La “W” es la letra clave. Con sólo mencionarla, quienes están orbitando el universo Torres del Paine saben muy bien a qué se refiere. No es la inicial de ningún nombre propio, tampoco un apócope: simplemente es la letra que describe el recorrido; más bien, una representación geográfica del trekking más emblemático de este parque nacional chileno, que se llama así porque el circuito que conecta los tres valles forma esa letra en el mapa. Son 76 kilómetros de senderos repletos de bosques, ríos, lagos, glaciares y montañas que demandan entre cuatro y cinco días, y para los que hay que estar bien preparados.
Esta vez, nosotros no llegamos hasta aquí para completar la W, porque sólo tenemos dos días para testear algunos de los atractivos de Torres del Paine. Vamos a hacer uno de los senderos que unen el Paine Grande con el refugio Grey, ida y vuelta. Para hacerlo, llegamos hasta Puerto Pudeto después de tres horas de viaje desde El Calafate, incluyendo las demoras habituales en Migraciones, desde donde zarpa el catamarán que une este sitio con Paine Grande en cinco horarios durante el día: 8.30, 10.30, 16.15, 17 y 18.
Llegamos al último horario, aunque todavía el sol está bien arriba, como corresponde a esta época del año (diciembre). El catamarán zarpa cargado de mochileros emperifollados con colores chillones y ropas capaces de soportar el frío del extremo sur. El turquesa del lago Pehoé es tan intenso que genera un contraste inevitable con el verde, marrón y blanco de las montañas. El paisaje pasa en cámara lenta y no hay viento −que aquí es amo y señor− que quite las ganas de salir a cubierta para contemplarlo.
Después de media hora de navegación, llegamos al refugio Paine Grande, gestionado por la empresa Vértice, mientras el sol se cuela entre las nubes para alumbrar porciones de los Andes. Las montañas del macizo −el Almirante Nieto y los Cuernos del Paine− se revelan de a poco.
Paine Grande es un mundo en sí mismo. Un edificio central con espacio para cien aventureros en habitaciones con cuchetas, sectores para carpas ya armadas y hasta un minisupermercado. Un verdadero centro de operaciones para senderistas de todos los acentos. Nos acomodamos en una habitación compartida, donde conocemos a Soledad de la Cuadra y a su hija, Maya, que acaba de cumplir 18. Como regalo de cumpleaños, decidieron encarar este viaje de madre e hija por Torres del Paine.
Cuando el clima lo permite, aparecen los Cuernos a los pies del Pehoé. El bar de arriba del refugio sirve pisco sour, cervezas y vistas, y abajo ya se siente el calor de la estufa y el olor a sopa y a comida portentosa. El comedor es un zumbido de idiomas, botas embarradas, risas y platos humeantes. Hay algo en la energía de ese lugar −la mezcla de cansancio, entusiasmo y una cierta reverencia por el entorno− que hace que uno sienta que está exactamente donde tiene que estar.
A la mañana siguiente salimos temprano. El sendero hacia el refugio Grey es, según los carteles, exigente: poco más de 11 kilómetros de ida, entre subidas y bajadas, bosques de lenga, miradores y alguna que otra sorpresa. Apenas enfilamos hacia la primera quebrada, la lluvia y el sol nos regalan un arcoíris completo.
La jornada es larga, pero en verano el sol se queda hasta tarde. Cruzamos praderas abiertas donde el viento empuja sin tregua. En los tramos de bosque, la calma es otra: raíces, barro, sombras frescas. Las lengas crujen, los rayos se filtran. El aire tiene ese olor a madera húmeda que sólo se siente en los bosques del sur.
El primer mojón es la laguna de Los Patos. Tomamos un breve descanso para encarar la próxima etapa de subida casi constante, hasta el primer avistaje del glaciar Grey, que se empieza a contornear a lo lejos. En el camino, empezamos a ver pedazos de témpanos que derivan solitarios. Cuando por fin vemos el glaciar, perdido entre la bruma patagónica, se despierta la ansiedad por querer llegar. Pero la realidad es que estamos a mitad de camino. Unos senderistas nos animan, hablando fuerte para sortear el zumbido del viento. Seguimos camino hacia el refugio Grey y, después de casi cuatro horas, llegamos. El lugar es superacogedor. Una estructura de madera y chapa, prolijamente decorada, un poco menos concurrida también. Adentro se replica la Torre de Babel: idiomas que se entrelazan buscando un hilo en común. Como hay que pagar aparte por el wifi, muchos eligen volver a entablar el arte de la conversación y los juegos de mesa. Y hay algo reconfortante en esto. Hacemos unos mates y nos recuperamos un poco de la caminata. Nos volvemos a encontrar con Soledad y Maya, que llegan extasiadas por lo vivido. Soledad nos cuenta que viven en Frutillar y que es arquitecta. Y que este viaje es una forma de conectar con su hija desde un lugar distinto, más profundo. Reflexionamos sobre lo necesario de crear estos momentos que generan algo que parece tan difícil de lograr en medio del influjo permanente de estímulos virtuales: la construcción de recuerdos, de momentos memorables. Algo que nos constituye, pero parece olvidado entre tanta notificación innecesaria.
Nos enteramos de que el pronóstico para el día siguiente no es nada alentador. Entonces decidimos hacer un esfuerzo extra e ir hasta los puentes colgantes y acercarnos lo máximo posible al glaciar. Maya decide quedarse a leer: le duele uno de los tobillos. Junto a Nico, el fotógrafo, y Soledad, tomamos el sendero indicado y seguimos charlando de la vida, de los cambios en la forma de relacionarnos, de dialogar, de encontrarnos. “Dime si este jardín no parece haber sido diseñado por alguien”, dice Soledad, señalando la vegetación frondosa, preciosista, inmaculada. “Tal vez fue diseñado por Dios”, agrega, en un remate a prueba de ateos.
El tono religioso se mantiene cuando a Sole le llega el momento de cruzar el primero de los dos puentes colgantes. La estructura de madera y cables de acero se extiende sobre una garganta angosta donde corre agua rápida. Su primera reacción es pegar la vuelta, pero finalmente se anima. Ya para el segundo puente está más suelta, por suerte. La extensión se duplica, y la quebrada debajo multiplica su altura. Hacia la derecha, el río baja con toda potencia. A la izquierda, el glaciar se expande hacia el horizonte neblinoso y blancuzco. La vista es alucinante. Las piernas tiemblan, pero no sólo por el miedo. Cada paso en ese cruce de madera parece suspendido en el tiempo, como si uno flotara sobre el vacío. Al llegar al otro lado, el silencio se rompe con carcajadas nerviosas y miradas cómplices. La adrenalina es parte del viaje.
Todavía falta un tramo más hasta el mirador. Zigzagueamos en un bosque bajo de lengas, entre piedras cubiertas de musguito y flores. Por un momento, perdemos de vista al glaciar, aunque entre los claros del bosque vemos algunos témpanos deambulando. Subimos por un promontorio rocoso. Allí, el mirador. Ahí está: el glaciar Grey, un frente de hielo azul que cae sobre el lago como una lengua antigua. El viento sopla con muchísima fuerza. Nos quedamos en silencio. Es imposible mirar eso sin pensar en la potencia de la naturaleza. El estruendo sordo de un desprendimiento lejano nos recuerda que el glaciar está vivo. Que avanza, retrocede, respira a su propio ritmo.
Regresamos al refugio Grey en una hora y media, sorteando una lluvia intermitente, mientras Soledad nos cuenta de los digüeñes, unos hongos parecidos al llao llao, que crecen en los árboles, son comestibles y se reproducen aquí por doquier. Llegamos molidos del cansancio, pero del bueno, de ese que se disfruta tanto que hace olvidar el frío, el agua y la incomodidad inevitable de la montaña. Dormimos allí, con los cuerpos cansados y el recuerdo del glaciar flotando como un eco. Los más intrépidos pueden acceder desde acá al Circuito O, donde el glaciar se ve desde arriba, casi en vertical. Uno de los senderos más peligrosos y menos recomendados para principiantes (mínimo ocho días).
Al otro día, antes de regresar al refugio Paine Grande, volvemos a acercarnos al glaciar y bajamos hasta una playa de piedra negruzca, donde flota un témpano gigante y donde los pájaros buscan pequeños peces atrapados entre los hielos. Un cóndor navega el cielo en círculos. Desde allí, el hielo parece no tener fin. Una planicie blanca y azulada que se pierde entre las nubes bajas.
Emprendemos el regreso y el camino parece otro. Los árboles que no vimos, los sonidos que no escuchamos. El silencio vuelve a acompañarnos hasta Paine Grande. El clima se pone más extremo. El viento se acelera, la lluvia chicotea, la impermeabilidad de lo waterproof flaquea. Nieva. Entonces aparece otra vez el lago, otra vez el refugio. La misma estructura, pero con otra mirada. Compartimos unas cervezas, intercambiamos fotos, escribimos impresiones cargadas de simbolismo, hablamos con extraños. Esa noche, el viento silba con fuerza y, en el salón común del refugio, todos buscan un hueco frente al fuego de la salamandra. Es que esta caminata, ese cruce, ese glaciar, no se va fácil. Porque hay paisajes que se caminan con los pies y otros que se caminan con la memoria. Y este, el del Grey, es de los que quedan para siempre.
Datos útiles
Las reservas son imprescindibles. No sólo los hoteles, también los pasajes en bus, los traslados en catamarán y los cupos de ingreso al parque se agotan, sobre todo de noviembre a febrero.
Cómo llegar y moverse
- PN Torres del Paine La entrada tiene un valor de 1 a 3 días (CLP 34.000) y sube para quienes se alojan más de 3 días (CLP 48.500). El catamarán de Puerto Pudeto a Paine Grande, CLP 27.000 por tramo. La cantidad de frecuencias depende de la temporada (dos en baja, cuatro en alta). Hay servicio de buses que conectan Puerto Natales con Laguna Amarga, Pudeto, y el sector Administración. Las principales empresas son Bus-Sur, Buses Gómez, y Base Torres. También existe un shuttle entre Laguna Amarga y el Welcome Center Las Torres.
Dónde dormir
- Vértice Travel +56 22 712 6233. FB: vertice.travel Uno de los concesionarios históricos dentro del Parque Nacional Torres del Paine. Opera, entre otros, el Refugio Paine Grande y el Refugio Grey, dos puntos estratégicos para quienes recorren el circuito W o el Macizo Paine.

- Paine Grande, a orillas del lago Pehoé y frente a los Cuernos, funciona como gran base de operaciones: ofrece habitaciones compartidas tipo refugio, camping equipado, restaurante y bar. Desde allí parte el sendero hacia el glaciar Grey. El Refugio Grey, más íntimo, está ubicado en medio del bosque y a pasos del lago homónimo, con acceso a los famosos puentes colgantes y a miradores privilegiados sobre el frente del glaciar. Conviene reservar con mucha anticipación en temporada alta (noviembre a marzo). La cama armada, para una persona, u$s 105. Con pensión completa u$s 100 más.

- Hotel del Paine Villa Río Serrano +56 9 4495 3624 IG: @hoteldelpaine Frente al macizo Paine y con vista directa a los Cuernos, este hotel de perfil clásico patagónico combina confort y ubicación estratégica. Las habitaciones, amplias y luminosas, miran hacia el cordón montañoso o al río Serrano, y el restaurante es uno de sus grandes atributos. Es una opción ideal para quienes buscan recorrer el parque durante el día y regresar a un entorno cómodo, con servicios completos y atención personalizada. Suele funcionar como base para excursiones guiadas y cabalgatas en la zona. La habitación doble, con desayuno, desde u$s 450.
Una versión exprés de este paraíso del trekking: dos días intensos entre glaciares, bosques, lagos y montañas de granito Revista Lugares

