La última vez que el presidente de la FIFA se conmovió por la sencillez del fútbol, agradeció al usuario de Instagram que le acercó una vista aérea de la modesta cancha de Santa Rosa, estrictamente a los pies de una de las laderas del cerro que contiene los siete colores que pusieron en el mapa a Purmamarca, Jujuy. Ocurrió en noviembre de 2024, cuando Gianni Infantino escribió en castellano e inglés que, esa cancha aun sin pasto pero enclavada en un rincón del patrimonio de la Humanidad de la quebrada de Humahuaca, era "una representación perfecta de la popularidad de nuestro deporte y de cómo se disfruta en absolutamente todas partes del mundo". Solemne, pero de una ternura notable si se tiene en cuenta que casi dos años después intentó venderle los derechos de explotación del Mundial a unos empresarios estadounidenses interesados en el negocio del soccer.
Aquel posteo fue como un regalo para Santa Rosa, el club de la Liga Quebradeña que se viralizó en redes y fue noticia ese mismo año en que se convirtió en centenario. Por primera vez se hablaba del celeste y blanco en lugar de los otros siete colores. Los del Terry de Tilcara, el clásico, deben haber rabiado. Presentada al mundo, luego llegó el alambrado perimetral y la última novedad fueron las luces led, donadas por River Plate. Su instalación demandó atravesar con surcos la cancha para luego enterrar los cables subterráneos. Llegaron máquinas viales para apisonar el terreno en la víspera de la final de la Liga Regional, que da una plaza para el torneo Amateur Federal B.
La estructura de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) tiene cimientos en este tipo de clubes. En el país hay más canchas de fútbol que parroquias de culto católico y la red territorial de clubes es tan inmensa que representa un tejido utópico para cualquier organización político-partidaria. Desde 2021, La Quebradeña es la liga número 226 que reconoce el Consejo Federal e integra junto otras cinco ligas la estructura federativa del fútbol jujeño. Organiza el fútbol de 14 clubes distribuidos entre los departamentos de Humahuaca, Tilcara, Tumbaya y Valle Grande. Santa Rosa perdió la final con Juventus de Humahuaca, que se quedó con el ascenso y ya es uno de los 246 clubes, provenientes de 332 ligas, distribuidos en 8 regiones que representan las 24 provincias argentinas que buscan alguno de los cuatro ascensos directos al Federal A. Es la última vez, porque a partir de 2027 habrá otro formato de competencia.
Igual hay fútbol en la cancha que hizo famosa Infantino. Porque Purmamarca festeja a su patrona, Santa Rosa de Lima, que también le da nombre al club. Hay sicuris que salen de la iglesia levantada en 1648 y caminan con imágenes religiosas hasta la terminal, donde hay un palco oficial con locutores y autoridades. Con el campeonato local consumado, es el turno de los equipos que representan zonas, que cualquier sujeto urbanizado entendería como barrio. Amistosos con orgullo territorial. Santa Rosa también juega su honor barrial con su equipo estándar, que puede combinar un pibe con ínfulas y a un viejo mañoso entre sus titulares, pero principalmente jugadores con ganas de jugar al fútbol con referí y todo. En la fiesta patronal, también están para jugar Punta Corral, Atlético Tumbaya y Cipaqui Quiquirí, un cuadro que resulta de la unión de tres pueblos originarios. Las máquinas dejaron bien apisonado el terreno, pero se notan las marcas de las cubiertas de los tractores. La línea de cal es un reguero trazado a puro pulso y a paso de hombre.
La línea central de la cancha del Club Santa Rosa de Purmamarca. Fotos Emmanuel Fernández.
El rastro que deja la dirección de las gotas que se aplastan en el suelo y delimitan la línea de la banda y la de meta descubren el recorrido del canchero: desde el palo de escoba con el banderín de Santa Rosa que señala el córner que da a los dos vestuarios de usos múltiples hacia el otro: 65 metros por detrás del arco del cerro. Desde allí, otros 85 pero por el lateral de los bancos de suplentes con techito de cañas secas, hasta el otro arco, el que da a los murallones y las dos mejores laderas para ver los partidos, las que tienen árboles. Aunque no haga calor, la sombra es el mejor refugio. Todos lo que jugaron Liga, quisieron ser profesionales. Lo mismo los que juegan ahora, que tienen dos caminos: el colectivo de avanzar como equipo y escalar categorías o el individual. Ser el crack descubierto por algún ojeador y saltearse todo y recalar en el fútbol grande. Dicen los lugareños que Pitín Mataca hizo cosas con la pelota en esa misma cancha que Infantino puso en Instagram, que nadie le vio a otro jugador. Pero de momento, el horizonte para los jugadores de la liga regional, no pasó de la jujeña. Para los árbitros, lo mismo. El primer paso es el mismo y si hay buen puntaje y aplica, se puede abrir el camino del Federal y, quien dice, el fútbol grande. Mientras tanto, sin asistentes, pueden ganar 30 mil pesos por partido.
El piso es duro, pedregoso. La tierra fina que el viento amontona por sectores y a veces amortigua el recorrido de la pelota. Si la tormenta de Santa Rosa en Buenos Aires se manifiesta con lluvia, en Purmamarca es con viento. Súbitamente la tierra se entierra en los poros, se acumula en los pliegues de la ropa y pica en la cara. Cuando deja de soplar y se recupera la vista, el escenario no parece real. Es levantar la vista y ver en vivo una postal de Purmamarca, o un partido de fútbol. El primero de la tarde.
Lo juegan Punta Corral contra Atlético Tumbaya. El elenco es un variopinto de futbolistas con el resto físico suficiente para hacerle frente a los 2.300 metros de altura sobre el nivel del mar. No importa si la camiseta logra el tope de resistencia de su hilado para contener una panza, la edad ni otro factor: la gran virtud de los jugadores está en la capacidad aeróbica. No hay cambios. Se nota que el 9 de Tumbaya juega y que seguramente varios años atrás tuvo esa fantasía recurrente de llegar a profesional. Conserva el oficio de inclinarse para largar la carrera cuando le tiran el pelotazo adelante y no quedar en off side. El ocho rival, el de Tumbaya, pinchó una pelota como las solía bajar Riquelme, pero no tuvo la precisión adecuada para entregarla a un compañero.
La cancha de Santa Rosa no tuvo ni tiene pasto y probablemente nunca lo tendrá.
Fotos Emmanuel Fernández.
El árbitro apenas mostró una tarjeta amarilla, el partido es limpio. No hay mala leche, simulaciones ni gritos enloquecidos de gol. Apenas un apretado "gol", cortito como un puñetazo de Karadagian. Ya iban 3-0 cuando Tumbaya comenzó a jugar con 10: el marcador de punta izquierda se desplomó con convulsiones. Simplemente salió y esperó a sentirse mejor. No es una novedad, sus compañeros y rivales lo ayudaron a levantarse y emplearon los movimientos adecuados para la rigidez de sus extremidades y cuando la crisis de epilepsia pasó, pidió la autorización para entrar y siguió jugando. Recién después del cuarto gol, de Punta Corral decidió no sacar del medio. La goleada tuvo el peso suficiente para, ahora sí, terminar el partido.
El segundo partido se adelanta entonces y eso es una mala noticia para el Inter de Tumbaya: todavía no son 11. El estándar de Santa Rosa ya está en la cancha y de blanco con una casaca que recrea los cerros pero al monocromo celeste de su escudo. Del otro lado con jugador de campo bajo los tres palos, apenas hay siete camisetas bordeaux. Con la cantidad mínima según el reglamento, el árbitro pita el inicio de su segundo partido y el local aprovecha la ventaja. Un gol, dos goles, pero no más. El mejor de la visita es también el más experimentado de la cancha y consigue el descuento con un remate al sacar del medio. Si hubiese registro estaría entre los candidatos al Puskas. Con el correr de los minutos llegaron a ser nueve jugadores, pero no los suficientes para evitar el 3-1 final.
Hay otro partido, el que le baja la persiana a los festejos y a la tarde. Los turistas van por una merienda o emprenden la vuelta. Los restoranes empiezan a abrir y buscan comensales con folklore en vivo. Los que vuelven para Tumbaya, Volcán o aledaños esperan en la terminal por el micro anunciado para un horario en el que nunca es esperado. Ahí, mientras los camiones que bordean la ruta zumban de vez en cuando alguien rompe el silencio. "Eh, como te vas a errar ese gol, culiado", dice uno que camina por la calle. El aludido sonríe pero no levanta la vista. Al final de las cuentas, el fútbol tiene la misma exigencia en todas las canchas. En la construcción inteligente que alberga la final de una Copa del Mundo, en la Bombonera, o a al pie del cerro de los siete colores.
Bajo la sombra, la mejor ubicación posible para ver los partidos en la cancha que Infantino alguna vez hizo famosa.
Fotos Emmanuel Fernández.
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