo un tipo común. Y, quizás, esa haya sido su mayor victoria.
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