El miércoles 30 de abril de 1986, los vecinos de Aguilar 2390, en el barrio de Belgrano, escucharon un ruido que interrumpió la madrugada. Eran las 2.20. Primero, el crujido de las ramas de un árbol, después, un golpe seco y fuerte, “como el estallido de una bomba”, diría más tarde uno de los testigos.
En medio de la escena, un hombre repetía desesperado: “No te mueras, aguantá, aguantá que ya viene el médico… No te mueras”. Le hablaba a la actriz Thelma Stefani, de 37 años, que esa madrugada, hace 40 años, saltó desde el piso 21 del edificio.

Un viaje muy largo
La caída, el salto, se evidenciaba en una imagen concreta: las ramas quebradas del árbol en la entrada, un pedazo de tela roja de su camisón enganchado entre las hojas, según documentó la revista Libre días después, y el techo hundido de una camioneta sobre la que impactó el cuerpo. “Salí corriendo y cuando llegué a la calle me encontré con la señora… desfigurada y cubierta de sangre”, declararía el portero, Aldo del Negro, a la misma revista.
Minutos después llegó la ambulancia, seguida por la policía. En el departamento, el panorama reforzaba la idea del suicidio: botellas y latas de cerveza, muebles desordenados, un frasco vacío de antidepresivos y algunos australes, la moneda de esa época, sobre una mesa ratona. Nada parecía casual.

La reconstrucción de los días previos delineaba un patrón, una decisión tomada. Poco antes del salto, Stefani había hecho varias llamadas, que fueron interpretadas por distintos medios como una especie de despedida. Habló con amigos y colegas, los saludó con un “tono infrecuente y frases enigmáticas”. Las crónicas de la época contaron que también intentó comunicarse con un periodista. Al no encontrarlo en la casa, le dejó un mensaje a la esposa. Les deseaba suerte y les avisaba: “Voy a iniciar un viaje muy largo”.
Llamó a Mariem Audile, una modelo brasileña, y le recordó sobre una nota que le había conseguido. Ella misma contó: “Trabajamos juntas en Correccional de mujeres y nos hicimos amigas, a tal punto que me conseguía notas para hacerme conocida. Dos horas antes de tirarse por el balcón hablamos por teléfono y me dijo que no le fallara. Yo me di cuenta que le pasaba algo y le pregunté qué había tomado. Me tranquilizó diciéndome que solamente había sido un poco de cerveza”.

Entre esos llamados, según algunas versiones, hubo uno a Carlos Saúl Menem, entonces gobernador de La Rioja, con quien había mantenido una relación intermitente desde los años 70. El vínculo, atravesado por idas y vueltas, interrupciones durante la dictadura, cuando fue preso, y con reencuentros posteriores, se había diluido cuando él empezó a perfilar su carrera hacia la presidencia, pero nunca dejó de alimentar especulaciones. En la charla, ella le habría anunciado su decisión.

Pero otra versión asegura que el último contacto de esa madrugada fue con su pareja del momento, un joven de 25 años que minutos antes del salto se presentó en el edificio. Tocó el timbre del departamento y, a través del portero eléctrico, Stefani respondió con una frase que después se volvería emblemática, irónica: “Ya bajo”.
Algunos medios dijeron que había dejado una carta en el departamento, junto a los antidepresivos y las cervezas. Breve y directa: “Estoy cansada, ya no quiero vivir más”. Nunca hubo confirmación oficial.
Pero quizás la anécdota más repetida fue la de una cena que había organizado en su casa cinco días antes de su muerte, el 25 de abril de 1986, la cual se leyó como una especie de premonición, un enlace más en la cadena de tragedias.

En esa cena, Thelma bromeó: “Somos 13, alguien va a morir”. Todos quedaron asombrados. Como si realmente lo hubiera previsto, a los minutos sonó el teléfono. Era la mamá, que le informaba el fallecimiento de un tío. Tras la noticia, anunció en vos alta: “Ya murió quien tenía que morir hoy. Pueden cenar tranquilos”. Unos minutos más tarde, uno de los invitados se descompuso en medio de la cena. También murió a los pocos días.
La Marilyn Monroe argentina
Thelma había debutado en el cine en 1974 gracias al director Eber Lobato, quien le dio un papel en la película Natasha. Su imagen quedó automáticamente asociada a la de una femme fatale. La Marilyn Monroe argentina. De hecho, en el film hacía un desnudo total. Fue impactante, sobre todo en esa época, pero a la vez la encasilló en ese tipo, muy alejado de sus comienzos: Stefani había estudiado danza y teatro en la escuela del teatro Colón desde que era muy chica, y también había formado parte de su cuerpo estable de bailarines.

Fabio Zerpa, experto en cuestiones sobrenaturales, quien fue su pareja justo antes de que Lobato la descubriera vendiendo entradas para las giras del ovniólogo, hizo una alusión a la actriz estadounidense. Fue también en diálogo con Libre, en 1986, tras la muerte de Thelma: “Era una mujer de mucho carácter, pero no para tomar una determinación semejante. […] En ningún momento de nuestra vida en común mostró indicios ni hizo comentarios relacionados al suicidio; aunque admiraba profundamente a Marilyn Monroe”.
La comparación que ya hacían desde antes tenía también algo de premonitoria: según algunas versiones, la actriz estadounidense habría muerto por suicidio tras ingerir una gran cantidad de barbitúricos. Era 1962, y Monroe tenía 36 años.

Después de Natasha, y de otras películas, Thelma acaparó las salas del teatro en la obra El Maipo de Gala, dirigida por Gerardo Sofovich. Mientras tanto, los papeles que conseguía en cine y televisión giraban en torno a comedias familiares, personajes de mujeres sexys.
Incluso estuvo por protagonizar la tira Cara a Cara, de 1983, junto a Verónica Castro, pero enseguida fue desplazada por dos razones, según los medios: los celos de la actriz mexicana, por un lado, y el sindicalismo de Stefani, que organizó una huelga de actores por las diferencias salariales entre Castro y el resto del staff, por el otro.
El silencio, la más hermosa música
Esa carrera que parecía, en un principio, prometedora, empezó a deteriorarse. Más allá del teatro de revista y de los papeles de mujeres exuberantes, Thelma buscaba algo más serio: quería que la reconocieron como actriz dramática, salir del encasillamiento que había marcado su carrera.

Consiguió un papel importante en la película Correccional de mujeres, que se estrenó pocas semanas antes de su muerte. Apostaba a que eso la reposicionara. Se trataba de una película de suspenso y policial. Compartía la pantalla, entre otras figuras, con Edda Bustamante. Quería tanto seducir a la crítica que hasta había rodado una escena en la que metía la cabeza en un inodoro usado.
Pero no la sedujo. De hecho, las críticas fueron malas y el público no respondió como ella esperaba. Tras su muerte, Bustamante comentó: “Yo sé que su gran depresión provenía de que no se la valoraba como actriz dramática, así me lo confesó ella misma. Incluso me dijo que, debido a su depresión, se dejó engordar para que dejaran de encasillarla en el papel de mujer objeto. […] Me hubiera gustado poder ayudarla”.

A la depresión se sumaban versiones sobre consumo de ansiolíticos. El dueño de una farmacia en las inmediaciones del edificio de Aguilar había contado: “La señora hace 30 días vino a comprar con recetas algunos ansiolíticos y el medicamento Rohypnol. Estaba algo nerviosa, pero creo que comentó algo sobre que prefería no tomarlos a pesar de la prescripción médica”.
Por esto, una de las hipótesis más fuertes de aquellos años fue que la decisión de quitarse la vida fue impulsada, en parte, por la falta de trabajo, por lo menos, del trabajo que anhelaba, lo que habría agravado su incipiente depresión.

Algunos años antes, en 1981, había dado una entrevista a TV Semanal, donde aseguró: “El mundo de los vivos tiene un gran desencanto. Hay mucha gente que está muerta y no se dio cuenta. Además, si yo creyera solamente en este tránsito pequeño que es la vida, lleno de vanidades y materialismo, no valdría la pena vivir. En mis momentos de angustia o de plenitud, suelo encerrarme en la bóveda de mi familia sin temor alguno. Allí encuentro toda la paz del mundo. El silencio es la más hermosa música”.
Esa “otra vida”
A las 2.20 de la madrugada del 30 de abril, Thelma se quebró. Había buscado durante años un lugar central en el espectáculo, un reconocimiento que sentía esquivo. Había trabajado en cine, teatro y televisión, había construido una figura. Sin embargo, nunca terminó de consolidarse como quería.

El productor de cine Rafael Cohen, ex pareja de Thelma, de quien se separó por cuestiones religiosas que le planteó la familia de él, se expresó en su momento: “Supongo que ella estaría muy triste. Lo que yo puedo decir es que estaba pasando por un momento difícil en lo monetario”.
Pero el actor Ricardo Morán, quien estuvo tres años casado con Stefani, opinó distinto: “Desde que nos separamos, hubo muy poco diálogo entre nosotros, prácticamente no nos vimos más. Su fin me pareció trágico, shockeante, sentí pena por ella. Para mí el desencadenante no fue el problema económico, sino lo anímico. Creo que no le gustaba vivir esta vida, estaba disconforme. Hizo una elección: seguir como estaba o probar otra cosa. Después de todo, para hacer lo que hizo, hay que tener mucho valor. Y ella eligió esa ‘otra vida’…”.
Había estudiado danza en el Colón, pero su carrera como actriz se consolidó con papeles eróticos, aunque soñaba conquistar a la crítica con personajes dramáticos; el 30 de abril de 1986 se tiró desde el 21° piso de su edificio Lifestyle

