Benjamín Equiza tiene 11 años, cursa el segundo año del secundario en una institución privada de La Plata y tiene Altas Capacidades Intelectuales –o “superdotación intelectual”- algo que le permite tener un razonamiento verbal, poder de abstracción y una inteligencia creativa diferente a los chicos de su edad. Hijo de María Soledad Heit y Andrés Equiza, el pequeño vivió siempre bajo la lupa. A los seis meses de vida ya hablaba y al año y medio le dijo a su mamá que no quería usar más los pañales. “Mi marido me cargaba diciéndome que ‘nunca tuvimos un bebé’. Él, desde chiquito, era muy independiente y demandaba mucho en aprender cosas que no eran normales a su edad”, explicó su mamá en diálogo con LA NACION. De esta manera recordó los indicios que, años más tarde, convertirían a su hijo en el protagonista del primer proyecto de ley que se judicializó en el país para promover la atención pedagógica y la asistencia necesaria para los chicos superdotados.
El inicio académico de Benjamín comenzó en el jardín maternal y tuvo su primer obstáculo en sala de 3. En ese momento, sus conocimientos avanzados –saber leer e interpretar contextos– chocaban contra los de sus compañeros quienes, en algunos casos, no sabían hablar de manera fluida ni tampoco habían dejado los pañales.

“Un día la maestra estaba leyendo un cuento sobre un lobo que hablaba y él la interrumpió y le dijo: ‘Seño, no le mientas a los chicos. Los lobos no hablan’. Lo que decía Benja tenía sentido, pero no para una sala de 3”, contó Soledad. A raíz de esta situación se dio un desfasaje entre lo intelectual y lo emocional para el niño, quien, al no encajar en el cronograma educativo, somatizó sus emociones: solía tener episodios de vómitos cíclicos durante las noches. “La psicopedagoga del colegio nos dijo que estaba avanzado, ya hacía cuentas matemáticas. Ahí surgió lo de las Altas Capacidades”, explicó Heit sobre el diagnóstico que recibió por parte de un profesional.
Este 14 de marzo se celebra el Día Internacional de las Altas Capacidades en honor al nacimiento de Albert Einstein. En la Argentina, en cambio, se fijó esa fecha en el calendario para el 25 de junio. Aunque no existe un porcentaje probado, se presume que el 15% de la población mundial tiene Altas Capacidades y, solo el 2%, superdotación.
“Una minoría que necesita ser atendida”
Las conductas y acciones de Benjamín se tradujeron en un diagnóstico que reafirmó lo que pensaba su papá y dejó atónita a su mamá. “Quedé en shock. Yo decía ‘ya tenemos el nombre’ de lo que le pasa, pero cómo seguimos. Es todo un desafío ser madre y más de un chico que tiene el cerebro como si fuera un árbol con muchas ramificaciones. Él complejiza lo simple. Le preguntás cuánto es 2+2 y se te queda mirando, buscando la complejidad”, asegura Soledad.
El informe médico vino aparejado con el pedido de que Benjamín avance su escolaridad por sus conocimientos y pase, ese mismo 2019, a primer grado. “Fuimos al colegio, dimos toda la información de la psicóloga y el jardín lo tomó, lo elevó luego a los organismos pertinentes y ahí nos enteramos que en la provincia de Buenos Aires los chicos no pueden adelantar la cursada por su edad cronológica. Así que Benjamín estuvo unos días en sala de 4, otros en sala de 5. Fue manoseado por el sistema educativo. Como el colegio no tenía el aval de inspección, no sabían qué hacer. El diagnóstico por un lado lo perjudicaba emocionalmente a él y, por otro, el ministerio de Educación amenazaba al colegio con hacerle un sumario si desobedecían la orden”.
Mientras la puja crecía y los meses pasaban sin una resolución, llegó el deseado visto bueno del Ministerio. “Él se egresó en noviembre con nenes que no conocía. Estuvo dando vueltas todo el año. Cuando finalmente comenzó primer grado, arrancó la pandemia. Físicamente estuvo dos días en el colegio, después fue todo virtual”, rememoró Soledad sobre la educación de su hijo, que seguía sin poder encajar con sus Altas Capacidades en contenidos que ya conocía y retrasaban su aprendizaje.
En medio de un 2020 turbulento, con restricciones sanitarias por la pandemia de Covid-19, Soledad y Andrés se pusieron el overol, hablaron con la psicopedagoga y concluyeron, mediante criterios médicos, que Benjamín, a sus entonces 6 años, tendría que cursar tercer grado. Para ello, debió completar el ciclo lectivo de primer grado y, al no existir la figura de alumno libre en la Provincia de Buenos Aires, debió rendir un examen especial para avalar sus conocimientos en Lengua y Matemáticas y así superar, de forma exprés, el segundo año de la educación primaria.
Con un promedio de 10, acreditó sus saberes y pasó de grado. En junio de 2021, en la mitad de su cursada de tercero, un revés inesperado por parte de la Dirección General de Cultura y Educación bonaerense volvió a poner trabas en su formación: no le reconocieron el certificado de validez nacional y debía retroceder a segundo grado, con la particularidad que en ese año y el anterior se había anulado la repitencia en los colegios.

Lo que siguió fue una medida cautelar de la familia de Benjamín para que continúe su escolaridad en tiempo y forma, sumado a una denuncia presentada al INADI por discriminación. “No aceptan a una persona que procesa la información de manera diferente, que le cuesta adaptarse y eso implica un sufrimiento interno grandísimo, dejando de ser quien sos para encajar en el aula. La necesidad de aprender de Benjamín se ve frenada porque tenés que ser empático con el que aprende con vos, cuando el sistema nunca fue empático con él”.
En medio de la avanzada judicial, el caso llegó al Juzgado de Garantías N°2 de la Provincia de Buenos Aires, a cargo del juez Federico Atencio, quien debió interiorizarse desde cero sobre el tema: “Cuando se rechazó la cautelar fuimos a hablar con él y no tenía idea de qué iba, tuvo que abordar un caso de educación cuando era un juzgado penal. Con la abogada de la familia le contamos de qué se trataba, él se interiorizó en superdotación, comprendió que estaban vulnerando sus derechos y revalidó el certificado”.
Además del encuentro con el juez, Soledad Heit se reunió con asesores del ministerio de Educación y con la Defensoría Pública de Menores e Incapaces, quienes intervinieron en el proceso e interactuaron con el pequeño. “Fue inhumano todo el proceso judicial, desgastante. Benjamín terminó saturado. Preguntaba´¿qué más tengo que hacer?´, estaba todo el tiempo en la mira”, precisó la mujer, quien, a medida que rememora la lucha, se envalentona al brindar datos, números, encuentros con autoridades nacionales y otros tantos hechos que decantaron en un proyecto de ley para que el caso del niño platense marque un precedente en el país y sea la voz de una pequeña porción de la población que es marginada.
El proyecto de ley que quedó “cajoneado”
El fallo favorable del juez Federico Atencio fue un bálsamo en medio de un clima turbulento donde un niño de siete años exponía sus necesidades ante un sistema obsoleto. La resolución judicial también agregó la inclusión de un proyecto pedagógico ideado especialmente para él, pero que se cumplió a cuentagotas.
“Después de la sentencia adelantaron a un montón de chicos, generaron nuevos contenidos y hasta propusimos una capacitación gratuita a los docentes para adecuar una clase. No solo nunca aceptaron la petición, sino que, en un momento, nos cansamos de hacer el trabajo que tenía que hacer el Ministerio de pasar los datos de cada chico, con su diagnóstico, para que el Ministerio solo ponga un sello. Ellos nunca se hicieron cargo y nosotros le salvábamos las papas”, aseguró sobre un trabajo que buscó aggiornar conceptos y darle lugar a la inclusión. “Al día de hoy los chicos siguen igual que hace diez años”, afirmó.

En 2024, el diputado Claudio Frangul, de Juntos -la alianza que la UCR integraba con el PRO y otras fuerzas- firmó y presentó el proyecto de la “ley Benjamín”, con el fundamento de “establecer un marco legal que garantice el acceso a la educación de niñas, niños y adolescentes con Altas Capacidades Intelectuales, como así también promover una educación más inclusiva”. Lo que siguió fue un encuentro con Alberto Sileoni, ex Director General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, quien aprobó la petición y elevó el proyecto a la Comisión de Educación para que continúe su curso. A partir de ese momento, los días pasaron y pasaron. La resolución aún sigue demorada.
El proyecto vive en un cajón. Sileoni dejó su cargo en diciembre de 2025 y Frangul siguió los mismos pasos al no ocupar más su banca. El caso de Benjamín es el primero que se judicializó bajo la esperanza de que cambien las normativas vigentes para los niños con Altas Capacidades.

“Benja se acostumbró a decir que el secundario lo tiene que pasar y en algún otro momento va a aprender. Eso es lo triste. El sistema educativo siempre va a estar en falta mientras en Provincia de Buenos Aires mantengan esta postura. Da todo igual: no importa la discapacidad o el potencial que haya en un aula”, argumentó la mamá del nene que fue evaluado y señalado desde que tiene uso de razón.
En memoria de su papá, Andrés
Mientras el proyecto pujaba por salir a la luz y ser la punta de lanza para los niños y niñas con Altas Capacidades, la salud de Andrés Equiza, papá de Benjamín, se vio afectada por un cáncer de esófago. Desde ese entonces, la prioridad se basó pura y exclusivamente en la integridad del sostén de la familia que, junto a Soledad, estuvieron al pie del cañón para mejorar la calidad de vida de su hijo.

“La primera parte del tratamiento funcionó bien, pero en abril de 2025 empezó a desmejorar un montón y no lo podían operar porque se le hizo metástasis en el hígado. Fue muy duro el último tramo de la enfermedad”, contó Soledad sobre el diagnóstico de Andrés que quedó hospitalizado en mayo de ese año.
A los pocos días, un llamado desde el hospital derrumbó a la familia con una dura noticia: Andrés transitaba sus últimas horas de vida. Benjamín, apenas recuperado de una infección viral, pudo despedir a su papá, quien lo cobijó y le enseñó cómo jugar al ajedrez, dejándole un legado que al día de hoy se encuentra en stand by al no tener a su compañero de vida al lado.

“Papá, ya está. Hiciste mucho. Voy a ser exitoso como te lo prometí”. Entre lágrimas, Soledad recordó el diálogo que tuvo Benjamín con su padre antes de su muerte. Hoy se encarga de la distribuidora de insumos de ferretería que montó junto a quien fue su compañero de vida. A futuro, vislumbra que la historia de su hijo tendrá un capítulo más, al desear que el proyecto que protege los derechos del menor y otros tantos casos invisibles, no quede en un cajón de un despacho judicial repleto de polvo.
“Andrés estuvo a la par mía, luchando con Benja. Creo que hay pocos papás tan involucrados como él. Yo era blanda con el ministerio y él me decía que no podíamos tener empatía con alguien que no la tuvo con nuestro hijo”, concluyó.
Su infancia y primeros años de escuela estuvieron marcados por medidas cautelares; el apoyo de su familia y el crudo testimonio de su mamá a LA NACION Sociedad

