Hay cuestiones que son obvias. O que lo solían ser. Pero en la era de la inmediatez todo se confunde. Al enfermizo compás de las nada ingenuas redes sociales y al candor de la pusilánime tentación de perder horas atrapados en un scrolleo interminable, hay códigos que cambiaron para siempre. Se perdió la paciencia y quedaron archivados los buenos modales. Reina la sensación de que se quiere todo ya. Y que si no se puede tener todo ya, uno es un imbécil. El éxito debe ser inmediato. Porque si tarda en llegar, ya no sirve. Aburre. Y aquel que fracasa pasa a ser un perdedor. Y a los perdedores no los queremos tener ni cerca. Pasa en la vida -y angustia a muchos jóvenes que intentan aprender a transitarla sin reparar que casi siempre se aprende a los golpes-. Y eso también pasa en el deporte.
Lo que ocurrió con Jesús de Miguel y Jesús Owono fue una fatalidad. Un suceso impropio del fútbol. El fútbol, como bien explicó Jorge Valdano en su imprescindible columna del diario El País, es todo lo contrario a la muerte. O debe serlo. Por eso no hay que señalar con el dedo al arquero que salió a cortar una jugada y quedó involucrado en una tragedia de consecuencias irreversibles. Le pasó a Owono, pero le podría haber pasado a cualquiera. No se trata de buscar culpables, sino de aprovechar el doloroso episodio para reflexionar sobre los límites de la competencia. En definitiva, lo que hay que recuperar es la idea de que ganar y perder no tienen nada que ver con una cuestión de vida o muerte.
Foto: (Sergio Mendez/Diario de Avisos via AP
Y acá volvemos a esta idea de querer todo ya. A una cultura que muchas veces lleva a los deportistas a jugar como si cada pelota fuera la última y cada derrota, una condena. Ya se habían dejado atrás aquellos tiempos salvajes del fútbol. No vale la pena lastimar a un adversario para superarlo. Pero sería injusto convertir a Owono en el símbolo de esos excesos. Su tragedia personal ya será una carga demasiado pesada. Lo que sí merece una reflexión es un sistema perverso que lleva la competencia al límite o más allá. Y que alimenta comportamientos que hacen cada vez más ruido. Vale repasar los encontronazos incómodos entre los "hermanos" campeones del mundo en el último Superclásico. No es necesario jugar para la tribuna o para las redes sociales para demostrar pertenencia. No hay que confundir intensidad con violencia, competitividad con agresividad ni el éxito con la obligación de ganar a cualquier precio.
Dice el refrán que lo cortés no quita lo valiente. Sin embargo, en ese mundo termo que va más allá del ecosistema de las redes sociales, parece que vale más parecer malo que buena gente. Como si la consideración por el adversario fuera una señal de debilidad. Como si para ganar hubiera que demostrar que uno está dispuesto a todo. Y no. Se puede competir con fiereza sin perder la empatía por el otro. Porque el éxito, si alguna vez llega, está al final del camino. Sin atajos y, casi siempre, después de un sinfín de obstáculos que se sortean con paciencia y, sobre todo, con el respeto como bandera.
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