Daniela De Lucía no reúne las características habituales que tienen muchos jugadores de Gran Hermano. Antes de su ingreso al reality, y lejos de buscar un lugar en los medios, ella ya ostentaba una carrera como coach y sus estudios la llevaron por los pasillos de prestigiosas instituciones internacionales. En un mano a mano con LA NACION, contó qué la decidió a ingresar al reality de Telefe y los desafíos que encontró.
—¿Qué balance hacés de tu paso por la casa de Gran Hermano?
—El balance es positivo en el sentido que fue una experiencia única, irrepetible, como una montaña rusa de emociones, fue espectacular y lo volvería a hacer mil ochocientas veces. Pero por otro lado, el balance negativo es que mi juego no alcanzó para llegar adonde quería llegar; tuve un juego demasiado sutil que quizás hacia el afuera no se vio del todo.
—¿Te sentís como una jugadora?
—Sí, me siento jugadora y siento que jugué, pero tal vez ahora haría cosas distintas. Jugaría muchísimo más fuerte si tuviera la oportunidad de volver a hacerlo. El balance es que si estoy afuera es porque no jugué del todo bien, tengo que hacerme cargo de eso y hay que seguir adelante. Esta es una experiencia más.
Una muerte inesperada
—A vos te tocó vivir una pérdida durante el juego, que fue la muerte de tu papá. ¿Cómo fueron esos días en los que saliste y luego volviste a entrar?
—Ese proceso fue duro. El día que en el que me dan la noticia fue inesperada. Yo sé que se hablaba afuera de que yo esperaba esa noticia, pero no, no era así. Mi papá no estaba bien de salud, pero era una persona que yo esperaba que viviera varios años más y no por la esperanza de lo que uno quiere sino porque no tenía problemas de salud así de graves como para irse tan repentinamente. Sí, me dolía verlo mal, y ese era el proceso que tanto mi mamá como yo estábamos haciendo, de verlo un poco ido por el Alzheimer, un poco complicado con su tema neurológico y él ya no caminaba.
—¿Entonces fue sorpresiva la noticia para vos?
—Sí, para mí su muerte fue una gran sorpresa, quedé en shock, busqué no transmitir el drama de la situación a mis compañeros, me contuve al máximo posible. Casi ni les quise decir del fallecimiento porque me imaginé que todos iban a pensar en sus familias, en sus padres. Entonces todo iba a ser un caos, así que busqué hacer la situación lo más fría posible y dije “me voy”.
—¿Y qué te pasó después?
—Cuando me fui de la casa de Gran Hermano, me subo al auto, me voy a mi casa en Tandil a acompañar a mi mamá. Y con ella y con Leo, mi pareja, fuimos a esparcir las cenizas a Mar del Plata. Después de todo ese proceso, viendo que mi mamá estaba bien, que era lo más importante para mí, me llamaron de la producción consultándome si estaba para volver y dije que sí. Inmediatamente volví de Tandil a Buenos Aires, tuve unas horas de aislamiento y regresé a la casa. Realmente viví un proceso de duelo adentro de la casa de Gran Hermano.
“Estar triste te apaga”
—Estar en la casa en medio de lo que significa un duelo, ¿pensás que te ayudó a sobrellevarlo?
—Eso lo estuve pensando y acá hay dos partes. En una me jugó muy en contra porque entrar y estar triste te apaga. No podía ser la Daniela que soy en el día a día cuando estoy duelando algo. No podía estar cantando o haciendo chistes o riéndome por cualquier cosa. Me costaba reírme y lloraba también por muchas cosas que naturalmente no me harían llorar. Eso era el duelo, era una tristeza profunda la que estaba viviendo y creo que la sobrellevé de la mejor manera, pero dejó atrás a la Daniela del estado normal, donde soy más alegre, más divertida. Incluso todo eso hizo que me quedara un poco rezagada, no como una de las protagonistas que podría haber sido en la casa. Ese es el lado A.
—¿Y el lado B?
—El lado B era que después de que te pasa algo así, todo lo demás te parece una pavada. Entonces frente a cualquier cosa que pasaba adentro de la casa, que para todos era un dramón, yo pensaba: “¿En serio vamos a llorar o a discutir por esto? Si es un juego”. Y cuando te pasa algo tan importante en la vida real y entrás a un reality en donde todo es un juego, ya está. Esa perspectiva me ayudó. Pero tuve esas dos cosas: por un lado estuve más apagada, me costó ser yo misma, alegre, encendida, divertida, chispeante, y con esas características que tengo en el afuera; pero a la vez, me hizo más resiliente ante las pavadas que pueden llegar a pasar adentro de un reality.
“Explorar la vida«
—¿Contame cómo llegaste a estudiar en la Universidad de Yale?
—Sí, hice un curso online. Pero mi gran estudio de base es con Tony Robbins y Cloe Madanes, que fue también online y duró un año. Aunque mi cocarda es en Harvard, ahí hice de manera presencial el Máster en coaching ejecutivo.
—¿Y qué te llevó a probar la experiencia de un reality?
—Mi primer libro se llama Estás para más y lo que dice es que te animes a explorar la vida. Sí, podés estar bien, pero buscá siempre crecer. Yo no lo busqué, acá hubo una propuesta y me pareció que me desafiaba como persona, no como coach. Ese desafío era que quizás la gente me conociera no como la coach sino como la persona. Era un riesgo, uno que asumí y que volvería a asumir porque no tengo que demostrarle a nadie que soy perfecta. Soy humana y me animo a más, a hacer cosas distintas; no me voy a quedar siempre en el mismo lugar. Nunca.
“Descubrí mi propósito«
—¿En qué momento sentiste que tu camino era ser coach?
—Trabajé muchos años en relación de dependencia; yo llevaba una vida más tradicional. Y cuando estudié coaching me di cuenta de que podía elegir qué hacer y qué no hacer. De un día para el otro uno no puede cambiar su vida, pero sí podés decir: “yo quiero dejar de trabajar en relación de dependencia y tener un trabajo independiente”. En mi caso, descubrí mi propósito y mi pasión, que es el coaching y ayudar a las personas. Cuando descubrí eso, lo apliqué en mí y por supuesto, lo comparto con la gente, pero parte de eso es animarse a más y llegar cada vez a más personas. Casi no trabajo con empresas, no me divierte eso de dar un cursito en una empresa y que todos me miren como diciendo: “¿qué hace esta acá?”.
—¿Entonces qué te gusta a vos de ser coach?
—A mí me gusta la gente. Me encanta recibir mensajes privados y poder darle una línea, poder decir “animate a esto” o hacer un vivo de un tema. Que llegue a gente que no conozco, o hacer grupos con miles de personas. Voy de uno a uno y creo que Gran Hermano me permitía eso, porque más allá de los libros que escribí para poder llegar a más gente, desde ahí me iban a conocer como persona y en segundo término como coach.
—Y en tu caso, ¿en quién te refugias cuando necesitás ayuda?
—El primero fue mi papá, que me enseñó el valor del trabajo. Él fue un hombre que trabajó desde los doce años, lo hizo toda su vida y me inculcó el valor del trabajo. Soy una persona que trabaja muchísimo, todo el tiempo y eso se lo debo a mi papá. Él siempre fue protagonista de su vida y me transmitió eso. Y después, por supuesto, no puedo dejar afuera a las personas que elijo y con las que comparto mi vida, como por ejemplo Leo, que también es protagonista de su vida. Con él nos acompañamos en todo, es mi pareja desde hace nueve años, y fue parte también de conversar la decisión de entrar en Gran Hermano. Lo hablé con él para ver qué opinaba y me apoyó y me dijo que entrara. Me dijo: “Si vas, lo ganás”. Y acá estoy, no lo gané, así que veré si voy al repechaje.
—Igual hay muchas maneras de ganar Gran Hermano…
—Tenés razón con eso. Cien por cien.
La última eliminada del reality habló con LA NACION y contó qué la motivó a probar suerte en el popular ciclo de Telefe Personajes

