Gracias. Mil gracias. Ochenta mil gracias. Un millón de gracias. 46 millones de gracias. De eso se trata esta última vez de Lionel Messi con la Selección Argentina. Y eso es lo que le dice, le repite y le insiste la gente que desde temprano, muy temprano, se empezó a acercar a un Monumental que se vistió de celeste y blanco. Y es lógico. Sólo queda agradecerle al capitán.

Y de eso se trata este partido. Nadie sabe dónde queda Benín ni quiénes juegan en Benín. Ni siquiera importa demasiado quiénes jugarán a su lado. Es Leo, Leo y Leo. "Vinimos porque queremos decirle gracias. No me importó cuánto me salieron las entradas. Sólo queríamos estar acá", dice Gabriel, con su hijo a cococho, una Pulguita de cuatro años que está "disfrazado" de Messi.

Foto: Marcelo Carroll

Corre el fernet con coca como si llegara por una conexión directa desde el Río de la Plata. Las latitas de birra no faltan. Tampoco los revendedores. Por Avenida del Libertador y Udaondo, con cuaderno anillado en mano, abren y cierran en la carilla que dice "te vendo mi entrada" al compás de la marcha de los policías asignados para ese lugar. Andá a saber si es verdad. De hecho, hubo algunos cuantos corazones rotos (y billeteras también) en el primer control. Los pillos de siempre. La gente los esquiva. Pero cuando ve a algún periodista, al que delata su credencial, pregunta si tiene algún ticket de más para vender. Desesperación. Todo sea por Messi. Todo sea por darle las gracias a Leo.

"Messi no es un futbolista. Messi es un ejemplo. Los políticos podrían imitarlo. Desde la ética, desde la corrección, desde la responsabilidad. Messi es algo que debería trascender", suelta Noel, una cincuentona que vino con tres amigas.

"Desde que supimos que iba a jugar Messi nos propusimos estar acá en el Monumental. Y lo logramos. Pobre mi viejo que puso la tarjeta. Pero sabrá entender", cuenta Catalina, de 20 años, que llegó bien temprano desde Banfield junto a Manuel, su hermano de 17, y Francisco, su abuelo de 75. Se acomodaron contra la baranda en la Centenario Alta, que estaba explotada de gente. A tal punto que se veía gente parada y ocupando las escalinatas.

"Cerré el súper chino y traje a todos los empleados", dice Jun, que viste una campera de cuero marrón y anteojos negros, como si fuera Tom Cruise en Top Gun. No miente. Los empleados, todos chinos también, llevan la bandera de China como capa. Y no pueden creer, como los jugadores de Benín, que justo están en la Argentina para decirle gracias a Leo. Vinieron de Norberto de la Riestra, un pueblo cerca de 25 de Mayo, en el corazón de la provincia de Buenos Aires. Estaban predestinados. Más random, imposible.

Hay de todo camino al Monumental. Pero, sobre todo, gratitud. No hay otra cosa para hacer. Todos querían estar acá. Sólo unos pocos pudieron darse el gusto de llegar. Y esos podrán contarles a sus hijos y a sus nietos que fueron parte de una tarde histórica. ¿Cuál será el "la pelota no se mancha" de Leo?

Foto: Marcelo Carroll

El estadio estalla cuando salen los jugadores de Benín. Vestidos de amarillo y negro, celulares en mano, miran con asombro una cancha que ya casi no tiene huecos. Todo al ritmo de "Quién se ha tomado todo el vino", en versión de Q’ Lokura. Los futbolistas africanos no lo pueden creer. El reconocimiento dura mucho más que la sesión de Sugus de Leandro Paredes y Rodrigo De Paul. No se quieren ir de la cancha. Son parte del show. Serán parte de la historia. Ellos también le dicen gracias a Messi.

Foto: Marcelo Carroll

La gente se codea cuando ve por las redes sociales que la Selección está llegando por la Riccheri. Se viraliza en el Monumental la imagen de Messi llorando mientras hace añicos los pañuelitos de papel que apenas sirven para contener las lágrimas. Es que Messi también le quiere decir gracias a la gente.