Las rutas que salen de Córdoba hacia el norte amanecieron con un paisaje distinto: banderas blancas y azules asomando por ventanillas, bombos atados en los techos y caravanas que avanzan lento, como saboreando el viaje.
No es un traslado más: es una peregrinación. Porque este domingo, cuando General Paz Juniors pise el césped del Estadio Malvinas Argentinas para jugar desde las 18 la final por el ascenso al Federal A ante Tucumán Central, no estará solo. Detrás suyo habrá casi mil historias rodando hacia Catamarca con una ilusión que no entra en las estadísticas.

Las casas de apuestas dicen otra cosa: números fríos, probabilidades, favoritismos que no miran la tribuna. Pero el fútbol del ascenso —ese que se escribe con mate, asado y horas de ruta— siempre se ríe de la lógica. Y Juniors llega a esta definición con algo que no cotiza en ninguna plataforma: un barrio entero empujando.
Desde temprano salieron colectivos, autos y traffics. Familias completas, pibes que nunca vieron al Poeta en una final, “viejos” que todavía guardan el recuerdo de aquella caravana del 2000 rumbo a Pergamino. Han pasado años sin una movilización así. Por eso el viaje ya es parte de la fiesta: cada estación de servicio es un punto de encuentro, cada bocinazo un abrazo a distancia.
El partido será a las 18 y, si hay empate, habrá penales. Una definición que late en la cabeza de todos. Pero nadie piensa en la tensión todavía: hoy manda la fe. Juniors juega una final, sí. Pero también la juega su gente, que copó las rutas como si la historia pudiera empujarse con las manos.
Quizá las apuestas marquen otro destino. Quizá la lógica diga que será difícil. Pero en el fútbol —y más en este fútbol— las finales no se pronostican: se sienten. Y la ilusión del Poeta, esta vez, viaja más viva que nunca.
Las rutas que salen de Córdoba hacia el norte amanecieron con un paisaje distinto: banderas blancas y azules asomando por ventanillas, bombos atados en los techos y caravanas que avanzan lento, como saboreando el viaje. No es un traslado más: es una peregrinación. Porque este domingo, cuando General Paz Juniors pise el césped del Estadio Malvinas Argentinas para jugar desde las 18 la final por el ascenso al Federal A ante Tucumán Central, no estará solo. Detrás suyo habrá casi mil historias rodando hacia Catamarca con una ilusión que no entra en las estadísticas.Las casas de apuestas dicen otra cosa: números fríos, probabilidades, favoritismos que no miran la tribuna. Pero el fútbol del ascenso —ese que se escribe con mate, asado y horas de ruta— siempre se ríe de la lógica. Y Juniors llega a esta definición con algo que no cotiza en ninguna plataforma: un barrio entero empujando.Desde temprano salieron colectivos, autos y traffics. Familias completas, pibes que nunca vieron al Poeta en una final, “viejos” que todavía guardan el recuerdo de aquella caravana del 2000 rumbo a Pergamino. Han pasado años sin una movilización así. Por eso el viaje ya es parte de la fiesta: cada estación de servicio es un punto de encuentro, cada bocinazo un abrazo a distancia.El partido será a las 18 y, si hay empate, habrá penales. Una definición que late en la cabeza de todos. Pero nadie piensa en la tensión todavía: hoy manda la fe. Juniors juega una final, sí. Pero también la juega su gente, que copó las rutas como si la historia pudiera empujarse con las manos.Quizá las apuestas marquen otro destino. Quizá la lógica diga que será difícil. Pero en el fútbol —y más en este fútbol— las finales no se pronostican: se sienten. Y la ilusión del Poeta, esta vez, viaja más viva que nunca.

