“Lejos del mundanal ruido, entre los bosques de pintadas flores y de tupidas ramas de gigantes árboles, donde el ambiente es aroma y donde la naturaleza armoniza con las auras, el gorjeo de las canoras aves, sobre las tranquilas aguas del llamado río Luján, se mece, marcha o se detiene, al impulso y voluntad de su dueño y señor, el teniente de navío Oliveira Cézar, una preciosa casa flotante llamada La Cautiva, en recuerdo, sin duda, del gran poema argentino.”
Con esta descripción del cauce que separa las islas de “tierra firme” en el Tigre, en 1907 la revista Caras y Caretas presentó una verdadera curiosidad de su época, y también de la nuestra: la casa flotante del teniente Daniel Oliveira Cézar.

Para facilitar su desplazamiento por las aguas interiores del Delta del Paraná, esta casa apenas calaba 75 centímetros, lo que la asemejaba más a una balsa que a un barco.
La curiosa residencia sobre el agua contaba con un gran salón comedor, tres camarotes con dos cabinas en la parte baja más otro camarote en la parte alta con cuarto de baño y “aguas corrientes que surgen naturalmente del río”. El hall tenía capacidad para veinte personas y, en el pañol, Oliveira Cézar guardaba elementos armas curiosas y municiones de caza.
Había sido construida en un astillero de la Boca del Riachuelo y llevada hasta el río Luján, donde fue fondeada, en diciembre de 1906. Nos parece el antecedente más remoto de los countries náuticos que revolucionaron el Tigre moderno. Esta no solo tenía amarra propia sino que había que amarrarla para que no se la llevara la correntada.
En avión al río

En 1912, el senador e intendente de Tigre, Agustín García, encaró una serie de obras para mejorar la primera impresión que se llevaban los visitantes: en ambas márgenes del río Tigre se levantaron ramblas, y pequeños y artísticos embarcaderos a la salida de los chalés, se sacaron viejos palos semisumergidos y se profundizó el calado.
En un terreno del senador descansaba también el primer hidroplano construido en la Argentina y que iba a ser empleado para el traslado de turistas. Incluso se construyó un galpón sobre el río Luján, que se utilizaría como hidropuerto para las pruebas iniciales.
Carlos A. García, de www.aviationart.com.ar, artista e investigador aeronáutico, responde a la pregunta de si habrá sido cierta la existencia de tal hidroavión. Para ello cita a su amigo Francisco Halbritter: “En 1909 Enrique Artigalá vivía en Las Conchas (hoy Tigre) y diseñó un avión que llamó Argentino I. Tras conseguir el apoyo financiero del Sindicato Aéreo Argentino (luego Compañía Aérea Argentina, de El Palomar), contrató la construcción al Astillero Ortholan, ubicado a orillas del río Luján en Tigre. Se terminó a mediados de 1911 con un motor Buchet de 12 HP. Estuvo guardado en Tigre, pero lógicamente no voló. Como era propiedad de la citada empresa aérea, cuando en agosto de 1912 El Palomar pasó al Ejército Nacional, incluyendo herramientas y demás menesteres, también se llevaron este avión. Por esa época, la Escuela de Aviación Militar estaba en manos del Aero Club Argentino. En 1913, a instancias de Jorge Newbery y Alberto Mascías, líderes del Aero Club, fue remotorizado con un motor Chenú de potencia desconocida (era un motor de uso naval). Otras fuentes dicen que era un ENV de 60 HP. Mascías realizó algunos ensayos hacia mediados de ese año, pero no logró hacerlo volar. En consecuencia se desarmó. Lo de hidroavión debe originarse en el hecho de que fue construido por un astillero y a orillas de un río.”
Vías más allá de las vías
El máximo historiador del Ferrocarril Central Argentino, Carlos Alberto Fernández Priotti, presentó en un grupo de Facebook, que lleva el nombre de la ilustre empresa, la poco conocida línea de tranvías que unía la estación de Tigre, original del Ferrocarril del Norte, con el Tigre Hotel.

Con poco más de dos kilómetros de largo, había sido construida por la Compañía del Tranvía de Tigre. El Central Argentino arrendó al Norte en 1889 y lo compró nueve años después. En 1893 adquirió la línea tranviaria. Los coches salían desde el costado sur de la primitiva estación. En 1897 se inauguró el edificio que aún se mantiene, modificado, como parte de la terminal fluvial Domingo Faustino Sarmiento.
El servicio, según informa el diario La Prensa, fue suspendido a mitad de febrero de 1913, por las pérdidas que le generaba a la empresa.
¿Vías en el agua?

Un aviso del diario La Prensa invitaba, en enero de 1920, a viajar en el “tranvía acuático del Delta”. El nombre era bastante confuso, pues no había rieles por donde desplazase. La excursión, que costaba dos pesos, salía y llegaba al muelle de la estación del Ferrocarril Central Argentino ya electrificado (la otra servía a trenes a vapor hasta 1931), donde hoy se alza la terminal fluvial.
Se trataba de un barquito con triple quilla y una amplia cubierta ocupada por “dos hileras de asientos, a la manera de los tranvías, y perfectamente cubiertos por un artístico toldo”. Lo impulsaba un motor naftero. Las maniobras de amarre lograban precisión milimétrica, lo que evitaba choques contra los muelles, salpicaduras y todo tipo de molestias, especialmente a las damas, que, vestidas de gala, con lujosa indumentaria, se sometían al cruce del río.
Esas damas
Hasta la flexibilización de la moda en la década de 1930, ir al Tigre, al coqueto partido de Las Conchas (nombre que le fue cambiado en 1954 por razones también de coquetería), era un paseo de lujo, donde se lucía lo mejor de las sastrerías de Buenos Aires e, incluso, de Europa.

La foto de la excursión de la década de 1910 lo dice todo. Atuendos blanquísimos contrastan con las aguas marrones del Delta. Aún no se había inventado el jean ni el jogging y a ninguna dama de la alta sociedad se le hubiera ocurrido ir mal vestida.
Policía de agua
Precisamente, ante la habitual presencia de hombres y mujeres de excelente posición social y económica, el Delta tuvo que reforzar la presencia policial. Es que las islas también fueron escondite para malandras.

Fray Mocho (José S. Alvarez) describió esta realidad al referirse a los bajíos cercanos a su natal Gualeguaychú; Lobodón Garra, sobre lo que actualmente es la Tercera Sección de Islas, entre el Paraná Guazú y el Ñancay norteño; Haroldo Conti, ya en la década de 1960, cita a peligrosos orilleros, aquellos que, vulnerada su inaccesibilidad, se habían ido a vivir en el límite entre la isla y la “tierra firme” teniendo un pie en los lugares para robar y otro en el refugio.
Hace cien años, la Policía debió destinar lanchas angostas y rápidas para ingresar a los antros isleños tras las habituales denuncias de los pobladores. Una de ellas llevaba el histórico nombre de “Talita”, el mismo que tenía la embarcación de Subprefectura con la que Domingo Faustino Sarmiento recorría estos mismos arroyos soñando con un Delta provechoso.
Casi universitaria
Donde el río Tigre desembocaba en Luján, se empezó a construir la Ciudad Universitaria, que nunca fue inaugurada. En la década de 1930, el doctor Aníbal F. Tobías, presidente de la Comisión Nacional Pro Ciudad Universitaria Argentina, dirigió el proyecto. Se llegó a levantar un monumental edificio en el Delta cercano al Tigre. La obra era tan llamativa que hasta el diario ABC de Madrid, España, la alaba bajo el título: “Fruto de un ejemplar apostolado es la Ciudad Universitaria Argentina que se está levantando cerca de Buenos Aires”.
Los planos pertenecían a los arquitectos Gustavo Nolasco Ferreyra, Alberto Berro García y Guillermo Guevara Lynch, pariente del “Che”.
En 1927, Tobías era vicepresidente del Centro de Estudiantes de Medicina y del Círculo Médico Argentino. Ese año empezó con la inquietud de erigir un centro de estudios para que los alumnos de baja condición económica tuviesen casa y libros en el mismo lugar donde estudiaban. El primer contribuyente fue el doctor Avelino Gutiérrez, profesor castellano de la Facultad de Medicina. Un año más tarde ya se habían reunido los fondos para la compra del terreno y lo que sobraba permitía el inicio de las obras. Sin embargo, la burocracia argentina hizo su parte: todo se demoró más de lo previsto. Recién a mediados de 1934, el presidente argentino Agustín P. Justo ordenó el comienzo de las obras. Esto dio un nuevo impulso a Tobías, que siguió juntando fondos, solicitando donaciones. Entre los planes se contemplaba que los países de Hispanoamérica cuyos alumnos cursaran en las universidades argentinas tuvieran pabellones divididos por nacionalidad.

Tan conocida y festejada era la labor de Tobías que el pianista bahiense Carlos Di Sarli y el poeta Héctor Gagliardi le dedicaron el tango “Ciudad Universitaria”.
Por razones desconocidas solo se llegó a construir en el Delta del Tigre una parte del edificio central. Recién en 1958, bajo la dirección de Risieri Frondizi, se logró que el Poder Ejecutivo donara los terrenos de relleno del barrio de Núñez para la erección de la actual Ciudad Universitaria, cuyo primer pabellón de gran volumen recién empezó a levantarse en 1964.
Automovilistas en las islas
Los recreos del Delta tienen una rica y poco estudiada historia. En la medida en que los ríos y arroyos se hicieron más accesibles y creció el parque náutico fueron creándose nuevos lugares de esparcimiento. En la década de 1950, un mapa del Automóvil Club Argentino registraba más de cien recreos.

Sin embargo, es curioso un camping de un club de ¡automovilistas! La Corporación Nacional de Automovilistas S.A. tenía su lugar en el Delta allá por 1933, cuando recién se había fundado (el 13 de febrero de ese año), la Dirección de Vialidad Nacional solo cumplía un año y el camino de la Capital Federal a Mar del Plata aún tenía tramos de tierra. La rareza fotográfica se acrecienta porque, en 1934, el club cambió el adjetivo “Nacional” por “Argentina”, ya que el gobierno restringió el primero al uso del Estado.
Muy cerca de Buenos Aires, este distrito
acuático tan visitado desde hace un siglo y medio todavía presenta algunas rarezas del pasado que vale la pena recordar y conocer Revista Lugares

