• 12 de abril de 2026 04:11

Matar al mensajero: el agotamiento de la estrategia de Milei

Porradioplayjujuy

Abr 12, 2026

Aun cuando se encuentren en las antípodas desde el punto de vista ideológico, es probable que Javier Milei y Cristina Kirchner coincidan en rechazar una célebre frase de Thomas Jefferson, recordado presidente de los Estados Unidos, quien más de 200 años atrás afirmó: “Si tuviera que elegir entre un gobierno sin prensa y una prensa sin gobierno, no vacilaría un instante en preferir lo segundo”.

En distintas épocas y países ha habido una natural disputa entre la política y los medios periodísticos por determinar las grandes cuestiones de la agenda pública, una preocupación que puede derivar en una deformación toda vez que el poder político sienta que puede ocupar el lugar del periodismo. Néstor Kirchner confesó alguna vez que prefería los fotógrafos a los periodistas porque aquellos al menos no formulaban preguntas, y el ya fallecido filósofo político Ernesto Laclau, un relevante referente ideológico de Cristina Kirchner, admitió que el principal adversario del Gobierno estaba representado por los medios de comunicación.

Entre el Jueves Santo y el domingo de Pascua, el Presidente despachó 86 tuits y republicó otros 847 con la prensa como blanco

La gran obsesión de la hoy condenada expresidenta por controlar a los medios periodísticos comenzó a profundizarse a partir del conflicto de su gobierno con el campo, allá por 2008. Casi dos décadas después, cierta impotencia ante la afluencia de noticias comprometedoras para algunos funcionarios desató la furia del presidente Milei contra el periodismo: entre el Jueves Santo y el domingo de Pascua despachó 86 tuits y republicó otros 847 emitidos fundamentalmente por militantes libertarios, con la prensa como blanco. El primer mandatario intentó aprovechar la difusión de una información por parte de un consorcio internacional de periodistas -que incluía a hombres de prensa argentinos- sobre las acciones de una red de espionaje rusa que en 2024 habría buscado desacreditar a su gobierno, para arremeter contra prácticamente todo el periodismo.

La construcción de cualquier relato oficial que pretenda persuadir a la población de que vive en el país de las maravillas encontrará siempre un obstáculo en la prensa independiente. Un chiste que se repetía en la vieja Unión Soviética mostraba a un ama de casa que le preguntaba al empleado de una fiambrería de Moscú si podía cortarle 200 gramos de salame. “Por supuesto -le respondía el fiambrero-, solo necesito que me traiga el salame”. La humorada era una respuesta a la mentira de los jerarcas comunistas, que aseguraban haber terminado con la escasez de alimentos.

El cuento ruso podría haberse aplicado a muchos de los supuestos logros de la “década ganada” kirchnerista, cuyos funcionarios se graduaron en manipulación de estadísticas oficiales sobre inflación y pobreza. No ha sido esta, en cambio, una característica del gobierno de Milei. Pero sí hay ciertas semejanzas con el reemplazo de la lógica amigo-adversario propia de cualquier sistema democrático por la dialéctica amigo-enemigo, de la que el kirchnerismo hizo un culto desde el gobierno. Al igual que para los Kirchner, periodistas y empresarios que se resistan a ser aduladores de las políticas oficialistas ingresarían para Milei en la categoría de enemigos.

Detrás de la consigna kirchnerista que apuntaba a la “democratización de la palabra” solo estaba la búsqueda de construir un conglomerado de medios al servicio del grupo gobernante

Es cierto que durante la gestión kirchnerista, que podía reflejarse en el espejo de la Venezuela chavista, se recurrió por momentos al miedo como política de Estado. Difamar públicamente a propietarios de medios críticos y asociar a periodistas capaces de incomodar al poder político con los supuestos intereses económicos de sus empleadores, apuntando a negarles toda independencia profesional y credibilidad fue una táctica del kirchnerismo tomada del chavismo. También, el uso de la publicidad oficial para fortalecer a medios afines y castigar a los desobedientes; la generación de marcos legales para restringir la libertad de prensa y el abuso de la cadena nacional para inocular en la población el relato sobre las bondades del modelo oficial. Los ejemplos de los ataques a la prensa en la era K son innumerables: entre los más recordados, el vicepresidente Amado Boudou llegó a comparar a dos periodistas de Clarín y LA NACION con quienes “limpiaban las cámaras de gas durante el nazismo”, al tiempo que desde el Gobierno se presionó a empresas privadas para que retiraran su publicidad de medios críticos del oficialismo y se forzó la caducidad de licencias para operar medios audiovisuales pese a que tenían varios años por delante. Los ataques del gobierno de Cristina Kirchner a la Justicia, al igual que las acciones de hostigamiento a la prensa, podían explicarse como un intento de colonización de ambos con el fin de impedir la existencia de contrapesos al relato oficial y consagrar un proyecto hegemónico.

Detrás de la consigna kirchnerista que apuntaba a la “democratización de la palabra” y la “pluralidad de voces” solo estaba la búsqueda de construir un conglomerado de medios al servicio del grupo gobernante. Y detrás de la proclamada “democratización de la Justicia” solo existía la intención de someter a los jueces a los designios del gobierno de Cristina Kirchner.

Milei no ha llegado a esos extremos, pero anida en su discurso un odio visceral hacia el periodismo, que reivindica e incentiva

Milei no ha llegado a esos extremos, pero anida en su discurso un odio visceral hacia el periodismo, que reivindica e incentiva, y que resulta contradictorio en alguien que se presenta como un paladín de la libertad.

La táctica de Milei, asociada a las acciones en las redes sociales de la militancia digital libertaria, encuentra mucho de la lógica ideada por Steve Bannon, controvertido estratega de Donald Trump durante su primera presidencia, que postulaba “inundar la zona de mierda” con el propósito de desacreditar la verdad y movilizar el resentimiento con mensajes contradictorios dirigidos a confundir a la opinión pública. Su estrategia no era tanto silenciar las voces críticas, lo cual sería utópico en estos tiempos, sino tratar de enterrarlas en medio del ruido.

Acosado por una sucesión de informaciones negativas, pasibles de aniquilar su apotegma sobre la moral como política de Estado, Milei ha optado en los últimos días por atacar casi indiscriminadamente a la prensa. Si aparecen manchas, es cuestión de arrojar barro por doquier para que todos terminen en el mismo lodo. Su respuesta suma el condimento del agravio y el insulto llevado al paroxismo. Una vez más, se trata de desacreditar al emisor. Un viejo recurso retórico que desnuda su debilidad: cuando se intenta matar al mensajero es porque se suele carecer de argumentos y evidencias para rebatir las acusaciones.

​Aun cuando se encuentren en las antípodas desde el punto de vista ideológico, es probable que Javier Milei y Cristina Kirchner coincidan en rechazar una célebre frase de Thomas Jefferson, recordado presidente de los Estados Unidos, quien más de 200 años atrás afirmó: “Si tuviera que elegir entre un gobierno sin prensa y una prensa sin gobierno, no vacilaría un instante en preferir lo segundo”. En distintas épocas y países ha habido una natural disputa entre la política y los medios periodísticos por determinar las grandes cuestiones de la agenda pública, una preocupación que puede derivar en una deformación toda vez que el poder político sienta que puede ocupar el lugar del periodismo. Néstor Kirchner confesó alguna vez que prefería los fotógrafos a los periodistas porque aquellos al menos no formulaban preguntas, y el ya fallecido filósofo político Ernesto Laclau, un relevante referente ideológico de Cristina Kirchner, admitió que el principal adversario del Gobierno estaba representado por los medios de comunicación.Entre el Jueves Santo y el domingo de Pascua, el Presidente despachó 86 tuits y republicó otros 847 con la prensa como blancoLa gran obsesión de la hoy condenada expresidenta por controlar a los medios periodísticos comenzó a profundizarse a partir del conflicto de su gobierno con el campo, allá por 2008. Casi dos décadas después, cierta impotencia ante la afluencia de noticias comprometedoras para algunos funcionarios desató la furia del presidente Milei contra el periodismo: entre el Jueves Santo y el domingo de Pascua despachó 86 tuits y republicó otros 847 emitidos fundamentalmente por militantes libertarios, con la prensa como blanco. El primer mandatario intentó aprovechar la difusión de una información por parte de un consorcio internacional de periodistas -que incluía a hombres de prensa argentinos- sobre las acciones de una red de espionaje rusa que en 2024 habría buscado desacreditar a su gobierno, para arremeter contra prácticamente todo el periodismo.La construcción de cualquier relato oficial que pretenda persuadir a la población de que vive en el país de las maravillas encontrará siempre un obstáculo en la prensa independiente. Un chiste que se repetía en la vieja Unión Soviética mostraba a un ama de casa que le preguntaba al empleado de una fiambrería de Moscú si podía cortarle 200 gramos de salame. “Por supuesto -le respondía el fiambrero-, solo necesito que me traiga el salame”. La humorada era una respuesta a la mentira de los jerarcas comunistas, que aseguraban haber terminado con la escasez de alimentos. El cuento ruso podría haberse aplicado a muchos de los supuestos logros de la “década ganada” kirchnerista, cuyos funcionarios se graduaron en manipulación de estadísticas oficiales sobre inflación y pobreza. No ha sido esta, en cambio, una característica del gobierno de Milei. Pero sí hay ciertas semejanzas con el reemplazo de la lógica amigo-adversario propia de cualquier sistema democrático por la dialéctica amigo-enemigo, de la que el kirchnerismo hizo un culto desde el gobierno. Al igual que para los Kirchner, periodistas y empresarios que se resistan a ser aduladores de las políticas oficialistas ingresarían para Milei en la categoría de enemigos.Detrás de la consigna kirchnerista que apuntaba a la “democratización de la palabra” solo estaba la búsqueda de construir un conglomerado de medios al servicio del grupo gobernanteEs cierto que durante la gestión kirchnerista, que podía reflejarse en el espejo de la Venezuela chavista, se recurrió por momentos al miedo como política de Estado. Difamar públicamente a propietarios de medios críticos y asociar a periodistas capaces de incomodar al poder político con los supuestos intereses económicos de sus empleadores, apuntando a negarles toda independencia profesional y credibilidad fue una táctica del kirchnerismo tomada del chavismo. También, el uso de la publicidad oficial para fortalecer a medios afines y castigar a los desobedientes; la generación de marcos legales para restringir la libertad de prensa y el abuso de la cadena nacional para inocular en la población el relato sobre las bondades del modelo oficial. Los ejemplos de los ataques a la prensa en la era K son innumerables: entre los más recordados, el vicepresidente Amado Boudou llegó a comparar a dos periodistas de Clarín y LA NACION con quienes “limpiaban las cámaras de gas durante el nazismo”, al tiempo que desde el Gobierno se presionó a empresas privadas para que retiraran su publicidad de medios críticos del oficialismo y se forzó la caducidad de licencias para operar medios audiovisuales pese a que tenían varios años por delante. Los ataques del gobierno de Cristina Kirchner a la Justicia, al igual que las acciones de hostigamiento a la prensa, podían explicarse como un intento de colonización de ambos con el fin de impedir la existencia de contrapesos al relato oficial y consagrar un proyecto hegemónico.Detrás de la consigna kirchnerista que apuntaba a la “democratización de la palabra” y la “pluralidad de voces” solo estaba la búsqueda de construir un conglomerado de medios al servicio del grupo gobernante. Y detrás de la proclamada “democratización de la Justicia” solo existía la intención de someter a los jueces a los designios del gobierno de Cristina Kirchner.Milei no ha llegado a esos extremos, pero anida en su discurso un odio visceral hacia el periodismo, que reivindica e incentivaMilei no ha llegado a esos extremos, pero anida en su discurso un odio visceral hacia el periodismo, que reivindica e incentiva, y que resulta contradictorio en alguien que se presenta como un paladín de la libertad.La táctica de Milei, asociada a las acciones en las redes sociales de la militancia digital libertaria, encuentra mucho de la lógica ideada por Steve Bannon, controvertido estratega de Donald Trump durante su primera presidencia, que postulaba “inundar la zona de mierda” con el propósito de desacreditar la verdad y movilizar el resentimiento con mensajes contradictorios dirigidos a confundir a la opinión pública. Su estrategia no era tanto silenciar las voces críticas, lo cual sería utópico en estos tiempos, sino tratar de enterrarlas en medio del ruido. Acosado por una sucesión de informaciones negativas, pasibles de aniquilar su apotegma sobre la moral como política de Estado, Milei ha optado en los últimos días por atacar casi indiscriminadamente a la prensa. Si aparecen manchas, es cuestión de arrojar barro por doquier para que todos terminen en el mismo lodo. Su respuesta suma el condimento del agravio y el insulto llevado al paroxismo. Una vez más, se trata de desacreditar al emisor. Un viejo recurso retórico que desnuda su debilidad: cuando se intenta matar al mensajero es porque se suele carecer de argumentos y evidencias para rebatir las acusaciones.  Opinión