• 2 de marzo de 2026 19:30

Correte dominguero

Porradioplayjujuy

Mar 2, 2026

Son los que están en el medio y no se corren. Van ahí, lentos, tranquilos. Nadie los apura y caminan como si pisaran huevos. Si los quiere pasar por derecha, bloquean; si los quiere parar por izquierda, imposible; van de a muchos, todos juntos, como si fueran los niños de excursión con la maestra. Son los famosos domingueros: familias enteras dispuestas a estirar cada acción con tal de llenar el tiempo y, todo, low cost.

Los domingueros salen a buscar actividades buenas, bonitas y baratas. Gasto cero o no hay plata son sus leit motivs. Los domingueros tienen lugares predilectos para salir a disfrutar las últimas horas del fin de semana antes del regreso a la rutina. Su lugar en el mundo son los shoppings. El ingreso es gratuito, es seguro, tiene aire acondicionado y hay dos horas de estacionamiento gratis. Y ahí están dando la vuelta, paseando, tranquilos, mirando. Ni siquiera entran a los locales a revolver o a pispear de cerca. Tienen ese código implícito con los vendedores: se reconocen mutuamente y saben que no unos no quieren comprar y los otros no van a poder venderles. Entonces caminan con la tregua en mano. Quizás, un helado; quizás, un pochoclo; quizás, unos fichines, pero nada más.

Los otros domingueros son los que prefieren el aire libre y le quieren poner adrenalina a la vida. Esos son los que apelan a un clásico repetido hasta el cansancio: ir a la Costanera norte a ver los aviones aterrizar y despegar de Aeroparque. Se llevan la silla de plástico, el termo con agua caliente, los bizcochos y la paciencia para esperar cada arribo y despegue. Llega uno de Aerolíneas Argentinas, se va uno de American Airlines, baja uno de transporte de cargas, se va uno sanitario. Y las horas pasan y, quien se aburre, puede cruzar la avenida e ir a ver a los pescadores apostados ante la inmensidad del río. Esos son la evolución del dominguero, porque están ahí despuntando el viejo hobbie que tiene su punto alto en embarcaciones o excursiones a ríos lejanos de la provincia de Buenos Aires. Su presencia en la Costanera es más bien un pasatiempos para tomar aire y salir del encierro del hogar.

Los domingueros no descansan y trabajan en vacaciones porque, después de un día de playa, post baño para sacarse la arena y cena en la casa alquilada, salen al ataque. Así, se patean la peatonal de arriba abajo. Invaden San Bernardo, Santa Teresita, Mar de Ajó, Villa Gesell. Ven a los puesteros, a los que hacen diseños sobre chapa con aerosoles, a los hippies que venden artesanías y a los artistas callejeros que bailan, cantan y piden palmas. Quizás, larguen unos pesos para comprar el souvenir que cambia de color para anunciar que llueve. Y listo. Nada más. Al día siguiente volverán a ver si se perdieron de algo o si el artista callejero ofrece otra bijouterie. La última noche quizás coronen todo con una pizza.

También están los domingueros que llegan del Interior hacia la Ciudad de Buenos Aires. Saben de su esencia y la aprovechan. Y así es que se toman un colectivo y se recorren la Ciudad, porque la desgracia de estar embotellado en la 9 de Julio es, para ellos, una experiencia nueva; porque hacer avenida Del Libertador de norte a sur hasta quedarse trabado a la altura de Dorrego es un deleite; porque caminar por calle Florida, en busca de los bronces de otras épocas, es divertido (todo aplacado por los gritos de los arbolitos).

A los domingueros hay que quererlos porque usted, su vecino que saca a pasear al perro a medianoche, su compañero de trabajo que siempre compra yerba o la médica que le hace una ecografía con una sonrisa son integrantes de ese grupo. La tentación de relajarse, por el simple hecho de hacerlo, sin tener que pensar en gastar dinero, en sentarse a consumir, en sacar entradas, les llega a todos en cualquier momento.

​Son los que están en el medio y no se corren. Van ahí, lentos, tranquilos. Nadie los apura y caminan como si pisaran huevos. Si los quiere pasar por derecha, bloquean; si los quiere parar por izquierda, imposible; van de a muchos, todos juntos, como si fueran los niños de excursión con la maestra. Son los famosos domingueros: familias enteras dispuestas a estirar cada acción con tal de llenar el tiempo y, todo, low cost. Los domingueros salen a buscar actividades buenas, bonitas y baratas. Gasto cero o no hay plata son sus leit motivs. Los domingueros tienen lugares predilectos para salir a disfrutar las últimas horas del fin de semana antes del regreso a la rutina. Su lugar en el mundo son los shoppings. El ingreso es gratuito, es seguro, tiene aire acondicionado y hay dos horas de estacionamiento gratis. Y ahí están dando la vuelta, paseando, tranquilos, mirando. Ni siquiera entran a los locales a revolver o a pispear de cerca. Tienen ese código implícito con los vendedores: se reconocen mutuamente y saben que no unos no quieren comprar y los otros no van a poder venderles. Entonces caminan con la tregua en mano. Quizás, un helado; quizás, un pochoclo; quizás, unos fichines, pero nada más. Los otros domingueros son los que prefieren el aire libre y le quieren poner adrenalina a la vida. Esos son los que apelan a un clásico repetido hasta el cansancio: ir a la Costanera norte a ver los aviones aterrizar y despegar de Aeroparque. Se llevan la silla de plástico, el termo con agua caliente, los bizcochos y la paciencia para esperar cada arribo y despegue. Llega uno de Aerolíneas Argentinas, se va uno de American Airlines, baja uno de transporte de cargas, se va uno sanitario. Y las horas pasan y, quien se aburre, puede cruzar la avenida e ir a ver a los pescadores apostados ante la inmensidad del río. Esos son la evolución del dominguero, porque están ahí despuntando el viejo hobbie que tiene su punto alto en embarcaciones o excursiones a ríos lejanos de la provincia de Buenos Aires. Su presencia en la Costanera es más bien un pasatiempos para tomar aire y salir del encierro del hogar.Los domingueros no descansan y trabajan en vacaciones porque, después de un día de playa, post baño para sacarse la arena y cena en la casa alquilada, salen al ataque. Así, se patean la peatonal de arriba abajo. Invaden San Bernardo, Santa Teresita, Mar de Ajó, Villa Gesell. Ven a los puesteros, a los que hacen diseños sobre chapa con aerosoles, a los hippies que venden artesanías y a los artistas callejeros que bailan, cantan y piden palmas. Quizás, larguen unos pesos para comprar el souvenir que cambia de color para anunciar que llueve. Y listo. Nada más. Al día siguiente volverán a ver si se perdieron de algo o si el artista callejero ofrece otra bijouterie. La última noche quizás coronen todo con una pizza. También están los domingueros que llegan del Interior hacia la Ciudad de Buenos Aires. Saben de su esencia y la aprovechan. Y así es que se toman un colectivo y se recorren la Ciudad, porque la desgracia de estar embotellado en la 9 de Julio es, para ellos, una experiencia nueva; porque hacer avenida Del Libertador de norte a sur hasta quedarse trabado a la altura de Dorrego es un deleite; porque caminar por calle Florida, en busca de los bronces de otras épocas, es divertido (todo aplacado por los gritos de los arbolitos). A los domingueros hay que quererlos porque usted, su vecino que saca a pasear al perro a medianoche, su compañero de trabajo que siempre compra yerba o la médica que le hace una ecografía con una sonrisa son integrantes de ese grupo. La tentación de relajarse, por el simple hecho de hacerlo, sin tener que pensar en gastar dinero, en sentarse a consumir, en sacar entradas, les llega a todos en cualquier momento.  Opinión