• 20 de mayo de 2026 01:26

El cura que busca a Dios en las cimas del Aconcagua, el Domuyo y el Everest

Porradioplayjujuy

May 20, 2026

Travesía del Cudío a la Corona. Departamento Minas

La primera vez que se le cruzó por la cabeza hacerse cura, Marco Espínola tenía 16 años, estaba muerto de cansancio y acababa de cruzar un puente en General Rodríguez de madrugada. Caminaba a Luján con sus compañeros del secundario —algunos por promesa, él más bien porque iban chicas de otro colegio— cuando vio a una mujer llorando frente a un sacerdote al costado de la ruta. No escuchaba nada. No entendía nada. Pero desde lejos interpretó que esa mujer se estaba sacando un peso enorme de encima. Se quedó mirando unos segundos y pensó: ¿y por qué yo no?

La respuesta llegó sola: porque era un desastre. Un pibe de Recoleta, medio “impresentable” en el secundario, que estaba lejos de tener perfil de futuro sacerdote, que ni él mismo hubiera apostado. Guardó la pregunta en un cajón. Pero la pregunta siguió ahí, incomodando.

Hoy Marco tiene 43 años, lleva 15 como sacerdote y vive en Neuquén capital, donde conduce la parroquia María Madre de la Iglesia y es rector del colegio Pablo VI. Antes de eso, fue cura rural en el departamento Minas, en plena cordillera neuquina: 1.300 kilómetros cuadrados, 20 comunidades, un solo sacerdote. Antes de eso, trabajó en la villa 31 y en Ciudad Oculta, en Buenos Aires. Fue el propio Jorge Bergoglio quien lo destinó, en sus últimos años como arzobispo, a un colegio parroquial que organizaba campamentos de 15 días en Bariloche. Marco recuerda ese momento con una sonrisa: “Dios fue muy bueno conmigo”.

Cerro Franke en Mendoza

Lo que Bergoglio probablemente no sabía, o intuía, es que ese cura tenía una segunda vocación. Una que no figura en ningún seminario pero que Marco practica con la misma seriedad con que celebra misa: la montaña.

La montaña apareció en el seminario, casi de casualidad. Los seminaristas organizaban travesías de varios días por Bariloche, hacia el volcán Lanín, por rutas que en ese momento no eran comunes, que implicaban mucho esfuerzo físico y pocos precedentes. Marco fue, y fue suficiente. “Amor a primera vista”, dice.

No era algo completamente nuevo. De chico ya tenía esa atracción por todo lo que implicara aventura y naturaleza: los campos en vacaciones, saltar de árbol en árbol con sus primos, el brazo roto a los 7 años como primera cicatriz de una larga lista. Pero la montaña era otra cosa. La montaña, descubrió, lo rescataba.

Con los años eso se transformó en algo que él mismo describe como una necesidad. Cuando estaba en Buenos Aires, se escapaba dos o tres veces por año. Cuando lo destinaron al departamento Minas, tenía un cerro a la vuelta de la parroquia. Cuando pudo, fue al Aconcagua. Después al Domuyo, al Cerro Franke, al Campamento Base del Everest. Cada año, un desafío distinto. Cada cumbre, una conversación consigo mismo.

Le cuesta explicar por qué, pero lo intenta. Dice que la montaña hace algo que la ciudad no puede hacer: te mete para adentro. Que el esfuerzo físico te vuelve vulnerable, te saca las capas que uno se pone como defensa. Que el silencio se convierte en un aliado. Que vas mirando todo el tiempo al que camina adelante y al que camina atrás, pendiente del otro, y eso —en un mundo que gira cada vez más rápido— se siente como algo casi perdido.

Campamento base del Everest

Marco tiene una metáfora que usa con la gente que lleva a los cerros: la mochila es el corazón. “Cuando subís una montaña tenés que revisar el equipo y llevar lo esencial. Con el corazón hay que hacer lo mismo: ver qué estamos cargando de sobra, qué cosas nos pesan, qué cosas creemos que nos van a ser útiles por las dudas y lo único que hacen es ocupar espacio”.

No arma salidas espirituales como actividad organizada, aunque le gustaría sistematizarlas. No tiene un programa. A veces invita a alguien que siente que le puede hacer bien. A veces alguien le pide sumarse y él acepta. Arriba sigue siendo cura, celebra una misa si alguien quiere, comparte lo que la montaña le va interpelando, camina con otros. Pero aclara que lo espiritual aparece igual con creyentes o sin ellos. “Sin hablar de Dios, lo espiritual aparece en un cerro», asegura.

La primera vez que fue al Aconcagua, Marco llegó hasta el Nido de Cóndores. Son 5.500 metros. Desde ahí, con un día de descanso, se intenta la cumbre. Eran cuatro. Uno de ellos estaba mal —la altura le había pegado fuerte— y era evidente que había que bajar.

No había discusión posible. Bajaron.

Esa noche, ya en Plaza de Mulas, a 4.300 metros, con el compañero recuperándose y la cumbre descartada, Marco no podía dormir. Y en la oscuridad de la carpa empezó a hacer cálculos. Si salgo a tal hora, llego a tal hora, al día siguiente tiro cumbre, me encuentro con los otros en tal punto. Subía y bajaba números, armaba y desarmaba rutas. En algún momento se sentó en la bolsa de dormir y se hizo una pregunta: ¿por qué no puedo parar de pensar en la cumbre?

Escalada del Aconcagua

Él era el que siempre les decía a los chicos que llevaba a la montaña que lo importante era el compañero. Que la verdadera cumbre no estaba en la cima sino cuando uno llegaba a casa, miraba las fotos con la familia y estaba sano y salvo. Lo había repetido muchas veces. Lo creía.

Pero ahí, a 4.300 metros, con el cuerpo cansado y la cabeza haciendo cálculos, se dio cuenta de que había algo más. Recordó lo que les había dicho un guardaparque al entrar al parque Aconcagua: que solo el 8% de los que intentan la cumbre por primera vez llegan. Y entendió, con una claridad que lo sorprendió, que él quería ser del 8%. Que quería la foto. Que quería demostrarle algo a alguien, a todos o a nadie, que a veces es lo mismo.

“Me di cuenta de que ese ego lo tenía muy maquillado», dice. “Detrás de frases muy lindas, detrás de mi condición de cura, detrás de un montón de cosas espirituales, había ego. Había ganas de cumbre, ganas de fama, de reconocimiento”, agrega.

Esa noche, dice, sintió que se corrió una cortina. Pudo ver los demonios que cargaba adentro, bien disfrazados, y mirarlos de frente. Desde entonces tiene una frase para describir lo que busca cada vez que sube: va a la montaña a tomar mate con sus demonios.

No hizo cumbre ese año. Pero dice que bajó más completo que si hubiera llegado. “Me quedé sin la foto de la cima, pero bajé con la sensación de haber hecho cumbre, de haber llegado a un lugar mucho más profundo en mi interior”.

Al año siguiente volvió al Aconcagua. Esa vez llegó arriba.

Después vinieron el Domuyo —el volcán más alto de la Patagonia, al que subió varias veces y que describe como un cerro que “no te regala nada”—, el Cerro Franke en Mendoza, expediciones en la cordillera neuquina, escaladas en roca. Y el viaje a Nepal, hasta la base del Everest, a casi 5.400 metros, donde llegó con una bandera del INCUCAI pidiendo donaciones de médula ósea. La montaña más alta del mundo como escenario para pedirle algo a la gente de abajo.

Primera vez que hizo cumbre en el Domuyo

La tensión que Marco no termina de resolver es esta: ser cura es una pasión, la montaña es una pasión, y el día tiene las mismas horas para todos.

Hoy su vida está puesta en la parroquia, en el colegio, en la gente en situación de calle que acompaña en el basural de Neuquén. Le cuesta irse. Le cuesta cortar. Se define, con cierta autocrítica, como “un poquito enfermo del trabajo”, aunque aclara enseguida que no lo vive como trabajo sino como vida. Cuando logra organizarse y tomarse tres o cuatro días para subir un cerro, vuelve mejor. Lo sabe. Pero aun así le cuesta.

“Me encantaría poder subirme a una montaña una vez por mes”, dice. Y después se ríe, porque sabe que no va a pasar.

Lo que sí pasa, cada tanto, es que alguien le dice “vamos a la montaña” y él se prende. O que él mira a alguien y siente que un cerro le haría bien, y lo invita. La montaña, dice, tiene su propia lógica. Te da lo que necesitás, no lo que pedís.

A los 16 años, cruzando un puente de madrugada, vio a una mujer llorar frente a un sacerdote y pensó que quería ser eso. A los 20 entró al seminario. A los 28 lo ordenaron. Y en algún momento del camino, entre el Aconcagua y el Domuyo y los cerros de la cordillera neuquina, descubrió que la confesión y la cumbre no son tan distintas. Que en ambas, si todo sale bien, uno se saca un peso de encima.

​Tiene 43 años, 15 como sacerdote y una segunda vocación que no figura en ningún seminario. Subió el Aconcagua, el Domuyo y llegó hasta el Campo Base del Everest. Dice que la montaña hace lo que la ciudad no puede: meterte para adentro.  Revista Lugares