No dudó un segundo Fernando Vejar Díaz, el árbitro chileno que pareció entenderlo todo en la noche de las emociones: señaló el punto de penal apenas vio caer a Agustín Giay adentro del área. Tuvo suerte el juez porque en las repeticiones se observó el contacto del africano. La escena perfecta entonces quedó montada. Lionel Messi tomó la pelota y se paró en el redondel blanco para buscar el gol que le estaba siendo esquivo. Y no falló, más allá de que venía de errar los últimos tres que había ejecutado, dos en Argentina y el restante en Inter Miami. La Pulga la clavó con fuerza en el ángulo izquierdo de Marcel Dandjinou para festejar con todos sus compañeros, para dejar el Monumental en llamas y para ponerle la frutilla a la torta perfecta y soñada que fue su carrera en la Selección. Fue victoria 3-0 de la Scaloneta ante Benín, aunque ese resultado es, apenas, la más mínima de las historias que dejó la jornada del último tango de Messi.
Difícil el partido de Messi y complejo, además, para analizar. Se trató, como se suponía, más de un homenaje que de un amistoso. Por eso Lionel Scaloni se dio el lujo de incluir a Nicolás Otamendi, que tampoco seguirá, y a Rodrigo De Paul, quien todavía no anunció qué será de su futuro pero al que cada vez le cuesta más desde lo físico, producto de competir en una liga menor como la MLS. Fue una noche fresca en la que los compañeros de Messi volvieron a ponerlo en el póster e intentaron darle cada una de las pelotas. Es posible que todos hayan soñado con regalarle la última asistencia. De ahí la reiteración y también los errores. Eso que tanto se criticó y que este grupo pudo desterrar, bajar del altar al ídolo, retornó en el Monumental porque la idea era que la jornada fuese redonda con un gol del capitán. La licencia, por supuesto, estaba permitida.
Messi jugó emocionado. Se mordió los labios para no romper en llanto durante el himno y también cuando, a los 10 minutos, el juego se detuvo para que todos lo ovacionaran. Cada uno de los beninenses se acercó para saludar al 10. La perlita la entregó Cristian Romero: se juntó con Alexis Mac Allister para hablar de algún movimiento táctico mientras el resto esperaba la orden del árbitro.
La Scaloneta se plantó con el habitual 4-4-2, con Julián Alvarez de volante por izquierda y Leo casi metido entre los centrales. Y en los primeros instantes tuvo cuatro chances de gol. Las más claras fueron definiciones desde el área chica después de centros de De Paul y de Lautaro.
Anduvo buscando su lugar Messi y también aire. La emoción fue toda para él y para los más de 85.000 que llegaron a River para acariciarlo por última vez y para decirle gracias por las proezas vestido de celeste y blanco. Se trata, ni más ni menos, que de un Dios del fútbol. Tal vez el más fabuloso de todos los dioses de la pelota. Ser genio fue el destino marcado a fuego de Leo. En la lejana Barcelona, en los primeros años de la década del 2000, aprendió el arte de la gambeta y de los goles. Fue hijo del destierro, de esa Argentina que duele porque no brinda oportunidades. Pero en tierras europeas se propuso jamás perder su gen, su ADN más rosarino que argento, por cierto. A eso también se le dijo gracias anoche.
Las corridas de Benín generaron preocupación e hicieron trabajar a Dibu Martínez. Las contras de los africanos fueron menos peligrosas de lo que podrían haber sido si les salía el pase final. Pero se fueron al entretiempo con mejores sensaciones que la Scaloneta.
En el segundo tiempo asomó el Messi altruista. Otamendi casi que no había recibido ovaciones y por eso Leo le puso la pelota en su pie derecho para que anotara el 1-0 y se ganara la ovación del Monumental. Fue un pase de compadre. La segunda asistencia fue de legado: se la dejó a Nico Paz, el heredero que había entrado por De Paul, que la colgó del ángulo con su zurda de crack.
Quedaría tiempo para el penal, para un gol imposible fallado de derecha, para un zurdazo en el palo y para un tiro libre a las nubes. Todas cuestiones mínimas. Porque lo importante no estuvo en el juego de la Scaloneta, sino en lo que le pasó por la sangre y el corazón a Leo. El adiós llegó. Los 21 años fueron un soplo. Pero disfrutó y se lo disfrutó. Ahora es tiempo de descansar y de cosechar todo lo mucho que sembró.
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