Durante casi un mes, el Mundial 2026 había conseguido algo que pocas veces ocurre en la era de las redes sociales y las teorías conspirativas: que casi todas las discusiones giraran alrededor del fútbol. Se debatía si Messi podía ganar otra Copa del Mundo, si Marruecos volvería a sorprender, si Paraguay estaba viviendo un renacimiento de la mano de Gustavo Alfaro o si Estados Unidos, con una generación joven y desfachatada, finalmente había encontrado el equipo capaz de competir con las grandes potencias. Bastó una decisión de la FIFA para cambiar el eje de la conversación.

El indulto concedido a Folarin Balogun, expulsado en los 16avos de final frente a Bosnia y Herzegovina, no solo modificó el escenario deportivo del cruce de octavos contra Bélgica. También instaló una pregunta mucho más incómoda para Gianni Infantino y para el organismo que conduce el fútbol mundial: ¿las reglas son iguales para todos?

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La FIFA explicó que actuó de oficio aplicando el artículo 27 de su Código Disciplinario, que habilita al Comité Disciplinario a suspender la ejecución de una sanción. Desde el punto de vista reglamentario encontró un respaldo. El problema apareció cuando el contexto empezó a conocerse. The New York Times reveló que Donald Trump había llamado personalmente a Infantino para pedir que revisara el caso. Horas después, el castigo desapareció. La secuencia fue demasiado explosiva para pasar inadvertida.

Nadie discute que Balogun es uno de los mejores futbolistas estadounidenses del torneo. Tampoco que la expulsión había sido discutida. El delantero, de hecho, se había ganado el respeto de propios y extraños por la forma en que reaccionó después de la tarjeta roja. Saludó al árbitro, evitó protestas desmedidas y explicó públicamente que los jugadores debían enseñarles a los chicos cómo aceptar una decisión incluso cuando la consideraban injusta. Mientras él parecía resignado a perderse el partido más importante de su carrera, abogados y dirigentes de la Federación de Estados Unidos trabajaban para conseguir exactamente lo contrario.

Lo consiguieron.

Y ahí comenzó el verdadero problema para la FIFA.

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Hasta ese momento, Estados Unidos, de la mano del DT argentino Mauricio Pochettino, era una de las historias más simpáticas del campeonato. Un equipo fresco, ofensivo y con una figura emergente que empezaba a enamorar incluso a los neutrales. A partir del anuncio, esa imagen cambió por completo. En pocas horas pasó de representar el creciimiento del fútbol estadounidense a quedar asociado con conceptos como influencia política, privilegios y favoritismo.

El entrenador noruego Stale Solbakken fue uno de los primeros en advertir el alcance de la decisión. "Es una muy mala decisión que va a perjudicar al Mundial", dijo tras eliminar a Brasil. Y dejó una frase que probablemente acompañe al torneo hasta el 19 de julio: "Si Estados Unidos gana, esto siempre va a estar detrás".

La reacción fue inmediata y transversal. La Federación Belga calificó la resolución como una sorpresa absoluta, inició un proceso de apelación y su entrenador, Rudi García, llegó a compararla con una broma del Día de los Inocentes. El ministro de Exteriores de Bélgica, Maxime Prévot, fue todavía más lejos: sostuvo que si una llamada política fue determinante para modificar una sanción disciplinaria, la FIFA quedaría seriamente comprometida a la hora de defender el fair play.

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La UEFA endureció todavía más el tono. Habló de una decisión "inaudita, incomprensible e injustificable" y advirtió que la credibilidad de cualquier competición depende de que las reglas se apliquen exactamente igual para todos.

Hasta Joseph Blatter, el expresidente de la FIFA que debió dejar su cargo envuelto en múltiples sospechas de corrupción, reapareció para dejar una frase demoledora. "Las tarjetas rojas no se anulan por llamadas telefónicas políticas", escribió antes de preguntarle directamente a Infantino: "¿Quo vadis, FIFA?".

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Ni siquiera las redes sociales quedaron al margen. Maximus, el gato del primer ministro belga Bart De Wever, convertido en una celebridad durante este Mundial, resumió la polémica con una ironía que rápidamente se hizo viral: "¿Tarjeta roja? Voy a jugar de todos modos".

Paradójicamente, Balogun parece ser el único protagonista que quedó atrapado en una discusión que nunca buscó protagonizar. Hace apenas unos días era el símbolo de una selección que conquistaba simpatías por su juego y por su frescura. Ahora carga con una etiqueta imposible de despegarse. Cada pelota que toque contra Bélgica, cada gol que marque y cada resultado que consiga Estados Unidos quedarán inevitablemente atravesados por la misma sospecha.

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Fuente: agencias