• 22 de febrero de 2026 11:18

Vicente Polimeni, ultramaratonista: “No es sólo correr por correr: va más allá”

Porradioplayjujuy

Feb 22, 2026

–¿Por qué corrés?

–Mirá, es una pregunta que me hacen bastante seguido. Yo empecé a correr por un tema particular: hubo un accidente en mi familia y mi papá falleció. Ahí empecé a correr como una especie de terapia. Era lo que me hacía bien. En su momento, me olvidaba de lo que estaba pasando y, con el tiempo, se fue transformando en algo central para mí. En ese momento yo tenía 21 años y vivíamos en Córdoba. Fue un accidente en la ruta 9, cuando la estaban construyendo. Eso fue lo que, en ese momento, me ayudaba. Yo siempre corrí como complemento de otros deportes y, con el tiempo, fui dejando esos otros deportes. Encontré en correr algo que no había encontrado en los demás: me despeja la mente, me relaja. Es una terapia para mí, y también algo de mucha resistencia.

–¿Cuánto es correr mucho para vos?

–Hoy corro lo que se llama ultramaratones, que es larga distancia. Todo lo que sea arriba de 42 kilómetros se considera una ultramaratón, ya que la maratón es 42 kilómetros. Después, tenés carreras de 10, de 15 kilómetros, y de 21, que es una media maratón. Así que hoy en día corro ultramaratones, y también maratones y distancias más bajas.

–¿Y cuánto ha sido lo máximo que podés hacer en un día?

–En un día he corrido 160 kilómetros, que son 100 millas.

–¿Y cuánto te lleva eso?

–Fueron 24 horas exactas, porque es un formato de carrera que no es el convencional. Se corre en vueltas de 6,7 kilómetros cada hora. Entonces, la totalidad de las 24 horas serían 160 kilómetros.

–¿Sin parar?

–No. Hacés la vuelta y a la hora hacés la otra. Por ejemplo, si hacés 6,7 kilómetros en 40 minutos, los minutos restantes hasta la hora siguiente podés descansar, dormir, comer, bañarte inclusive. Y después, a la hora en punto, tenés que estar en el corral de salida y arrancar una nueva vuelta. Se corre hasta que no podés correr más, básicamente.

Vicente Polimeni en la línea final del Maratón de Sydney 2025, con la bandera argentina firmada por Eliud Kipchoge, que es el corredor más rápido de la historia del maratón. (Gentileza)

-Ay, como el “Juego del Calamar” casi, hasta que no quede nadie.

-Ja, sí. Siempre dije que nunca iba a correr vueltas, que no me gustaba, como el Juego del Calamar o algo así. Pero es un poco de estrategia, obviamente mucha resistencia. Resistencia no solo física, sino también mental. Es una locura si lo pensás, pero es increíble porque realmente no llega lejos el que corre solo, sino el que se apoya en otros. Vas charlando, conociendo a la gente, te terminás haciendo amigos, y te das cuenta de que el logro no se genera solo, sino en conjunto.

–¿Y esa la terminaste?

–No terminé “último a las 24 horas”. La he corrido dos veces esta carrera. La primera vez hice 21 horas: abandoné porque simplemente no quería correr más, la cabeza dijo “basta”. Y la segunda vez hice las 24 horas. Dicen que el error más común es ponerte una meta, pensar en un número o en una cantidad de vueltas. Dicen que hay que ir vuelta tras vuelta y empujar hasta que tu cuerpo te diga basta o hasta que tu cabeza te diga basta. Yo llegué a las 24 horas con ese secreto, ir de a una.

–Y cuando el cuerpo te empieza a decir “basta”, ¿qué señales te da?

–Podés tener muchas señales. Para que te des una idea, el récord de Backyard Ultra, que es este formato de carrera, es de 119 vueltas: casi cinco días. Lo tiene un australiano del oeste de Australia. Ahí te das cuenta de que es algo no sólo de estrategia, sino también de esfuerzo mental, sobre todo, porque tenés la privación del sueño, el tema de la comida… Tenés que alternar lo que vas comiendo: no podés comer sólo dulce, también tenés que comer salado, tener una nutrición específica. Y ahí empieza a jugar no sólo lo mental, sino también lo que vas consumiendo e hidratándote. Hay que pensar en muchas cosas.

Vicente Polimeni en el último maratón de Sydney, en agosto del 2025. Es una de las grandes maratones mundiales. (Gentileza)

–Y en una maratón clásica, convencional, ¿cuál es la preparación?

–Tengo una coach que es australiana. Me acompaña con una planificación semanal que se amolda al objetivo: si es una carrera de larga distancia, no es el mismo tipo de entrenamiento que una convencional. Son bloques semanales: intervalos o sesiones rápidas, fartlek (cambios de ritmo), tiradas largas o long run, que son fondos. Y el 80% de mis entrenamientos hoy en día son en zona dos, o sea, baja frecuencia cardíaca: un trote suave. Yo lo que intento hoy en día es correr largo y no correr rápido. Pero es gracioso: para correr rápido, dicen que uno tiene que aprender a correr lento. Así generás más mitocondrias, mayor resistencia, y el músculo no se desgasta tan rápido.

–¿Qué no comés?

–Sinceramente, como de todo. No hay nada que no coma. Hay cosas que no me gustan, pero el resto como todo: pizza, McDonald’s… Igual, la mayoría de lo que como es comida sana. Me gusta mucho el desayuno con proteína: huevos, palta, que son grasas buenas. Café siempre: café negro, nunca con azúcar. Muy pocas veces con leche; si es con leche, son leches alternativas, como de soja o de almendras. Y el entrenamiento y el descanso también son muy importantes. Uno no cree que el sueño sea tan importante, pero sí: es el momento en el que los músculos se recuperan. Intento comer proteínas de noche y carbohidratos de día, que es cuando más fuerte me entreno.

–¿Y todos los días te entrenás?

–Prácticamente sí. Corro todos los días. Por ahí, un día a la semana me lo tomo de descanso; es importante también. Ahora estoy metiendo gimnasio. La verdad es que no soy una persona que ame el gimnasio, nunca lo hice, pero por diferentes lesiones que he tenido –en realidad, una lesión recurrente– con el tiempo me di cuenta de lo importante que es, por lo menos después de los 30 años.

–¿Qué es lesión recurrente para vos? ¿Qué te pasó?

–Tuve un desgarro en la pantorrilla derecha ya en tres oportunidades, en el sóleo, que es bastante común. Esta última me dejó parado dos meses y medio: un desgarro de casi cinco centímetros.

Vicente Polimeni con su hermana Francesca en 2016, de visita en Australia. Recorrieron toda la costa. (Gentileza)

–¿Vivís permanentemente en Australia?

–Sí. Desde 2019 decidí irme ya para quedarme. Antes había vivido tres años en Australia, como backpacker, con la posibilidad de trabajar y viajar. Después viví casi dos años en Buenos Aires y me volví a ir. En 2019 me fui con la idea de quedarme en Australia, conseguir la residencia y hacer los pasos necesarios para poder quedarme.

–¿Y qué hacés en Australia?

–Soy carpintero. Trabajo en construcción, carpintería más de obra: encofrado, reparación de viviendas, renovaciones. No sólo residencial, sino también comercial.

–¿Y qué tiene Australia? ¿Qué te gusta?

–Calidad de vida. No digo que acá no la haya: acá yo también tenía una excelente vida, pero hoy priorizo vivir cerca de la playa. Considero que es real eso de que la gente que vive cerca de la playa es más feliz. Allá, a diferencia de Argentina, se arranca más temprano y se termina más temprano. A veces entro a trabajar a las 5 de la mañana en verano; si no, a las 6 o a las 6.30, y a las 2.30 o a las 3.30 de la tarde ya estoy saliendo. Después me queda la tarde libre para ir a la playa –vivo a una cuadra del mar–, salir a correr, juntarme con amigos y acostarme temprano, porque al día siguiente hay que arrancar temprano.

–¿Qué hora es temprano para acostarte?

–Me he acostado a las 7.30 u 8 de la noche, cenando a las 6. Ese es el horario australiano: 6, 6.30 es lo más común para cenar. Si querés dormir siete u ocho horas para rendir en el trabajo –sobre todo porque es un trabajo muy físico–, si no dormís esa cantidad, lo sentís en el cuerpo. Igual, cuando uno vive acá, se acostumbra: tenemos una vida mucho más social que el australiano. Eso también es lindo para destacar, porque a cualquiera que viene de afuera y conoce Argentina le llaman la atención nuestros horarios y que no esté todo cerrado a las 5 de la tarde, o no encontrar un lugar para comer. Así que tiene sus pros y sus contras.

Vicente Polimeni, con amigos, corriendo desde Gold Coast a Byron Bay, 68 kilómetros de faro a faro por la costa este de Australia. La carrera se llama Run Walk Talk y siempre hay que correr en grupo. (Gentileza)

–Vas a emprender una cruzada, ¿cómo nace la idea?

–Sí, voy a correr Argentina de norte a sur. Es un hecho. Lo vengo planificando desde hace ya dos años junto con mi coach. La idea surgió luego de conocer a un australiano que iba a correr la vuelta a Australia, que tiene 16 mil kilómetros. Este amigo ya la completó: se llama John Bell y corrió una doble maratón por día durante más de 170 días consecutivos. Gracias a él y a mi coach –que también ha corrido Australia de norte a sur y logró un récord Guinness de 150 maratones en 150 días consecutivos; fue la primera mujer en correr esa distancia–, ellos fueron los principales motivadores que me inspiraron para tomar la decisión de hacer algo así en Argentina. Son alrededor de seis mil kilómetros y planeo hacer una doble maratón diaria: serían 85 kilómetros diarios durante 70 días consecutivos.

–Y eso requiere toda una logística, ¿no? Dónde dormir, habrá lugares de carpa…

–La idea no es hacerlo con carpa. Va a ser en septiembre, una época accesible por el clima, tanto en el norte como en el sur: no hace tanto frío como en invierno para tocar Patagonia, y no hace tanto calor como en enero, cuando el norte es durísimo. La idea es viajar con una Camper Van. Tengo un equipo de soporte. Obviamente, es un desafío que solo no se podría realizar: lleva mucha logística. Y, por gracioso que suene, creo que lo más difícil no es correr, sino la logística. Lo más fácil es correr. La distancia es una locura, obvio, pero la logística es el tema complicado, porque hay muchos factores para tener en cuenta. Y también, encontrar un equipo que te acompañe ese tiempo; amigos que se sumen en algún tramo; gente que asista, o gente que cree contenido, porque la idea es generar contenido y que eso dé lugar, tal vez, a un documental o a algo por el estilo. Encontrar gente que pueda disponer el tiempo es lo más difícil.

–¿Y por qué vas a hacer esto?

–Porque quiero concientizar sobre un tema que me toca muy de cerca: la salud mental, principalmente suicidio y depresión.

Vicente Polimeni y una foto en familia, en otros tiempos. Papá, mamá y su hermana, de paseo.  (Gentileza)

–¿Cómo de cerca?

–Porque ha habido casos en mi familia, tanto de depresión como de suicidio, muy cercanos. Es un tema que lo siento muy latente. Creo que es un tema tabú del cual nadie habla. Hoy se empezó a hablar un poco más, pero no mucha gente se anima. Mucha gente sufre internamente. La idea es concientizar e inspirar a través del deporte, porque en mi caso correr fue lo que me ayudó a salir adelante.

–Entiendo, y vos me contarás hasta donde quieras: ¿fue tu mamá la que quedó muy complicada después del accidente?

–En realidad, en ese momento a ella no le pasó nada, por suerte. El accidente fue con un camión de frente en la ruta 9, en la autopista, cuando se estaba terminando de construir, en 2010. La de mi papá no fue una muerte instantánea, sino más cerebral. Queremos creer que no se dio cuenta. Con el tiempo, mi mamá ha ido empeorando en algunos aspectos. No es que no lo pudo superar: con los años, las cosas fueron cambiando, no necesariamente para bien. Es muy difícil ponerse en su lugar: haber estado toda una vida al lado de tu pareja. Mis viejos estaban juntos desde los 13 años. Mi papá tenía 59 cuando tuvo el accidente. Es muy difícil que te arranquen así, de raíz, a tu pareja de un día para el otro. Creo que es entendible. Yo, por mi parte, podría haber caído también en depresión o en un pozo. Y sí, mi mamá tiene depresión. La ayudo en lo que puedo, obviamente viviendo lejos no es lo mismo. Tengo una hermana más grande que está acá, la visita todas las semanas, están juntas, salen a comer. Nos apoyamos como hermanos y nos damos una mano como podemos, pero estando lejos siempre es complicado.

–¿No querés volver?

–No es que no quiero volver. Para mí nada es para siempre. Hoy elijo estar allá, a pesar de las circunstancias. Empecé a armar mi vida hace varios años. Estoy a punto de conseguir la residencia, tanto yo como mi pareja. Es el lugar que elijo hoy para vivir. Si el día de mañana vuelvo a Argentina o no, no lo sé. Pero hoy es el lugar que me hace bien. En su momento fue Córdoba. Después del accidente de mi papá, me quedé mucho tiempo acá. Mi hermana ya vivía en Buenos Aires; mi mamá había empezado a acompañarlo en viajes, y justo tuvieron el accidente juntos. Mi papá estaba trabajando más en Buenos Aires que acá. Con el tiempo, mi mamá también se fue, y yo me quedé en Córdoba porque mi vida estaba acá: hice parte del primario, todo el secundario y cuatro años de universidad acá; mi grupo de amigos de siempre está acá. Eso me hacía bien en ese momento. Después, cuando vi que era el momento de irme, me fui a Buenos Aires. Y después surgió lo de Australia. Hoy elijo Australia porque es el lugar en el que me siento más cómodo.

Vicente Polimeni en una granja solar en Australia, en uno de sus primeros trabajos cuando emigró. Ahora se dedica a la carpintería. (Gentileza)

-¿Cómo es la mamá que encontraste hoy cuando viniste a la Argentina de visita? ¿Y la mamá que era entonces? ¿Qué pasó en ella?

–Yo creo que con el tiempo fue desmejorando. Obviamente hay cosas que cambian cuando uno está en pareja a cuando está solo. Fue empeorando con los años. Yo la llevé a Australia hace casi tres años, en marzo se cumplen tres. En vez de yo volver, decidí mandarla a ella para que conociera cómo vivía, y para que conociera a mi novia. Yo hacía cinco años y medio que no volvía, desde 2019, por el Covid y por distintos motivos: estaba estudiando carpintería, y siempre pateaba la vuelta. Cuando llegó mi vieja a Australia, se bajó del avión en silla de ruedas. Ahí estallé en llanto. No me lo esperaba. Y después vi que estando a una cuadra de la playa se la pasaba en la cama, que no podía caminar o que no caminaba nada. De a poco fui viendo un montón de cosas que mis tías me venían adelantando, pero que yo no veía, o no quería ver.

–¿Tenés miedo de que te pase?

–No, no tengo miedo de que me pase, porque creo que ya me podría haber pasado con todo lo que sufrí a los 21 años. Yo encontré en el running esa ayuda que necesité para salir adelante, para empujar, para motivarme, para inspirar a otra gente inclusive. Ese es el mensaje que quiero dar: en mi caso, el running me dio más que kilómetros. Me ayudó a acomodar la cabeza y a generar desafíos que, creo, pueden ayudar a otra gente a salir adelante. Uno no tiene que caerse y quedarse solo: a través de hablar con familiares, con amigos, hay salidas y uno no está solo.

–¿Quién te ayudó a vos?

–Mi grupo de amigos, principalmente. Tuve la suerte de que la noche del accidente yo estaba haciendo una previa en mi casa acá en Córdoba, estaba rodeado de amigos. Podría haber estado solo, y justo esa noche estaban todos. Siguió cayendo gente que se fue enterando a lo largo de la noche de lo que había pasado y me sentí muy contenido. Tengo recuerdos nublados de esa noche, pero sí recuerdo que mucha gente empezó a caer a mi casa y a acompañarme. Hasta el último momento, cuando me subí a un avión y viajé a Buenos Aires, porque el accidente fue en Baradero, a 150 kilómetros de Capital. Me sentí muy contenido, y también por mi familia.

–Hablaste de suicidio, una problemática de salud mental muy recurrente. En Córdoba hay casi el mismo nivel de suicidios que de siniestros viales. Hay prejuicio y ahora hay recomendaciones de salud pública de conversar el tema. ¿Por qué querés hablar de eso?

–Porque es un tema tabú del cual la gente no habla, incluso lo de tener pensamientos suicidas. Es una palabra fuerte. Mucha gente ni siquiera la quiere decir. Yo te puedo hablar desde mi experiencia: yo he tenido pensamientos de ese tipo, y creo que el deporte me sacó adelante y me hizo olvidar, en muchos casos, esas cosas. Por estar triste, por pasar un momento muy doloroso, por lo familiar o por otras cosas. Antes, la gente no era capaz de abrirse y de hablar de esto. En general, cuesta hablar de lo que a uno le pasa a nivel mental. Y está bueno decirlo así porque a cualquiera le puede pasar. Incluso ir a un psiquiatra, que te mediquen, está mal visto. Hoy todo está cambiando: la gente está empezando a hablar más y se guarda menos, y eso es importante. Al hablar, uno puede encontrar gente que está pasando por lo mismo y sentirse identificado. Y no tiene que sentirse solo. Me parece que eso, tarde o temprano, te lleva a la depresión o al suicidio en el peor de los casos.

–¿Vos pudiste hablar del suicidio tan trágico en tu familia?

–Sí. Fue un caso muy particular: mi abuela, la mamá de mi mamá. Yo era muy chico, 5 o 6 años, no recuerdo bien. Hoy me doy cuenta de que me pegó de chico, inclusive sin haberme dado cuenta en su momento. Yo era muy cercano a mi abuela, vivía con nosotros. Fue un tema que me tocó muy de cerca. También he tenido casos de algún amigo acá en Córdoba. Son cosas que pasan en el día a día y mucha gente no lo dice porque tiene miedo del qué dirán. Por eso me parece que está bueno hablarlo: que la gente no tenga miedo. Le puede pasar a cualquiera tener pensamientos de este tipo, y sentirse apoyado hablando con amigos y comentándolo.

Vicente Polimeni con su pareja Barbie, también cordobesa, en la cima del monte Rinjani con vista al cráter de Indonesia. (Gentileza)

–Correr a vos te salvó. Te dio una herramienta diferente para enfrentar esa adversidad. ¿Cómo te imaginás en el futuro, cuando el cuerpo diga “basta”, si es que alguna vez dice basta?

–Me imagino corriendo el resto de mi vida. Hasta que no pueda correr más, voy a seguir corriendo. Ya se convirtió en una parte de mi vida, en un estilo de vida. Me junto con amigos a correr para ponerme al día y, después, ir a desayunar. A veces corro temprano antes de trabajar, a veces a la tarde. Los fines de semana… He hecho amigos corriendo en carreras en las que por ahí fui solo: estás corriendo 100 kilómetros, encontrás a alguien que va a tu ritmo, terminás hablando de la vida. El running es como la vida: tenés altibajos. Momentos muy arriba, momentos muy abajo, momentos en los que te preguntás qué estás haciendo, sobre todo en carreras de larga distancia. Sentís un montón de cosas. Es increíble cómo funciona la cabeza y cómo uno empuja cuando el objetivo es más grande que uno. No es sólo correr por correr: va más allá. Para mí es como un estado de meditación, en cierta forma. Es difícil de explicar, pero puedo correr kilómetros y kilómetros y, a veces, estar pensando en muchas cosas, y otras veces no estar pensando en nada. Mirás el reloj y decís: “Mierda, voy 30, 40 kilómetros”. También disfrutás del entorno, conocés gente… Son muchas cosas las que correr me dio a mí.

–¿Qué necesitás ahora para esta ultramaratón? Sumar gente, sumar apoyos.

–Sí. Estamos en todo el proceso de sponsors. Invito a toda la gente que se quiera sumar: vamos a recorrer 12 provincias de 23 en Argentina. La idea es que la gente se junte y se una. No hace falta correr 85 kilómetros por día: es una invitación abierta para todo el mundo. Vamos a pasar por ciudades como Mendoza, San Juan, por el centro de la ciudad… Si la gente se quiere sumar a correr cinco, 10, 15, 20 kilómetros, una maratón o una doble maratón, yo feliz de la vida porque el objetivo es compartirlo, no correr solo.

–¿Para cuándo está planeada la carrera?

–Para septiembre. Arranco después de la maratón de Sídney. Planeo correr la maratón de Sídney el 30 de agosto y la idea es viajar a Argentina y empezar este desafío alrededor de mitad de septiembre.

Vicente Polimeni entrenando. Se prepara para correr el 13 de marzo su tercera Backyard Ultra en Australia. (Gentileza)

Ficha picante

Vicente Polimeni (36). Cursó Arquitectura en Córdoba, aunque no terminó. A sus 21 años, falleció su papá en un accidente de tránsito. Correr primero fue una terapia y, luego, un modo de vida. Vive desde hace varios años en Australia y planea recorrer la Argentina de norte a sur para visibilizar su causa: la salud mental. Contacto: @wpolimeni.

–¿Por qué corrés? –Mirá, es una pregunta que me hacen bastante seguido. Yo empecé a correr por un tema particular: hubo un accidente en mi familia y mi papá falleció. Ahí empecé a correr como una especie de terapia. Era lo que me hacía bien. En su momento, me olvidaba de lo que estaba pasando y, con el tiempo, se fue transformando en algo central para mí. En ese momento yo tenía 21 años y vivíamos en Córdoba. Fue un accidente en la ruta 9, cuando la estaban construyendo. Eso fue lo que, en ese momento, me ayudaba. Yo siempre corrí como complemento de otros deportes y, con el tiempo, fui dejando esos otros deportes. Encontré en correr algo que no había encontrado en los demás: me despeja la mente, me relaja. Es una terapia para mí, y también algo de mucha resistencia. –¿Cuánto es correr mucho para vos? –Hoy corro lo que se llama ultramaratones, que es larga distancia. Todo lo que sea arriba de 42 kilómetros se considera una ultramaratón, ya que la maratón es 42 kilómetros. Después, tenés carreras de 10, de 15 kilómetros, y de 21, que es una media maratón. Así que hoy en día corro ultramaratones, y también maratones y distancias más bajas. –¿Y cuánto ha sido lo máximo que podés hacer en un día? –En un día he corrido 160 kilómetros, que son 100 millas. –¿Y cuánto te lleva eso? –Fueron 24 horas exactas, porque es un formato de carrera que no es el convencional. Se corre en vueltas de 6,7 kilómetros cada hora. Entonces, la totalidad de las 24 horas serían 160 kilómetros. –¿Sin parar? –No. Hacés la vuelta y a la hora hacés la otra. Por ejemplo, si hacés 6,7 kilómetros en 40 minutos, los minutos restantes hasta la hora siguiente podés descansar, dormir, comer, bañarte inclusive. Y después, a la hora en punto, tenés que estar en el corral de salida y arrancar una nueva vuelta. Se corre hasta que no podés correr más, básicamente. -Ay, como el “Juego del Calamar” casi, hasta que no quede nadie. -Ja, sí. Siempre dije que nunca iba a correr vueltas, que no me gustaba, como el Juego del Calamar o algo así. Pero es un poco de estrategia, obviamente mucha resistencia. Resistencia no solo física, sino también mental. Es una locura si lo pensás, pero es increíble porque realmente no llega lejos el que corre solo, sino el que se apoya en otros. Vas charlando, conociendo a la gente, te terminás haciendo amigos, y te das cuenta de que el logro no se genera solo, sino en conjunto. –¿Y esa la terminaste? –No terminé “último a las 24 horas”. La he corrido dos veces esta carrera. La primera vez hice 21 horas: abandoné porque simplemente no quería correr más, la cabeza dijo “basta”. Y la segunda vez hice las 24 horas. Dicen que el error más común es ponerte una meta, pensar en un número o en una cantidad de vueltas. Dicen que hay que ir vuelta tras vuelta y empujar hasta que tu cuerpo te diga basta o hasta que tu cabeza te diga basta. Yo llegué a las 24 horas con ese secreto, ir de a una. –Y cuando el cuerpo te empieza a decir “basta”, ¿qué señales te da? –Podés tener muchas señales. Para que te des una idea, el récord de Backyard Ultra, que es este formato de carrera, es de 119 vueltas: casi cinco días. Lo tiene un australiano del oeste de Australia. Ahí te das cuenta de que es algo no sólo de estrategia, sino también de esfuerzo mental, sobre todo, porque tenés la privación del sueño, el tema de la comida… Tenés que alternar lo que vas comiendo: no podés comer sólo dulce, también tenés que comer salado, tener una nutrición específica. Y ahí empieza a jugar no sólo lo mental, sino también lo que vas consumiendo e hidratándote. Hay que pensar en muchas cosas. –Y en una maratón clásica, convencional, ¿cuál es la preparación? –Tengo una coach que es australiana. Me acompaña con una planificación semanal que se amolda al objetivo: si es una carrera de larga distancia, no es el mismo tipo de entrenamiento que una convencional. Son bloques semanales: intervalos o sesiones rápidas, fartlek (cambios de ritmo), tiradas largas o long run, que son fondos. Y el 80% de mis entrenamientos hoy en día son en zona dos, o sea, baja frecuencia cardíaca: un trote suave. Yo lo que intento hoy en día es correr largo y no correr rápido. Pero es gracioso: para correr rápido, dicen que uno tiene que aprender a correr lento. Así generás más mitocondrias, mayor resistencia, y el músculo no se desgasta tan rápido. –¿Qué no comés? –Sinceramente, como de todo. No hay nada que no coma. Hay cosas que no me gustan, pero el resto como todo: pizza, McDonald’s… Igual, la mayoría de lo que como es comida sana. Me gusta mucho el desayuno con proteína: huevos, palta, que son grasas buenas. Café siempre: café negro, nunca con azúcar. Muy pocas veces con leche; si es con leche, son leches alternativas, como de soja o de almendras. Y el entrenamiento y el descanso también son muy importantes. Uno no cree que el sueño sea tan importante, pero sí: es el momento en el que los músculos se recuperan. Intento comer proteínas de noche y carbohidratos de día, que es cuando más fuerte me entreno. –¿Y todos los días te entrenás? –Prácticamente sí. Corro todos los días. Por ahí, un día a la semana me lo tomo de descanso; es importante también. Ahora estoy metiendo gimnasio. La verdad es que no soy una persona que ame el gimnasio, nunca lo hice, pero por diferentes lesiones que he tenido –en realidad, una lesión recurrente– con el tiempo me di cuenta de lo importante que es, por lo menos después de los 30 años. –¿Qué es lesión recurrente para vos? ¿Qué te pasó? –Tuve un desgarro en la pantorrilla derecha ya en tres oportunidades, en el sóleo, que es bastante común. Esta última me dejó parado dos meses y medio: un desgarro de casi cinco centímetros. –¿Vivís permanentemente en Australia? –Sí. Desde 2019 decidí irme ya para quedarme. Antes había vivido tres años en Australia, como backpacker, con la posibilidad de trabajar y viajar. Después viví casi dos años en Buenos Aires y me volví a ir. En 2019 me fui con la idea de quedarme en Australia, conseguir la residencia y hacer los pasos necesarios para poder quedarme.–¿Y qué hacés en Australia? –Soy carpintero. Trabajo en construcción, carpintería más de obra: encofrado, reparación de viviendas, renovaciones. No sólo residencial, sino también comercial. –¿Y qué tiene Australia? ¿Qué te gusta? –Calidad de vida. No digo que acá no la haya: acá yo también tenía una excelente vida, pero hoy priorizo vivir cerca de la playa. Considero que es real eso de que la gente que vive cerca de la playa es más feliz. Allá, a diferencia de Argentina, se arranca más temprano y se termina más temprano. A veces entro a trabajar a las 5 de la mañana en verano; si no, a las 6 o a las 6.30, y a las 2.30 o a las 3.30 de la tarde ya estoy saliendo. Después me queda la tarde libre para ir a la playa –vivo a una cuadra del mar–, salir a correr, juntarme con amigos y acostarme temprano, porque al día siguiente hay que arrancar temprano. –¿Qué hora es temprano para acostarte? –Me he acostado a las 7.30 u 8 de la noche, cenando a las 6. Ese es el horario australiano: 6, 6.30 es lo más común para cenar. Si querés dormir siete u ocho horas para rendir en el trabajo –sobre todo porque es un trabajo muy físico–, si no dormís esa cantidad, lo sentís en el cuerpo. Igual, cuando uno vive acá, se acostumbra: tenemos una vida mucho más social que el australiano. Eso también es lindo para destacar, porque a cualquiera que viene de afuera y conoce Argentina le llaman la atención nuestros horarios y que no esté todo cerrado a las 5 de la tarde, o no encontrar un lugar para comer. Así que tiene sus pros y sus contras.–Vas a emprender una cruzada, ¿cómo nace la idea? –Sí, voy a correr Argentina de norte a sur. Es un hecho. Lo vengo planificando desde hace ya dos años junto con mi coach. La idea surgió luego de conocer a un australiano que iba a correr la vuelta a Australia, que tiene 16 mil kilómetros. Este amigo ya la completó: se llama John Bell y corrió una doble maratón por día durante más de 170 días consecutivos. Gracias a él y a mi coach –que también ha corrido Australia de norte a sur y logró un récord Guinness de 150 maratones en 150 días consecutivos; fue la primera mujer en correr esa distancia–, ellos fueron los principales motivadores que me inspiraron para tomar la decisión de hacer algo así en Argentina. Son alrededor de seis mil kilómetros y planeo hacer una doble maratón diaria: serían 85 kilómetros diarios durante 70 días consecutivos. –Y eso requiere toda una logística, ¿no? Dónde dormir, habrá lugares de carpa… –La idea no es hacerlo con carpa. Va a ser en septiembre, una época accesible por el clima, tanto en el norte como en el sur: no hace tanto frío como en invierno para tocar Patagonia, y no hace tanto calor como en enero, cuando el norte es durísimo. La idea es viajar con una Camper Van. Tengo un equipo de soporte. Obviamente, es un desafío que solo no se podría realizar: lleva mucha logística. Y, por gracioso que suene, creo que lo más difícil no es correr, sino la logística. Lo más fácil es correr. La distancia es una locura, obvio, pero la logística es el tema complicado, porque hay muchos factores para tener en cuenta. Y también, encontrar un equipo que te acompañe ese tiempo; amigos que se sumen en algún tramo; gente que asista, o gente que cree contenido, porque la idea es generar contenido y que eso dé lugar, tal vez, a un documental o a algo por el estilo. Encontrar gente que pueda disponer el tiempo es lo más difícil. –¿Y por qué vas a hacer esto? –Porque quiero concientizar sobre un tema que me toca muy de cerca: la salud mental, principalmente suicidio y depresión. –¿Cómo de cerca? –Porque ha habido casos en mi familia, tanto de depresión como de suicidio, muy cercanos. Es un tema que lo siento muy latente. Creo que es un tema tabú del cual nadie habla. Hoy se empezó a hablar un poco más, pero no mucha gente se anima. Mucha gente sufre internamente. La idea es concientizar e inspirar a través del deporte, porque en mi caso correr fue lo que me ayudó a salir adelante. –Entiendo, y vos me contarás hasta donde quieras: ¿fue tu mamá la que quedó muy complicada después del accidente? –En realidad, en ese momento a ella no le pasó nada, por suerte. El accidente fue con un camión de frente en la ruta 9, en la autopista, cuando se estaba terminando de construir, en 2010. La de mi papá no fue una muerte instantánea, sino más cerebral. Queremos creer que no se dio cuenta. Con el tiempo, mi mamá ha ido empeorando en algunos aspectos. No es que no lo pudo superar: con los años, las cosas fueron cambiando, no necesariamente para bien. Es muy difícil ponerse en su lugar: haber estado toda una vida al lado de tu pareja. Mis viejos estaban juntos desde los 13 años. Mi papá tenía 59 cuando tuvo el accidente. Es muy difícil que te arranquen así, de raíz, a tu pareja de un día para el otro. Creo que es entendible. Yo, por mi parte, podría haber caído también en depresión o en un pozo. Y sí, mi mamá tiene depresión. La ayudo en lo que puedo, obviamente viviendo lejos no es lo mismo. Tengo una hermana más grande que está acá, la visita todas las semanas, están juntas, salen a comer. Nos apoyamos como hermanos y nos damos una mano como podemos, pero estando lejos siempre es complicado. –¿No querés volver? –No es que no quiero volver. Para mí nada es para siempre. Hoy elijo estar allá, a pesar de las circunstancias. Empecé a armar mi vida hace varios años. Estoy a punto de conseguir la residencia, tanto yo como mi pareja. Es el lugar que elijo hoy para vivir. Si el día de mañana vuelvo a Argentina o no, no lo sé. Pero hoy es el lugar que me hace bien. En su momento fue Córdoba. Después del accidente de mi papá, me quedé mucho tiempo acá. Mi hermana ya vivía en Buenos Aires; mi mamá había empezado a acompañarlo en viajes, y justo tuvieron el accidente juntos. Mi papá estaba trabajando más en Buenos Aires que acá. Con el tiempo, mi mamá también se fue, y yo me quedé en Córdoba porque mi vida estaba acá: hice parte del primario, todo el secundario y cuatro años de universidad acá; mi grupo de amigos de siempre está acá. Eso me hacía bien en ese momento. Después, cuando vi que era el momento de irme, me fui a Buenos Aires. Y después surgió lo de Australia. Hoy elijo Australia porque es el lugar en el que me siento más cómodo. -¿Cómo es la mamá que encontraste hoy cuando viniste a la Argentina de visita? ¿Y la mamá que era entonces? ¿Qué pasó en ella? –Yo creo que con el tiempo fue desmejorando. Obviamente hay cosas que cambian cuando uno está en pareja a cuando está solo. Fue empeorando con los años. Yo la llevé a Australia hace casi tres años, en marzo se cumplen tres. En vez de yo volver, decidí mandarla a ella para que conociera cómo vivía, y para que conociera a mi novia. Yo hacía cinco años y medio que no volvía, desde 2019, por el Covid y por distintos motivos: estaba estudiando carpintería, y siempre pateaba la vuelta. Cuando llegó mi vieja a Australia, se bajó del avión en silla de ruedas. Ahí estallé en llanto. No me lo esperaba. Y después vi que estando a una cuadra de la playa se la pasaba en la cama, que no podía caminar o que no caminaba nada. De a poco fui viendo un montón de cosas que mis tías me venían adelantando, pero que yo no veía, o no quería ver. –¿Tenés miedo de que te pase? –No, no tengo miedo de que me pase, porque creo que ya me podría haber pasado con todo lo que sufrí a los 21 años. Yo encontré en el running esa ayuda que necesité para salir adelante, para empujar, para motivarme, para inspirar a otra gente inclusive. Ese es el mensaje que quiero dar: en mi caso, el running me dio más que kilómetros. Me ayudó a acomodar la cabeza y a generar desafíos que, creo, pueden ayudar a otra gente a salir adelante. Uno no tiene que caerse y quedarse solo: a través de hablar con familiares, con amigos, hay salidas y uno no está solo. –¿Quién te ayudó a vos? –Mi grupo de amigos, principalmente. Tuve la suerte de que la noche del accidente yo estaba haciendo una previa en mi casa acá en Córdoba, estaba rodeado de amigos. Podría haber estado solo, y justo esa noche estaban todos. Siguió cayendo gente que se fue enterando a lo largo de la noche de lo que había pasado y me sentí muy contenido. Tengo recuerdos nublados de esa noche, pero sí recuerdo que mucha gente empezó a caer a mi casa y a acompañarme. Hasta el último momento, cuando me subí a un avión y viajé a Buenos Aires, porque el accidente fue en Baradero, a 150 kilómetros de Capital. Me sentí muy contenido, y también por mi familia. –Hablaste de suicidio, una problemática de salud mental muy recurrente. En Córdoba hay casi el mismo nivel de suicidios que de siniestros viales. Hay prejuicio y ahora hay recomendaciones de salud pública de conversar el tema. ¿Por qué querés hablar de eso? –Porque es un tema tabú del cual la gente no habla, incluso lo de tener pensamientos suicidas. Es una palabra fuerte. Mucha gente ni siquiera la quiere decir. Yo te puedo hablar desde mi experiencia: yo he tenido pensamientos de ese tipo, y creo que el deporte me sacó adelante y me hizo olvidar, en muchos casos, esas cosas. Por estar triste, por pasar un momento muy doloroso, por lo familiar o por otras cosas. Antes, la gente no era capaz de abrirse y de hablar de esto. En general, cuesta hablar de lo que a uno le pasa a nivel mental. Y está bueno decirlo así porque a cualquiera le puede pasar. Incluso ir a un psiquiatra, que te mediquen, está mal visto. Hoy todo está cambiando: la gente está empezando a hablar más y se guarda menos, y eso es importante. Al hablar, uno puede encontrar gente que está pasando por lo mismo y sentirse identificado. Y no tiene que sentirse solo. Me parece que eso, tarde o temprano, te lleva a la depresión o al suicidio en el peor de los casos. –¿Vos pudiste hablar del suicidio tan trágico en tu familia? –Sí. Fue un caso muy particular: mi abuela, la mamá de mi mamá. Yo era muy chico, 5 o 6 años, no recuerdo bien. Hoy me doy cuenta de que me pegó de chico, inclusive sin haberme dado cuenta en su momento. Yo era muy cercano a mi abuela, vivía con nosotros. Fue un tema que me tocó muy de cerca. También he tenido casos de algún amigo acá en Córdoba. Son cosas que pasan en el día a día y mucha gente no lo dice porque tiene miedo del qué dirán. Por eso me parece que está bueno hablarlo: que la gente no tenga miedo. Le puede pasar a cualquiera tener pensamientos de este tipo, y sentirse apoyado hablando con amigos y comentándolo. –Correr a vos te salvó. Te dio una herramienta diferente para enfrentar esa adversidad. ¿Cómo te imaginás en el futuro, cuando el cuerpo diga “basta”, si es que alguna vez dice basta? –Me imagino corriendo el resto de mi vida. Hasta que no pueda correr más, voy a seguir corriendo. Ya se convirtió en una parte de mi vida, en un estilo de vida. Me junto con amigos a correr para ponerme al día y, después, ir a desayunar. A veces corro temprano antes de trabajar, a veces a la tarde. Los fines de semana… He hecho amigos corriendo en carreras en las que por ahí fui solo: estás corriendo 100 kilómetros, encontrás a alguien que va a tu ritmo, terminás hablando de la vida. El running es como la vida: tenés altibajos. Momentos muy arriba, momentos muy abajo, momentos en los que te preguntás qué estás haciendo, sobre todo en carreras de larga distancia. Sentís un montón de cosas. Es increíble cómo funciona la cabeza y cómo uno empuja cuando el objetivo es más grande que uno. No es sólo correr por correr: va más allá. Para mí es como un estado de meditación, en cierta forma. Es difícil de explicar, pero puedo correr kilómetros y kilómetros y, a veces, estar pensando en muchas cosas, y otras veces no estar pensando en nada. Mirás el reloj y decís: “Mierda, voy 30, 40 kilómetros”. También disfrutás del entorno, conocés gente… Son muchas cosas las que correr me dio a mí. –¿Qué necesitás ahora para esta ultramaratón? Sumar gente, sumar apoyos. –Sí. Estamos en todo el proceso de sponsors. Invito a toda la gente que se quiera sumar: vamos a recorrer 12 provincias de 23 en Argentina. La idea es que la gente se junte y se una. No hace falta correr 85 kilómetros por día: es una invitación abierta para todo el mundo. Vamos a pasar por ciudades como Mendoza, San Juan, por el centro de la ciudad… Si la gente se quiere sumar a correr cinco, 10, 15, 20 kilómetros, una maratón o una doble maratón, yo feliz de la vida porque el objetivo es compartirlo, no correr solo. –¿Para cuándo está planeada la carrera? –Para septiembre. Arranco después de la maratón de Sídney. Planeo correr la maratón de Sídney el 30 de agosto y la idea es viajar a Argentina y empezar este desafío alrededor de mitad de septiembre. Ficha picanteVicente Polimeni (36). Cursó Arquitectura en Córdoba, aunque no terminó. A sus 21 años, falleció su papá en un accidente de tránsito. Correr primero fue una terapia y, luego, un modo de vida. Vive desde hace varios años en Australia y planea recorrer la Argentina de norte a sur para visibilizar su causa: la salud mental. Contacto: @wpolimeni.