En la mañana de ayer y en la Berlinale, se estrenó El tren fluvial, filme de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale que tiene una alta factura estética y que compite en la sección Perspectives.
En el cine, con facilidad, se puede invocar la palabra libertad para hablar sobre una película, pero rara vez se puede constatar tal libertad en lo que una película enuncia y en cómo lo enuncia.
Materia y forma en el caso de El tren fluvial se desplazan juntas por las mismas vías. La señal de lo que tiene libertad es lo indeterminado. Se distingue desde el inicio: durante la cena, la hermana mayor, el padre y la madre del niño Milo se quedan dormidos en la mesa, como si dejaran de existir; es parte del plan de Milo, el primer paso, para dirigirse a la estación y viajar a Buenos Aires.
Por un tiempo, pretende olvidar el destino de bailarín de malambo que el padre impone con rigor y disciplina. Con nueve años, Milo quiere pensar. De ahí en más, lo inesperado se impone sin timidez alguna en la ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale. Lo que hicieron no se parece a nada del cine contemporáneo, lo que no significa que no se pueda reconocer una filiación: el cine moderno y popular de Leonardo Favio.
En dos oportunidades, en el inicio, se citan escenas de Soñar, soñar; se ven en el televisor de la casa. Es justo cuando el personaje de Monzón ha decidido ir a Buenos Aires para triunfar como artista. Milo presta atención, comprende que eso es lo que él quiere y tiene que hacer.
Al subirse al tren, la película se aventura con el personaje y hasta el fin de los créditos no existe, en los planos, ningún desvío respecto de su cometido: Milo observa, aprende, toma conciencia y cuando regrese no será el mismo. La carta que le envía a su familia antes de llegar reanima un término desgastado: es pura ternura (y también lucidez).
El viaje tiene algo de alucinatorio, como también los días en Buenos Aires. El maquinista puede recitar un poema de Francisco Madariaga para los pasajeros, Milo puede presentarse a una audición para una obra de teatro que consiste en lograr que en un tiempo récord un bebé deje de llorar, también baila con una máscara de luchador mexicano y conoce personajes insólitos, algunos en la pensión en que duerme la primera noche.
La tradición de Favio no suele relacionársela con el surrealismo, pero en Favio existió siempre una línea de fuga surrealista misteriosamente en sintonía con su sensibilidad popular, cuyo deseo de desobediencia frente a la realidad es retomada lúdicamente en El tren fluvial. En un momento, en un diálogo con Cristal y el karateca, los compañeros de cuarto de la pensión, el niño afirma que lo que le gusta de su pueblo son los sonidos. Enumera la musicalidad de los molinos, el canto del zorzal y el minimalismo inconfundible del coro de las chicharras. En esos momentos, Milo podría pasar por bisnieto de Atahualpa Yupanqui.

La película de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale es parte de la competencia Perspectives, la que solo exhibe óperas primas. En esta edición, hay unas tres o cuatro muy buenas, pero ninguna es, por mucho, tan libre como El tren fluvial. ¡Cuánto se beneficiaría si una película como la de Vignale y Ferro tuviera el más alto reconocimiento! Sería oxígeno para el cine contemporáneo.
Competencia oficial
Por ahora, la Berlinale no ha deparado ninguna película en su competencia oficial de las que podrían dejar una huella en la historia del cine. En este festival pasaron Tabú, El caballo de Turín, First Cow, Rize, Sexo desafortunado o porno loco. Entre lo poco destacable hasta el día de hoy, Rose, de Markus Schleinzer, es la película que probablemente no se irá del festival sin premios (y merecidos, si así fuera).
La película sitúa su relato en el siglo XVII. El plano general con el que abre presenta un descampado en el que todavía permanece el humo de la batalla. Ha culminado una guerra, hay cadáveres. En el desconcierto propio de un período turbulento, una mujer se hace pasar por hombre y al hacerlo consigue reclamar como suya una granja abandonada.
En poco tiempo, con mucho trabajo, Rose traerá prosperidad a los miembros de la comunidad y se posicionará como un hombre circunspecto y justo, capaz de dar trabajo y forjar riqueza. Rose se casará con una mujer manteniendo el secreto, incluso frente a su esposa. El suspenso del relato recae, como es evidente, en si tarde o temprano se sabrá que detrás de la rigidez física y de ese hombre con una cicatriz de guerra en la cara hay una mujer.
Si no fuera por una incomprensible banda de sonido que suena en demasía la primera hora de película y una voz en off de una narradora que bien podría haber sido prescindible, Rose sería una de las grandes películas del año: el rigor de los encuadres, la apuesta, aquí lógica, por el blanco y negro, la consistencia del guion y la interpretación de Sandra Hüller constituyen la evidencia de la solidez de una película. Y en Rose, como en El tren fluvial, la libertad es clave. En su defensa durante un juicio, la protagonista afirma: “Me di cuenta de que la libertad era la de los que usan pantalones”
En la mañana de ayer y en la Berlinale, se estrenó El tren fluvial, filme de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale que tiene una alta factura estética y que compite en la sección Perspectives. En el cine, con facilidad, se puede invocar la palabra libertad para hablar sobre una película, pero rara vez se puede constatar tal libertad en lo que una película enuncia y en cómo lo enuncia. Materia y forma en el caso de El tren fluvial se desplazan juntas por las mismas vías. La señal de lo que tiene libertad es lo indeterminado. Se distingue desde el inicio: durante la cena, la hermana mayor, el padre y la madre del niño Milo se quedan dormidos en la mesa, como si dejaran de existir; es parte del plan de Milo, el primer paso, para dirigirse a la estación y viajar a Buenos Aires.Por un tiempo, pretende olvidar el destino de bailarín de malambo que el padre impone con rigor y disciplina. Con nueve años, Milo quiere pensar. De ahí en más, lo inesperado se impone sin timidez alguna en la ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale. Lo que hicieron no se parece a nada del cine contemporáneo, lo que no significa que no se pueda reconocer una filiación: el cine moderno y popular de Leonardo Favio.En dos oportunidades, en el inicio, se citan escenas de Soñar, soñar; se ven en el televisor de la casa. Es justo cuando el personaje de Monzón ha decidido ir a Buenos Aires para triunfar como artista. Milo presta atención, comprende que eso es lo que él quiere y tiene que hacer. Al subirse al tren, la película se aventura con el personaje y hasta el fin de los créditos no existe, en los planos, ningún desvío respecto de su cometido: Milo observa, aprende, toma conciencia y cuando regrese no será el mismo. La carta que le envía a su familia antes de llegar reanima un término desgastado: es pura ternura (y también lucidez).El viaje tiene algo de alucinatorio, como también los días en Buenos Aires. El maquinista puede recitar un poema de Francisco Madariaga para los pasajeros, Milo puede presentarse a una audición para una obra de teatro que consiste en lograr que en un tiempo récord un bebé deje de llorar, también baila con una máscara de luchador mexicano y conoce personajes insólitos, algunos en la pensión en que duerme la primera noche.La tradición de Favio no suele relacionársela con el surrealismo, pero en Favio existió siempre una línea de fuga surrealista misteriosamente en sintonía con su sensibilidad popular, cuyo deseo de desobediencia frente a la realidad es retomada lúdicamente en El tren fluvial. En un momento, en un diálogo con Cristal y el karateca, los compañeros de cuarto de la pensión, el niño afirma que lo que le gusta de su pueblo son los sonidos. Enumera la musicalidad de los molinos, el canto del zorzal y el minimalismo inconfundible del coro de las chicharras. En esos momentos, Milo podría pasar por bisnieto de Atahualpa Yupanqui.La película de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale es parte de la competencia Perspectives, la que solo exhibe óperas primas. En esta edición, hay unas tres o cuatro muy buenas, pero ninguna es, por mucho, tan libre como El tren fluvial. ¡Cuánto se beneficiaría si una película como la de Vignale y Ferro tuviera el más alto reconocimiento! Sería oxígeno para el cine contemporáneo.Competencia oficialPor ahora, la Berlinale no ha deparado ninguna película en su competencia oficial de las que podrían dejar una huella en la historia del cine. En este festival pasaron Tabú, El caballo de Turín, First Cow, Rize, Sexo desafortunado o porno loco. Entre lo poco destacable hasta el día de hoy, Rose, de Markus Schleinzer, es la película que probablemente no se irá del festival sin premios (y merecidos, si así fuera).La película sitúa su relato en el siglo XVII. El plano general con el que abre presenta un descampado en el que todavía permanece el humo de la batalla. Ha culminado una guerra, hay cadáveres. En el desconcierto propio de un período turbulento, una mujer se hace pasar por hombre y al hacerlo consigue reclamar como suya una granja abandonada.En poco tiempo, con mucho trabajo, Rose traerá prosperidad a los miembros de la comunidad y se posicionará como un hombre circunspecto y justo, capaz de dar trabajo y forjar riqueza. Rose se casará con una mujer manteniendo el secreto, incluso frente a su esposa. El suspenso del relato recae, como es evidente, en si tarde o temprano se sabrá que detrás de la rigidez física y de ese hombre con una cicatriz de guerra en la cara hay una mujer.Si no fuera por una incomprensible banda de sonido que suena en demasía la primera hora de película y una voz en off de una narradora que bien podría haber sido prescindible, Rose sería una de las grandes películas del año: el rigor de los encuadres, la apuesta, aquí lógica, por el blanco y negro, la consistencia del guion y la interpretación de Sandra Hüller constituyen la evidencia de la solidez de una película. Y en Rose, como en El tren fluvial, la libertad es clave. En su defensa durante un juicio, la protagonista afirma: “Me di cuenta de que la libertad era la de los que usan pantalones”

