En el extremo norte de las Sierras Grandes (Córdoba), la naturaleza obró de un modo peculiar. Siglos atrás, una serie de movimientos tectónicos y burbujas de magma subterráneas dio origen a esta geografía: un dédalo de roca formado por grandes piedras de granito dispersas entre valles y quebradas que, en época de lluvias, reverdecen.

El macizo de Los Gigantes sólo se conoce en plan trekking. El terreno es un entrevero de huellas en el que es fácil perderse, ya que los senderos no están claramente señalizados para el ojo inexperto. Así como Teseo –el del mito– llevó el hilo de Ariadna para salir del laberinto, nuestra recomendación es ir con guía. Hay múltiples versiones para recorrerlo: desde programas de una jornada hasta travesías de varios días, con pernocte en los refugios de la zona. También es posible acampar en los sectores autorizados.
Los ingresos son diversos. Nosotros subimos por el sector de Casas Nuevas, a 45 kilómetros de Carlos Paz, la ruta elegida por nuestra guía, Paula Rosamilia. Paula es la creadora de Warmi Turismo, una agencia especializada en programas de turismo activo y de naturaleza con base en Córdoba, que propone salidas por todo el país. Aquí es nuestro lazarillo en Los Gigantes.

El plan es simple: dos días de caminata con una noche en el refugio El Gigantillo. El desafío, sin embargo, exige un buen estado físico porque se recorren 28 kilómetros a lo largo de todo el trayecto, además algunas subidas implican cierto esfuerzo y hay que cargar una mochila con vianda y algo de ropa extra. En síntesis, si se pasa muchas horas frente a la computadora, conviene empezar a entrenarse varios meses antes. Para disfrutar el camino, es necesario prepararse con una rutina de ejercicio más o menos frecuente.
Casas Nuevas
El día anterior al ascenso llegamos al predio de la familia Barrera Bazán, al pie del macizo. Desde Carlos Paz, el camino está asfaltado casi en su totalidad y se hace en una hora. Primero por la RN 38 y luego por la RP 28, que es nuevita. Sólo resta pavimentar los últimos kilómetros, que todavía son de ripio.

La familia está en el lugar desde hace tres generaciones. La historia la cuenta Felipa Barrera de Bazán, nacida en el paraje de Casas Nuevas hace 82 años. “Mis padres tenían aquí un almacén de ramos generales”. Ese “aquí” es una casa de adobe y piedra, con más de cien años, donde hoy funcionan un restaurante y un café sencillo.
Felipa recuerda que en la zona vivían unas 15 familias. Cultivaban la tierra y criaban animales: ovejas y vacunos. “Mi papá les fiaba la compra todo el año. En diciembre ellos le vendían la lana de sus ovejas y pagaban las deudas”, recuerda. “¿Podés creer que les mantenía el mismo precio todo ese tiempo?”, se ríe.
Con los años, Felipa y su marido, Néstor Bazán, heredaron el negocio. Tiempo atrás, él trabajó en las canteras de La Falda.

“Mi marido tuvo un trabajo muy duro. Antes, el agujero para la dinamita se hacía con una barreta; todo el tiempo había que manejar herramientas pesadas a mano y luego cargar los camiones, también a fuerza de hombre. Yo lo veía regresar con el último camión y volver a trabajar al día siguiente bien temprano. No quería eso para mis hijos”, cuenta. Y así fue: todos los chicos estudiaron y terminaron el secundario, ninguno necesitó trabajar en la cantera.
Aún hoy, Felipa es la encargada de preparar el relleno de las empanadas que la hicieron famosa entre los escaladores de la zona, cuando los únicos que llegaban hasta aquí eran los miembros del Club Andino.

Hoy, sus cuatro hijos se ocupan de Casas Nuevas. Construyeron unos confortables domos –diseñados por Dani, el menor– donde pasamos la noche previa al inicio de la caminata. Cada unidad se armó sobre una base de material y cuenta con baño privado exterior, con agua caliente. Dentro hay luz eléctrica y camas con mantas, porque en invierno hace frío.
Tesoro de agua
Paula llega temprano a Casas Nuevas y, después de desayunar, estamos listos para partir. Yo no soy muy buena para llevar peso; Paula se compadece y me deja la mochila más liviana. Xavi, el fotógrafo, ya tiene lo suyo con el equipo de lentes y cámaras.

Apenas comenzamos a caminar hacia el macizo, se distingue con claridad la figura de un gigante dormido, que le da nombre a toda la estructura. Se dibuja sobre el filo, de cara al cielo. Desde aquí vemos el cerro de La Cruz, cuyo pico, de unos 120 metros, conforma la nariz del coloso de piedra.
La zona forma parte de dos áreas protegidas. El sector más bajo integra la Reserva Hídrica Natural Los Gigantes. Un poco más arriba, a partir de los 1.500 metros, se incorpora a la Reserva Hídrica Provincial de Achala, que se extiende hasta el cerro Champaquí, el más alto de la provincia. Esta unidad funciona como un área de amortiguación del Parque Nacional Quebrada del Condorito, que abarca gran parte de la Pampa de Achala.
“Esta zona es nuestro tanque de agua”, explica Paula. “Aquí dependemos de las lluvias de verano, que cargan de agua la montaña y los ríos. Es fundamental para la vida de los seres humanos, las plantas y los animales”.

En la reserva hídrica, el dominio de la tierra es privado, pero la gestión está a cargo de la provincia, por lo que implementar ciertas restricciones resulta complejo. Durante el camino, por ejemplo, veremos varias veces vacas, caballos y ovejas, cuya incidencia sobre la flora local es considerable; aun así, la actividad ganadera está permitida.
Tres subidas tres
Con el objetivo puesto en el cerro Mogote (2.374 metros), el más alto del macizo, iniciamos la Cuesta de los Caracoles. El sendero da vueltas y vueltas a los 1.800 metros de altura y exige un buen esfuerzo inicial.
Luego avanzamos por la Cuesta de las Rocas Coloradas, un tramo caracterizado por la abundancia de piedras de un tono rojizo suave, algo rosado, que reflejan la presencia del feldespato, un mineral que abunda en esta zona.

El último gran esfuerzo del día se lo lleva la Subida de la Pirca, que nos conduce directo a la base del cerro Mogote. Ahí finaliza el sendero norte. Y sí, gran parte de la primera jornada transcurre a pura subida, pero el ascenso regala vistas fantásticas. Desde allí se puede ver el cordón de las Sierras Chicas que se alarga por el valle de Punilla, los pueblitos y el embalse del Dique San Roque, el gran espejo de agua de la región. Hacia el oeste aparecen las Sierras de Pocho con sus volcanes.

Subir hasta la cumbre del cerro Mogote implica un esfuerzo extra, que decidimos no hacer para llegar temprano al refugio. Si bien son unos 80 metros más de desnivel, es el único tramo peligroso de este sendero. “Subir es un desafío, implica cierto riesgo para quienes no tienen experiencia en este tipo de desplazamientos. Primero hay que recorrer una rampa empinada no apta para quienes sufren de vértigo, luego atravesar un túnel entre rocas y al final unos pasos muy expuestos o una trepada en escalada”, nos cuenta Paula con voz de experta.
Otra vez será, hoy no es nuestro objetivo.
El batolito de Achala
Estamos en el extremo norte del macizo, en una suerte de mirador desde donde se observa el valle de los refugios. Los tres más importantes de la zona están ahí: el del Club Andino Carlos Paz, el que pertenece al Club Andino Córdoba y un tercero construido por la familia Nores, dueña de parte de las tierras por donde transitamos.
Nos detenemos para almorzar. Los frutos secos compartidos y las barritas de cereales ya no hacen efecto, estamos muertos de hambre.
Son los últimos días de octubre y el clima es ideal. Esperábamos más calor, pero una ola tardía de frío nos ayudó, porque aquí el sol es furioso. Una brisa permanente suaviza la temperatura, la misma que más temprano exigió buzo y campera, algo extraño para esta época.

Ahí sentados, con el sándwich de milanesa en la mano, llega el momento de preguntarnos por los orígenes del paisaje que nos rodea. ¿Cómo se generó todo esto?
La respuesta no se hace esperar: el batolito de Achala es el responsable de la formación de las Sierras Grandes, desde aquí hasta El Champaquí. Como Xavi y yo ponemos cara de no entender, Paula nos cuenta la historia geológica del lugar. “Para comprender lo que sucedió aquí hay que pensar que la corteza terrestre flota sobre una capa más profunda, el magma, que siempre está tratando de salir por presión”, nos explica. “A veces lo logra, como en el caso de las erupciones volcánicas; otras, como sucedió aquí, forma cámaras magmáticas, como si fueran burbujas, que quedaron bajo la corteza”.
Durante millones de años, las burbujas se enfriaron y cristalizaron: son las rocas de granito que vemos durante la caminata. ¿Pero cómo llegaron a la superficie?

“Cuando el choque de la placa sudamericana con la de Nazca elevó la cordillera de los Andes, parte de esa fuerza llegó a Córdoba y permitió que el batolito –las burbujas– emergiera”, cuenta Paula. “Las fracturas profundas dieron como resultado el hundimiento de la tierra (los valles) y también la elevación de las Sierras Grandes en otros sectores. Decimos que el paisaje se rejuvenece, aunque los bloques de granito que surgen tienen de 350 a 500 millones de años: un paisaje joven con piedras muy antiguas”, concluye.
Los gigantes de granito que jalonan nuestro paso están compuestos por tres minerales principales: cuarzo, feldespato y mica. El diseño final de la piedra es el resultado de la erosión del viento y el agua, los arquitectos de la fachada final.
El último tramo es sencillo y concluye en la Pampa del Cajón, una pradera de altura donde encontramos un grupo de caballos pastando y una roca gigante en medio de la nada, que los escaladores bautizaron La Ballena. Un poco más y estamos en El Gigantillo, el refugio donde pasaremos la noche.

El Gigantillo
Falta poco para el atardecer, cuando arribamos a la casa que recuperó el papá de Cecilia Suárez, un cordobés fanático de las sierras que compró esta tierra para venir con sus amigos largas temporadas. Con los años, la fiebre pasó y decidió poner la propiedad a la venta. Ahí apareció Ceci dispuesta a hacerse cargo y, para mantener el sitio, le dio forma al refugio. Aquí recibe con todos los mimos a los trekkers que quieren pasar una o varias noches en el macizo.
“Mi papá se enamoró de la arboleda”, nos cuenta, y le damos la razón con sólo mirar alrededor. Por esas cosas de la vida, el ganado no avanzó en esta zona y la casa aparece rodeada de unos tabaquillos frondosos, muy desarrollados, joyitas que ya no existen en la región. “Este bosquecito debe andar por los 500 años”, dice Ceci mientras señala el ejemplar gigante y copudo que nos ampara en la mateada.

La casa de piedra y techo de chapa tiene cuartos para compartir, cuenta con luz eléctrica y agua caliente. Pero aquí la clave es la anfitriona, que recibe con una increíble cordialidad, tan natural que parece que uno la conociera de toda la vida. Enseguida estamos en la cocina-comedor-living con el fuego encendido. Disfrutamos de una picada mientras Ceci prepara la cena y cuenta anécdotas de su vida. La comida es deliciosa y llega con un vinito para premiarnos al final del día. Dormimos profundo, con el aroma de la noche que trae la sierra y se cuela en nuestra habitación.
Los Cajones
Hoy nuestro objetivo es llegar hasta Los Cajones, una falla del territorio que alberga una biodiversidad un poco diferente a lo que venimos viendo. Protegida del sol y los vientos, la zona conserva mucha humedad y genera un entorno distinto.

Escondemos las mochilas entre las rocas para bajar sin peso y entramos por la falla sur. Es un estrecho cañadón enmarcado por altos paredones de piedra. Enseguida notamos el cambio: no sólo está más fresco, sino que empiezan a aparecer helechos, musgos y algunas aromáticas. En un momento, el camino se pierde. Subimos y volvemos a bajar hasta encontrar una gran cueva con vertiente, una de las tantas que alimenta el río El Cajón. Llenamos nuestras botellitas de agua y regresamos por la falla norte dibujando un recorrido en herradura para rescatar las mochilas.
Una lagartija se cruza en el camino. Va tan rápido que la cámara no alcanza a atraparla. “Es el lagarto verde de Achala, una especie endémica de esta zona”, asegura Paula. Su presencia nos da pie para hablar del ecosistema autóctono. “Me cuesta imaginar que el paisaje original de estas sierras estaba surcado de bosques de tabaquillo, una especie que casi desapareció en la zona por la presencia del ganado”, reflexiona.

Actualmente existen varias iniciativas en toda la provincia para recuperar estos bosques. Aquí logramos ver tabaquillos cercados que fueron plantados por diferentes organizaciones ecologistas, que encontraron ese modo para evitar que los animales los destruyan.
Los Laberintos
Lo que sigue nos sorprende. Es la parte más linda de la caminata. El suelo se vuelve verde. Los manchones de pasto amarillo aparecen aquí y allí. Y las piedras, enormes, de granito sólido, emergen caprichosas formando un laberinto entre las sierras.
Hay algo encantado en el paisaje y es preciso estar atento para no perder el rumbo. La geografía se vuelve intrincada. Como si fuese el escenario de un cuento antiguo, esperamos que aparezca un dragón volando en lo alto o un caballero medieval en su caballo.
Mientras nos alejamos, se me vienen a la cabeza unos versos de “Laberinto”, el poema de Borges: “No habrá nunca una puerta. Estás adentro / y el alcázar abarca el universo / y no tiene ni anverso ni reverso / ni externo muro ni secreto centro”. Nadie podría describirlo mejor.

La hora del almuerzo nos devuelve a la realidad y seguimos hasta el refugio de los Nores, al pie del cerro Mogote, donde organizamos un pícnic con muchas cosas ricas que Paula trajo como fin de fiesta.
Estamos barajando posibilidades para el camino de regreso cuando dos hombres salen de la nada para pedir indicaciones. Vinieron por el día y precisan volver, pero están definitivamente perdidos. Nos cuentan que probaron varias rutas sin suerte y están agotados. Se les nota el cansancio y también el alivio por habernos encontrado. Paula los suma al grupo y regresamos todos juntos.
Desde aquí hay dos alternativas para llegar a nuestro punto de partida: la Cuesta del Perro, a pura bajada pero con mucho desnivel, o repetir el camino del primer día, que de regreso no requiere demasiado esfuerzo. Optamos por la segunda y, en poco más de dos horas, estamos en Casas Nuevas.
Nos desprendemos por fin de las mochilas y nos sentamos en el barcito de Felipa a tomar un té de yuyos mientras repasamos nuestra aventura. Con Paula nos prometemos otro viaje más.

La noche nos encuentra en Carlos Paz en el hotel Pinares Panorama, el sitio ideal para relajarnos sin prisa. Las habitaciones son generosas en dimensiones. Junto al balcón diseñaron un cubículo transparente con jacuzzi y vista a las sierras. El color de los ambientes es decididamente contemporáneo; abundan los tonos neutros y detalles decorativos ubicados estratégicamente. Además, hay una gran piscina in-out y spa. Detrás del hotel, un sendero propio trepa la sierra y es la excusa perfecta para caminar al final del día y ver la ciudad desde lo alto.
Los Gigantes han quedado a la distancia, no alcanzamos a verlos, pero el recuerdo es tan poderoso que cerramos los ojos y están ahí.
La mejor época
En Córdoba, cada estación del año modifica la experiencia del trekking. El período de marzo a junio es el ideal: el clima es estable, el calor intenso quedó atrás y el paisaje aún conserva la frescura del verano combinada con una paleta de tonos dorados.
El resto del año tiene sus pros y contras. En verano, los arroyos aumentan su caudal y las cascadas se activan gracias a las lluvias, que además potencian el verde los alrededores, pero hace mucho calor.
En invierno, las temperaturas descienden y los cielos son despejados. Durante el día, el sol es cálido y suele haber menos gente en los senderos.
En primavera, los días se alargan, el clima se vuelve más templado y las especies serranas comienzan a florecer: los senderos se llenan de colores, aromas y vida silvestre. Sin embargo, es una estación cambiante, las temperaturas pueden variar mucho, con mañanas frescas y tardes más cálidas, y con vientos que suelen hacerse presentes en zonas altas.
Dos días a puro trekking por una geografía de vallecitos y quebradas en plenas sierras cordobesas, entre enormes moles de roca que transforman el paisaje y lo vuelven mágico Revista Lugares

