Dicen que el que busca encuentra y que preguntando se llega a Roma. Supongo que también funciona en Orlando. Con algunos datos de paisanos que viven en esta ciudad y Google Maps atiborrado de pines guardados desde que vi el episodio de Orlando de la serie de Netflix Somebody Feed Phil, salimos con espíritu exploratorio.
East End Market

Llegamos al East End Market porque Phil Rosenthal había recomendado varios puestos. El mercado ya es un hallazgo: un espacio tranquilo –alejado de las multitudes–, con tienditas de diseño y una oferta gastronómica de gran nivel a precios inesperados para la calidad que ofrece. Desde café de especialidad y dulces japoneses hasta cocina asiática, los tres imprescindibles para un recorrido foodie son las cookies de Gideon’s Bakehouse –robustas, con buen chocolate, muy lejos de ser un simple fenómeno viral–; el wagyu al paso en la adorable barra japonesa Gyukatsu Rose –recomendado por Michelin, donde se termina de sellar la carne en una pequeña parrilla en el momento–; y el ramen en DOMU, Bib Gourmand de la guía Michelin durante cuatro años consecutivos, incluido 2025.


Comer en Colonial Drive
La pista de Phil nos lleva hasta Crocante, un restaurante de auténtica cocina puertorriqueña con impronta familiar. La roti kan kan es “la consentida” del menú: la porchetta, marinada durante 72 horas, pasa cinco en el rotisserie y una más para asentarse antes de servirse. Su propio jugo se transforma en un salsa tipo gravy que potencia todos los sabores. Llega a la mesa una porción generosa –con el cuerito haciendo honor al nombre del restaurante–, con el tradicional acompañamiento de plátanos verdes fritos. “La gente viene por ella”, dice Lizette, “la mano derecha, izquierda y del medio” del dueño desde que abrió hace tres años, cuando comenzó su nueva vida en esta ciudad tras emigrar después del huracán María.

Sobre la avenida Colonial Drive, hace alrededor de un año abrió un nuevo mercado. La calle es la misma que históricamente albergó el Chinatown local, aunque estamos a unos 15 minutos en auto hacia el este de aquellos arcos, que no tienen gran atractivo turístico, pero marcan el punto desde donde se expanden las comunidades panasiáticas. En una de las tantas cuadras de restaurantes étnicos aparece Mills Market, el prometido mercadito hipster del nuevo polo gastronómico oriental de Orlando, al que llegan los más jóvenes a picar o tomar algo al atardecer.
Adentro hay varios puestos de comida, góndolas con productos importados, barra y mesas. Los tres favoritos y galardonados son los snacks japoneses de Uni Girl –con los onigiris como hit–; el café y los sándwiches vietnamitas de Bánh Mì Boy, ambos Bib Gourmand; y los dumplings de Kai Kai, recomendados en la guía Michelin 2025.

Barrio Español
El último dato que teníamos era el de un parque de food trucks en SoDo, un barrio residencial a 10 minutos al sur del downtown y a unos 25 de los parques. Son las tres de la tarde: venimos por un almuerzo tardío. El sol es implacable, pero no ahuyenta a un público casi exclusivamente local. À la Cart SoDo funciona como un patio cervecero. La oferta es extensa: el foco está en la cerveza artesanal que sirve el bar –abierto, canchero y con sombra–, mientras los food trucks ofrecen crepes, woks, pizza, hamburguesas, tacos, café de especialidad, comida caribeña y sushi. Hay DJ y, por las noches, torneos de Magic o de trivias.
Nos tienta especialmente Barrio Español, el camión de Isaac Escañuela Castro, un catalán de sonrisa amplia que promete recetas familiares. Pedimos una paella “con todo” y, cuando aclara que la receta es de su madre, sumamos croquetas de jamón serrano de un menú que incluye pinchos, patatas bravas, gambas al ajillo y bocadillos como el serranito y el de chistorra. El secreto es que Isaac trae jamón ibérico, pimentón, arroz de Valencia, aceite de oliva de Jaén y hasta el pan ultracongelado desde Barcelona, que hornea él mismo.

Cada mes viaja a buscar productos a distribuidores en Miami y es el único que los tiene en el centro de Florida. En redes sociales explica ese diferencial para que el público entienda por qué su paella para dos cuesta u$s 50 y no lo mismo que un plato de arroz chino de u$s 18. “He perdido el pelo, pero ahí sigo; las ganas no, estoy más motivado que nunca”.
Isaac tenía 28 años y un bar de tapas en Sant Cugat cuando vio la película Chef, en la que Jon Favreau deja un restaurante prestigioso para montar un food truck junto a Sofía Vergara. Fue la primera vez que vio un restaurante sobre ruedas. “Qué cosa más rara, yo quiero eso”, dijo. Entonces vendió su bar y se fue a Estados Unidos sin conocer a nadie, sin hablar inglés y con u$s 1.200.
Buscó información y no encontró food trucks de comida española en Florida. “He tardado nueve años, pero lo he conseguido”. El camino no fue fácil: llegó a Miami y trabajó como camarero. Su objetivo era Orlando, por su fanatismo por los parques de Universal. Para conseguir su lugar en À la Cart, manejó hasta la ciudad con unas croquetas, una tortilla hecha a las cinco de la mañana y un horno comprado en Walmart para conquistar a los dueños del predio. Funcionó: probaron su comida, quedaron fascinados y, pese a la lista ya completa y las dudas sobre la recepción del público estadounidense, le hicieron un lugar.

Firmó sin camión y sin dinero para pagarlo, con apenas u$s 2.000 de anticipo, y a partir de ahí todo empezó a acomodarse. Hoy tiene los permisos, las cuentas al día, y el food truck es suyo. Confiaba tanto en su proyecto que el resto no tuvo más remedio que acompañarlo. Trabaja junto a su esposa Grechel, 80 horas por semana, sin negociar la calidad, y celebran todos los días haberlo logrado.
“La vida está hecha para los locos y yo soy uno de esos. Hace un tiempo le escribí al actor para decirle: “Sé que nunca vas a leer este mensaje, pero muchas gracias por esa película, porque gracias a ella pude cumplir mi sueño”.
Dónde comer bien sin gastar de más en la capital mundial de la diversión Revista Lugares

