DOHA.- Las calles ya lo avisan. Sobrias, despojadas de lo que no se precisa para ser elegantes, con la tibieza que da el sol en invierno en estas partes del mundo y apenas un poco del olor dulce de las especias que se mezclan en el aire, envuelven manzanas que parecen salidas de una maqueta, por lo pulcras, por lo simétricas, por los edificios. Las calles lo avisan. En este lugar, el centro de Mscheireb, el área emergente y moderna de la capital de Qatar, las construcciones son parejas: todas rectangulares, todas de no más de siete pisos, todas de tono pastel y todas con la misma impronta, la parquedad que se luce. Los torres altísimas y espejadas de Doha están lejos. Las calles lo anuncian. Con carteles bordó y letras blancas. Este jueves 5 de febrero la feria de arte contemporáneo Art Basel, la más importante del mundo en su rubro, abre al público por primera vez en Qatar y las calles también comienzan a llenarse de curadores, de compradores, de artistas, de galeristas y actores del mercado del arte que tendrán acceso preferencial a una mirada de lo que la primera edición montada en Medio Oriente va a tener.

Los números de Art Basel son muchos: cinco ferias en todo el mundo, una sola en Medio Oriente con 87 galerías, un artista por cada una de ellas, tres días, 5 y 6 y 7 de febrero, 84 creadores participantes, 31 países, más de 15 de la región, 7 mesas de conversaciones, 9 proyectos especiales, precios que van desde 14 mil dólares a cifras bastante más altas, dos edificios, cinco salones repletos de obras y varios espacios más. En momentos en que gran parte del mundo se queja porque las ventas no repuntan y los espacios no consiguen captar la atención como lo hacían, Qatar quiere mostrar otra cara.


El tema bajo el cual se alineó el concepto de la feria, dirigida por el egipcio Wael Shawky, es Becoming (algo así como convirtiéndose), con énfasis en el gerundio porque ahí está el punto. Así lo indicaron sus organizadores. En una conferencia en la previa a la apertura al público, Noah Horowitz, CEO de Art Basel, dijo que la misión es “conectar, no solo reflejar el arte sino ser catalizador; pensar en seguir moviéndose, crecer. Ser locales pero de manera global”. También remarcó que esta primera edición en Qatar no es para nada copia de las otras que ya están instaladas en Miami, Hong Kong, París, Basilea, sino que es una muestra que refleja la hospitalidad, la dinámica, la ambición del país.
Tras él quien habló fue la jequesa Sheikha Al-Mayassa, el rostro de esta ambición cultural y quien desde hace años impulsa el crecimiento de instituciones y asociaciones para llevar el arte de su país al lugar que el fútbol lo hizo cuatro años atrás, con la copa mundial que ganó la Argentina. Vestida de negro con el tradicional hiyab, solo su cara al descubierto, nada de pelo, los ojos bien pintados de negro y zapatillas de suela blanca, nombró cada uno de los museos que se destacan en el país y también se refirió al movimiento al asegurar que “la identidad de una nación se construye capa por capa y ell futuro siempre es ancestral”. Luego, la también presidenta de Qatar Museums, la mujer que se encargó de que en 2025 el Museo Nacional presentara, en asociación con el Malba, la primera gran exposición de arte latinoamericano en la región, y hermana del emir Tamim bin Hamad Al Thani insistió en que su objetivo también es que la industria conozca a los artistas de Medio Oriente y cerró: “El arte nos conecta, nos inspira, nos cura”, ante una audiencia de la región pero además de Europa y de América Latina.

La entrada a la primera muestra les da la razón al tema de la feria, a la jequesa y al CEO. En el edificio del Distrito de Diseño de Doha, repleta de colores, texturas, superposiciones, el artista palestino Khalil Rabah abre el recorrido con su instalación Transición, por sobre otras cosas, que aparece como algo que está ocurriendo pero que todavía no ocurrió. Y así sigue. Hay mesas dadas vuelta, montones de clavos, ollas apiladas, bicicletas mezcladas, herramientas tiradas, bloques de hormigón, sillas desparramadas, juegos de niños y adornos dorados en cajas, entre rejas. Es una obra que habla de presiones políticas, que indaga en la vida cotidiana, en el desarraigo, en la supervivencia, en la reinvención.


Tras esta bienvenida el movimiento sigue en los dos salones del primer piso y luego se traslada apenas unos metros, entre oficinas de Google, tiendas de lujo como Fendi y Versace, los carteles bordó en cada una de los postes de luz de la ciudad y los avisos ya más grandes que se cuelan en las fachadas en que caben y dicen cosas como “el arte es radiante” o “el arte e eminencia”. Llegan hasta el M7, el edificio que funciona epicentro para la innovación y el emprendimiento en diseño, moda y tecnología, también sobrio, también recto y de líneas bien marcadas. Allí dentro los números crecen: hay obras del estadounidense Jean-Michel Basquiat, de la saudí Manal Al Dowayan, del británico Idris Khan, de la japonesa Shigeko Kubota, hay obras del mexicano Gabriel Orozco, también del italiano Alighiero Boetti, entre ellas Tutto, de 1988 y según explican desde la galería Tornobuoni, una pieza que da cuenta de un patrón complejo, que refleja el caos para un artista que siempre buscó el orden, y que entiende que la belleza está en todos lados. Hay obras de la egipcia Iman Issa, del venezolano Alvaro Barrington (todas con marcos con volumen), del iraní Siah Armajani, en particular dos versiones tituladas La tumba de Arthur Rimbaud. No hay representación argentina, sí obras del surcoreano Yunchul Kim, quien también se centra en el movimiento al explorar el proceso en el que la frontera entre la materia natural y el artefacto cultural se disuelven y se transforman en un estado constante de devenir.


Además hay obras del ghanés El Anatsui, del cachemiro Raqib Shaw, del pakistaní Imran Qureshi, del turco Kutlug Ataman, cuatro cuadros de la tunecina Nadia Ayari, que pinta en capas flores en colores e intervenidas con artefactos que provienen de la tecnología para dar cuenta, según la galería que la trajo, “de los cambios que se perciben en la vida”. Otra vez, aquí, el movimiento. Como en el trabajo de Kimsooja, la artista nacida en Corea del Sur que trabaja con videoarte e imágenes y que en esta feria presenta un video sobre el trabajo de quienes cosen prendas de vestir en India. Hay muchas más obras y entre ellas seis pinturas del español Pablo Picasso: Busto de hombre, Cabeza de mosquetero, Naturaleza muerta, Frutas y vasos, Paisaje de pinos y Mosquetero II.


La apuesta es grande, la expectativa también. Los organizadores prevén que el público en su mayoría llegue de Medio Oriente, pero también reconocen que habrá una gran afluencia desde Europa y más. La feria fue pensada para eso. Está en el plan, está en la selección de piezas, en los nombres de los artistas, en los edificios y en los alrededores. En las instalaciones que aparecen en medio del espacio público, en un recorrido de un sitio al otro. La feria está en los asistentes, en la moda, en las hiyabs intervenidas para la ocasión, con costuras en blanco particulares, en los trajes sastreros, los blazers de diseñador, los anillos llamativos. Todo este distrito de Doha está tomado por el arte, por Art Basel, también los café, los restaurantes, las plazas que en vez de aire libre muestran obras, (hay una que se destaca, a la salida del edificio central: es de la sudafricana Sumayya Vally y rinde homenaje a los espacios de encuentro, como jardines y patios y riberas perdidos en el mundo musulmán). Por tres días completos, con actividades desde la mañana hasta la noche, este será el centro de lo que pasará en Qatar. Estas doce cuadras, impolutas, como sacadas de un estudio, todas en tonos beige.



Consolidada su trayectoria desde Basilea a Miami, París y Hong Kong, ahora más de 80 galerías presentarán hasta el fin de semana en Doha obras de artistas de todo el mundo Cultura

