River estuvo a cuatro minutos de un nuevo papelón. Aún si pasaba por penales, la actualidad millonaria es una bofetada a su historia. Más aún: a la historia que supo crear Marcelo Gallardo. A cuatro minutos del final, aprovechó un penal que le cometieron a un debutante, convertido por Juanfer Quintero, el único que se salva de la mediocridad general.
Así, River superó por 1 a 0 a Ciudad Bolívar, un equipo nuevo de la Primera Nacional, en San Luis, y sigue en carrera en la Copa Argentina. El próximo adversario será Aldosivi, que un rato antes venció a San Miguel por 3 a 0.
En la búsqueda de un equipo confiable, el entrenador volvió a tocar piezas del equipo. Paulo Díaz, mariscal en otro tiempo y convertido ahora en el peor de los males según el juicio de las redes sociales, reemplazó al joven Lautaro Rivero, que pocas veces ofreció seguridad. En el ataque, mantuvo a otro pibe, Agustín Ruberto, esta vez acompañado por Maximiliano Salas, víctima de una estructura endeble y, sobre todo, de sus propios desatinos.
La apuesta fue clara: mayor experiencia en la zaga central (29 y 31 años) y una clara referencia de área en Ruberto, con el Mencho como segunda punta, por la banda izquierda. Mantuvo, también, una sociedad que no ofreció dividendos todavía: Juanfer Quintero, como conductor y Tomás Galván, como segundo guitarrista, habitualmente con más ganas que buenas decisiones.
El rival, lógicamente, juega en otra liga. Eso sí: acaba de disputar uno de los partidos más importantes de su historia, ya que el viernes pasado debutó en la Primera Nacional. Igualó 1 a 1 como visitante frente a Godoy Cruz, uno de los candidatos al ascenso por plantel y por su historia reciente. El próximo domingo, desde las 18, hará su presentación como local frente a Los Andes.
El prólogo de esta historia fue vertiginoso, con River con ataques en continuado. Con Quintero con una conducción incisiva, con Montiel casi como número 7 (tuvo una ocasión clarísima, una volea que no alcanzó a darle de lleno), aunque sin peligro en el área rival. Bolívar, excesivamente metido en su guarida, tenía un plan peligroso: aguardar que los minutos transcurrieran con la fórmula de algún contraataque eficaz.
La presión asfixiante duró un suspiro: unos 25 minutos. Más tarde, el desarrollo siempre tuvo el control millonario, pero fue más parejo, el gigante ya no le mostró los dientes. Juanfer siguió con movilidad, entusiasmo y una novedad: tres disparos desde afuera.
Lo que refleja el contexto. Por un lado, es positivo: cada vez se patea menos desde lejos en el fútbol argentino, como si se tratase de una fórmula prohibida. Por el otro, queda la evidencia de que no tiene intérpretes para asociarse, tampoco delanteros que ataquen el espacio.
La situación más clara durante la primera mitad fue un pase al vacío de Juanfer a Montiel (la mejor conexión) y casi convierte Fausto Vera, luego de un rebote. Un zurdazo de Galván, luego de otro pase de Quintero, también pasó cerca. La expresión más evidente fue una de las bolas del final: Díaz, con el balón dominado, levantó la cabeza y le apuntó a la tribuna.
En otra época (no tan lejana, por cierto, no hay que rozar la gloria de otro tiempo) River ya habría estado en ventaja. Una diferencia de dos goles, al menos. Sin embargo, no tiene… gol. Le falta. No es un problema exclusivo por la ausencia de un número 9 reconocible (Borja se fue, Driussi está lesionado, a Ruberto le falta, ni Salas ni Colidio son centrodelanteros), sino que no le sobra fuego en el área rival. Todo lo contrario: la pelota suele quemarle.
En el torneo Apertura, convirtió cuatro goles en cinco partidos. Y, más allá de que no suele volar (todo lo contrario), suele generar situaciones de gol. Rústicas, volátiles, sin magia, pero intenta. Va, va, va. Hasta que se le caen las medias.
Tomó nota de esa situación Bolívar, que se adelantó unos metros y hasta tuvo una ocasión seria de gol. Cuando el partido era una moneda en el aire, Gallardo dispuso de tres modificaciones, el pibe Joaquín Freitas, de 19 años, un volante creativo, Facundo Colidio y otro chico, Ian Subiabre.
Por peso específico y por cabezazos como el de Matías Viña, Agustín Rufinetti, el arquero de Bolívar, se convirtió en figura a medida de que transcurrieron los minutos. “Movete River movete, movete dejá de joder”, empezó a cantar la gente a 20 minutos del cierre.
A los 40, el pibe Freitas encaró, fue por el sector derecho y fue tocado por Elías Martínez. Penal cobró Ramírez. Fino, chiquito, mínimo, pero mereció la pena máxima. Y Quintero le pegó fuerte y al medio, como dicen los viejos manuales. Ganó River, sigue en carrera. Eso sí: la falta de grandeza se mantiene inalterable.
En San Luis, ganó por una infracción en el área sobre Freitas, un debutante; Juanfer marcó el penal Fútbol

