• 17 de febrero de 2026 17:32

Síndrome de La Habana: el experimento en Noruega que reabre el debate sobre las “armas de energía”

Porradioplayjujuy

Feb 17, 2026

El caso de un científico noruego que se causó daños neurológicos al intentar desmitificar el llamado “Síndrome de La Habana”, una inexplicable enfermedad que aseguran ha afectado a cientos de espías y diplomáticos estadounidenses, reabrió el debate sobre las armas de energía.

El hecho ocurrió en 2024, y fue a dado a conocer en las últimas horas por The Washington Post. En aquel año, funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono viajaron a Noruega para inspeccionar un dispositivo de “microondas de alta potencia” de fabricación casera, luego de que un científico noruego que lo construyó resultara herido, según los informes, mientras lo probaba.

Se trata del Dr. Robert McCreight, un físico estadounidense y exfuncionario del Departamento de Estado, diseñó el sistema de microondas pulsadas para demostrar que tales armas no podían producir las dolencias neurológicas reportadas por el personal estadounidense en el extranjero.

Convencido de que las emisiones serían inofensivas, se expuso al dispositivo y, posteriormente, experimentó síntomas similares a una conmoción cerebral, pérdida del equilibrio, tinnitus crónico y lesiones en el oído interno.

Las evaluaciones médicas indicaron daños permanentes en la materia blanca de su cerebro; los especialistas describieron la afección como un “trauma cerebral no mecánico” y señalaron déficits de memoria a corto plazo y dificultades motoras que pusieron fin a su carrera en la investigación de campo. Los funcionarios que revisaron el origen del dispositivo creyeron que fue construido con materiales robados a un gobierno extranjero, según informó The Washington Post.

Qué buscaba probar el científico

El trabajo profesional de McCreight se centraba en analizar amenazas existenciales, y ensambló el equipo de microondas con componentes comerciales que consideraba accesibles para actores estatales o grupos terroristas.

Después de que su autoevaluación produjera daños inesperados, él y las autoridades noruegas notificaron a la CIA en 2024. El episodio se desarrolló mientras Washington intensificaba sus propias investigaciones técnicas.

A fines de 2024, la administración de Biden compró un dispositivo de ondas de radio pulsadas fabricado en el extranjero que algunos expertos sospechan que está vinculado a Incidentes de Salud Anómalos; el sistema está bajo pruebas del Departamento de Defensa y se informó que contiene componentes de origen ruso, según un informe de CNN.

El sello de la CIA junto a una bandera estadounidense en la sede de la agencia en Langley, Virginia. (Foto AP/Carolyn Kaster, Archivo)

La convergencia del caso de McCreight y las adquisiciones de bancos de prueba por parte de EE.UU. agudizó las dudas sobre si varios países poseían o estaban experimentando con capacidades de energía pulsada que podrían afectar la biología humana.

“Una conmoción cerebral sin golpe físico”

Los médicos que evaluaron a McCreight caracterizaron sus lesiones como similares a una conmoción cerebral sin un golpe físico, un perfil que coincidía con el “trauma cerebral no mecánico”, pero que no era idéntico a la presentación típica del “Síndrome de La Habana”, que generalmente se asociaba con dolores de cabeza, mareos, zumbidos en los oídos y dificultades cognitivas.

Aun así, la constelación de síntomas que siguieron a su exposición (problemas de equilibrio, tinnitus y déficits cognitivos) reflejó partes del patrón más amplio reportado por el personal estadounidense desde 2016.

El gobierno de EE.UU. vinculó oficialmente los Incidentes de Salud Anómalos con radiofrecuencias pulsadas y dirigidas en diciembre de 2020, un marco que intentó dar cuenta de cientos de casos entre espías y diplomáticos estadounidenses en todo el mundo, con más de 1.500 funcionarios afectados según se informa.

Cuba negó cualquier participación en lo que inicialmente se describió como “ataques sónicos”, y el mecanismo preciso, los perpetradores y el alcance siguieron siendo objeto de investigación y disputa constantes.

Lo que demostró el experimento noruego, según reconocieron tanto los partidarios como los detractores de McCreight, no fue una prueba definitiva de que potencias extranjeras estuvieran empleando armas secretas contra el personal estadounidense.

Más bien, su caso dio peso a los argumentos de que los dispositivos de energía pulsada eran capaces de producir impactos neurológicos y vestibulares bajo ciertas condiciones y, por lo tanto, podrían ser desarrollados o adaptados plausiblemente por actores adversarios.

​El caso de un científico noruego que se causó daños neurológicos al intentar desmitificar el llamado “Síndrome de La Habana”, una inexplicable enfermedad que aseguran ha afectado a cientos de espías y diplomáticos estadounidenses, reabrió el debate sobre las armas de energía.El hecho ocurrió en 2024, y fue a dado a conocer en las últimas horas por The Washington Post. En aquel año, funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono viajaron a Noruega para inspeccionar un dispositivo de “microondas de alta potencia” de fabricación casera, luego de que un científico noruego que lo construyó resultara herido, según los informes, mientras lo probaba.Se trata del Dr. Robert McCreight, un físico estadounidense y exfuncionario del Departamento de Estado, diseñó el sistema de microondas pulsadas para demostrar que tales armas no podían producir las dolencias neurológicas reportadas por el personal estadounidense en el extranjero.Convencido de que las emisiones serían inofensivas, se expuso al dispositivo y, posteriormente, experimentó síntomas similares a una conmoción cerebral, pérdida del equilibrio, tinnitus crónico y lesiones en el oído interno. Las evaluaciones médicas indicaron daños permanentes en la materia blanca de su cerebro; los especialistas describieron la afección como un “trauma cerebral no mecánico” y señalaron déficits de memoria a corto plazo y dificultades motoras que pusieron fin a su carrera en la investigación de campo. Los funcionarios que revisaron el origen del dispositivo creyeron que fue construido con materiales robados a un gobierno extranjero, según informó The Washington Post.Qué buscaba probar el científicoEl trabajo profesional de McCreight se centraba en analizar amenazas existenciales, y ensambló el equipo de microondas con componentes comerciales que consideraba accesibles para actores estatales o grupos terroristas. Después de que su autoevaluación produjera daños inesperados, él y las autoridades noruegas notificaron a la CIA en 2024. El episodio se desarrolló mientras Washington intensificaba sus propias investigaciones técnicas. A fines de 2024, la administración de Biden compró un dispositivo de ondas de radio pulsadas fabricado en el extranjero que algunos expertos sospechan que está vinculado a Incidentes de Salud Anómalos; el sistema está bajo pruebas del Departamento de Defensa y se informó que contiene componentes de origen ruso, según un informe de CNN.La convergencia del caso de McCreight y las adquisiciones de bancos de prueba por parte de EE.UU. agudizó las dudas sobre si varios países poseían o estaban experimentando con capacidades de energía pulsada que podrían afectar la biología humana. “Una conmoción cerebral sin golpe físico”Los médicos que evaluaron a McCreight caracterizaron sus lesiones como similares a una conmoción cerebral sin un golpe físico, un perfil que coincidía con el “trauma cerebral no mecánico”, pero que no era idéntico a la presentación típica del “Síndrome de La Habana”, que generalmente se asociaba con dolores de cabeza, mareos, zumbidos en los oídos y dificultades cognitivas.Aun así, la constelación de síntomas que siguieron a su exposición (problemas de equilibrio, tinnitus y déficits cognitivos) reflejó partes del patrón más amplio reportado por el personal estadounidense desde 2016. El gobierno de EE.UU. vinculó oficialmente los Incidentes de Salud Anómalos con radiofrecuencias pulsadas y dirigidas en diciembre de 2020, un marco que intentó dar cuenta de cientos de casos entre espías y diplomáticos estadounidenses en todo el mundo, con más de 1.500 funcionarios afectados según se informa. Cuba negó cualquier participación en lo que inicialmente se describió como “ataques sónicos”, y el mecanismo preciso, los perpetradores y el alcance siguieron siendo objeto de investigación y disputa constantes.Lo que demostró el experimento noruego, según reconocieron tanto los partidarios como los detractores de McCreight, no fue una prueba definitiva de que potencias extranjeras estuvieran empleando armas secretas contra el personal estadounidense. Más bien, su caso dio peso a los argumentos de que los dispositivos de energía pulsada eran capaces de producir impactos neurológicos y vestibulares bajo ciertas condiciones y, por lo tanto, podrían ser desarrollados o adaptados plausiblemente por actores adversarios.  La Voz